viernes, 17 de julio de 2009

La gran coalición

Por José María Ruiz Soroa en El Correo de 16 de julio de 2009

El lector pensará, con toda seguridad, que el agrupamiento político de las personas en sociedad se produce sobre todo por motivos ideológicos, nacionales o religiosos y que, por tanto, las coaliciones más fuertes son las que oponen a los progresistas/conservadores, izquierdas/derechas, nacionalistas/ciudadanistas, católicos/laicistas, y así parecidamente. Craso error: la más fuerte de las coaliciones de intereses en la sociedad contemporánea es la de los vivos (los que estamos aquí y ahora disfrutando de la existencia) contra los todavía no nacidos (los futuros ciudadanos). Es una coalición que se funda en una premisa básica de la sociedad del bienestar, sección consumista: disfrutemos de la vida lo mejor posible, aunque la factura sea alta, porque siempre podremos diferir su pago al futuro. El bienestar hoy y para nosotros, la factura que la paguen los que vengan luego. Es el milagro de la deuda pública, del déficit estructural y de la explotación del planeta.

Éste es un punto que ha sido subrayado por los mejores autores contemporáneos (Daniel Innerarity lo ha denominado 'la rapiña del futuro') y ha sido magistralmente puesto de relieve por Marcel Gauchet. Escribe el francés que nos quejamos de continuo en la sociedad actual de que el futuro ha dejado de funcionar como una instancia de provisión de sentido para la vida, que las 'ideologías del futuro' (fueran la marxista, la liberal o la técnico-científica) han quedado ya deconstruidas y anémicas, incapaces de suscitar atractivo y esperanza al habitante de Occidente. Y, sin embargo, observa ácidamente Gauchet, todo este discurso no es en el fondo sino una excusa, la excusa de quienes no quieren hacerse responsables por el futuro. El problema de nuestra sociedad con el futuro no es tanto filosófico como moral: nos pasa como a los niños, que no queremos asumir nuestra responsabilidad por él, sino tan sólo gozar del presente.

Viene a cuento lo anterior porque lo sucedido recientemente con la financiación de la España autonómica es un perfecto ejemplo de esta actitud de irresponsabilidad de los vivos, 'los vivos' tanto en el sentido literal como en el metafórico del término. El esquema de reparto diseñado por el Gobierno socialista puede ser analizado, y sin duda lo será con profusión y encarnizamiento, desde el punto de vista del reparto mismo: quién recibe qué y por qué. Se hablará de si el reparto es más o menos justo, solidario, equitativo. Si responde a criterios objetivables o a intereses políticos coyunturales. Si nos aproxima o aleja de la cohesión intercomunitaria. Si garantiza la igualdad ciudadana en todos los servicios públicos o sólo en algunos. Y, sin embargo, se hablará menos del milagro implícito en el propio sistema: el milagro de que pueda repartirse los trozos de una tarta que, una vez sumados, superan el cien por cien de la tarta. El milagro de que pueda darse más a todos sin disminuir el fondo de lo que queda. El milagro, dicho en términos directos, de que el éxito político de la financiación (¿quién puede decir que no a una oferta de más dinero?) se esté consiguiendo gracias al déficit público del Estado.

La cuestión tiene una trascendencia relevante, puesto que estamos hablando de la financiación ordinaria de los gastos corrientes de funcionamiento del sistema territorial de administración. No estamos tratando de un gasto extraordinario como serían las necesidades de protección social generadas por una crisis económica transitoria, tampoco de financiar un proyecto específico cuyos efectos se van a dilatar a lo largo de muchos años, o una particular obra pública, o una reforma de estructuras. No, estamos hablando de financiar el coste diario y corriente de la Administración. Y estamos admitiendo que ese coste corriente va a ser superior a los ingresos de que disfruta el propio sistema, de manera que sólo podremos soportarlo mediante el déficit público: el Estado se endeudará sistemáticamente para que todas las comunidades autónomas puedan exhibir triunfantes su trozo de tarta.

Esto es tanto como admitir que el Estado (tomado en su conjunto) es incapaz de atender sus propias necesidades y que sólo puede hacerlo tomando prestado del futuro y dejando a los españoles de mañana la factura consiguiente. O, lo que es lo mismo, que nos hemos construido una casa muy agradable pero que está por encima de nuestras posibilidades. Lo cual es terrible, si bien se mira. Toda la prédica actual sobre la necesidad de mejorar la eficiencia del sistema económico español, de aumentar la productividad de sus elementos, se convierte de golpe en pura cháchara que el mismo Gobierno se encarga de tirar al cubo de la basura retórica, cuando diseña un sistema que es por sí mismo contrario a las leyes mismas de la racionalidad económica: gastar más de lo que se posee.

En Alemania andan actualmente con el debate acerca de la constitucionalización de la prohibición de los déficits estructurales; es decir, de recoger como derecho fundamental de los ciudadanos el de que los gobiernos de turno no puedan hipotecar el futuro para que los vivos lo pasen mejor. Aquí, por el contrario, parece que estamos en la fase infantil del izquierdismo benevolente. En efecto, la izquierda siempre ha visto los límites al déficit público o el control de la inflación como unos inventos del sistema capitalista que sólo perseguían enriquecer a los ricachones y que, so capa de tecnicismo y rigor técnico, sólo buscaban favorecer a los de siempre. La izquierda benevolente siempre ha abrazado el 'dictum' atribuido a Keynes cuando alguien observó las consecuencias en el largo plazo de las políticas de gasto: «A largo plazo, todos muertos». Lo malo es que no es así en absoluto si en lugar de mirar a los vivos miramos a la sociedad.

Nuestro Gobierno ha optado por la benevolencia, por las políticas simpáticas de efecto garantizado: hay más para todos. Ha preferido rehuir el antipático papel del que trae las malas noticias (no nos llega para seguir como hasta ahora) e ingresar en la 'gran coalición'. Es un pasito más en el crecimiento del cáncer del populismo democrático, esa forma de degenerar de las democracias que tiene la virtud de ser indolora e imperceptible a corto plazo, incluso agradable, aunque no por ello menos letal que otras más llamativas. Y mientras tanto, hablemos de sastres y trajes, que eso es lo importante.

miércoles, 15 de julio de 2009

El espectáculo de la financiación autonómica

Por Joseba Arregi en El Mundo de 13 de julio de 2009 (leído en Tribuna Libre)

Ayer se produjo al fin el parto de los montes y la ministra de Economía, Elena Salgado, presentó la propuesta del Gobierno de financiación autonómica. Unos habrán quedado contentos, otros insatisfechos. Suponiendo que el límite temporal máximo no tenga que ser prorrogado una vez más. Más difícil de creer es que se haya encontrado la fórmula de estabilidad que tanto necesita, no sólo la propia financiación autonómica, sino España como Estado.

El espectáculo vivido a lo largo del último año es, cuando menos, penoso. A no pocos ha recordado tiempos ya pasados en los que el emperador recibía a los príncipes electores para preguntarles qué es lo que querían. Y a unos les concedía un favor, a otros una regalía, a otros algún tipo de apoyo en sus luchas particulares… Dando por sentado que la finalidad de la ronda de visitas no era el bien del conjunto, ni siquiera el bien particular de cada territorio, sino asegurarse la lealtad de los príncipes.

Algo de lo que está sucediendo con la financiación autonómica es comprensible dada la indefinición del reparto del poder territorial que caracteriza a la Constitución española: ni se definía el número de autonomías, ni se definía el modelo. Abría varias vías, algunas de las cuales han ido confluyendo. La financiación de las autonomías, de las que hubiere, quedaba al aire menos en el caso de las que contaban con el sistema de concierto: País Vasco y Navarra.

Treinta años después, sin embargo, el modelo se va aproximando a su cierre. Todo el territorio del Estado está organizado en autonomías -quedan pendientes Ceuta y Melilla-. Y todas han ido accediendo al máximo de competencias reconocidas a las nacionalidades. El proceso de transferencias está casi acabado. Ha llegado, por tanto, la hora de pensar seriamente en el cierre del modelo.

Y ello requiere responder a la pregunta -mal respondida con el actual Senado- de cómo se representa al conjunto del Estado en virtud de la pluralidad de territorios, completando la representación del conjunto desde la perspectiva de la igualdad de los ciudadanos que se refleja en el Congreso. Y el cierre del modelo requiere establecer de forma definitiva -que no significa ni inflexible ni inmovilista- la financiación del Estado autonómico. Y requiere también adecuar el lenguaje a la realidad del Estado que es España.

No es posible continuar hablando de lo que cada autonomía pide al Estado, como si las autonomías no fueran Estado. Lo son, y muchas veces se les pide a sus gobernantes que actúen con sentido de Estado. Pero entonces no se puede seguir hablando de la cesión de impuestos a las autonomías, como si los recursos fueran propiedad de la Administración central, y no del Estado, es decir, como si esos recursos no fueran, por definición, también propiedad de las autonomías. Todos son Estado: la Administración central, las autonomías, los ayuntamientos, el Congreso, el Senado, el Consejo General del Poder Judicial.

En todos los estados compuestos, la financiación está sujeta, por un lado, a unos principios básicos, claramente definidos, y, por otro, a la discusión de los ajustes necesarios por los cambios que van definiendo la realidad. Tomemos, de forma simplificada, el caso de Alemania, del que tanto se usa y abusa: la Constitución de la República Federal establece que el impuesto de la renta y el impuesto de sociedades se lo reparten a medias, al 50%, la federación y los länder. Los ingresos del IVA son también correspondientes a ambos niveles de gobierno, pero debe ser establecido, y puede ser cambiado, por una ley federal que requiere de la aprobación del Senado -representación del conjunto del Estado desde la perspectiva de la pluralidad de los distintos territorios, y compuesto por los gobiernos de los länder-. Después de las discusiones provocadas por la reunificación, por poner un ejemplo en el tiempo, el año 1993 el reparto quedó de la manera siguiente: 44% para los länder, 56% para la federación.

Esta distribución de las grandes cantidades no evita que exista un debate permanente sobre la financiación, especialmente sobre el reequilibrio financiero entre los länder. Länder ricos como Baviera, Hesse (Frankfurt) y Baden-Württenberg elevaron su queja al tribunal constitucional entendiendo que pagaban demasiado. Su recurso fue denegado. Y todos toman como ejemplo del buen funcionamiento del reequilibrio el que la pobre Baviera de 1945, tan necesitada de la ayuda de los estados ricos, sea ahora una de las regiones más desarrolladas, punteras y ricas de Alemania gracias a las aportaciones de las regiones ricas.

Es necesario establecer criterios claros. En este punto tienen razón los catalanes, que así lo reclaman, más allá de determinadas cantidades concretas. También tienen razón cuando critican que la lógica actual, que pone patas arriba el ranking de autonomías en el PIB con un ranking de gasto público por habitante sin ninguna relación con el puesto en el PIB, no posee ninguna coherencia. Pero no tienen razón cuando dicen que el Estado, es decir, la Administración central, debe tener interés en que Cataluña siga siendo la economía puntera que ha sido hasta ahora, pues ello significaría que lo que ha sido producto de la historia no tiene más remedio que seguir siéndolo por toda la eternidad.

Es difícilmente comprensible el recurso a los distintos criterios y variables que se argumentan para recibir mayor financiación. Pongamos el caso de la población: si ésta ha aumentado de forma mayor que la media, en especial por el incremento de la inmigración, el 50% del impuesto sobre la renta multiplicado por el aumento de la población activa ya de por sí produce un aumento de la financiación. El problema de las distintas variaciones que favorecen a unos y resultan inaceptables para otros pertenecen al ámbito de los reequilibrios entre las distintas autonomías, y a la posibilidad de actuación discriminada que puede llevar a cabo el Gobierno central, siempre que éste cuente con recursos suficientes y siempre que la autonomía que lo necesite esté dispuesta a hacer un esfuerzo propio.

No sé si sería necesario ni conveniente elevar a rango constitucional los criterios básicos que regulen el reparto de los recursos procedentes de los grandes impuestos entre la Administración general y las autonomías. Pero es algo que debiera quedar fuera del debate permanente sobre la financiación autonómica, y que debiera adquirir el peso de criterio definido. Queda suficiente espacio para el debate en lo que al reequilibrio financiero entre las autonomías se refiere, y en el papel a cumplir por la administración general en la superación de los grandes desequilibrios regionales.

Pero el debate actual sobre financiación autonómica, unido a la propagación de la voluntad de bilateralidad en la relación de cada autonomía con la Administración general, aunque la referencia sea siempre, y es muy significativo, con el Estado, produce inestabilidad y hace que éste, en lugar de serlo, parezca un bazar oriental en el que todo está sometido a la capacidad no del que más puje, sino del que tenga mayor capacidad de chantaje.

Es incomprensible que, a estas alturas del desarrollo autonómico, los dos grandes partidos no intenten acordar unos principios reguladores que doten a todo el proceso de estabilidad, definición, dirección y cohesión. Claro que para ello PSOE y PP debieran obtener claridad sobre los principios básicos que regulan los estados federales: la lealtad federal -del todo con las partes y de las partes con el todo-, el principio de que ley federal se impone a la normativa de los länders -Bundesrecht bricht Landesrecht- y, sobre todo, lo que el ex ministro de Interior en tiempos de Helmut Schmidt decía recientemente en Bilbao: «Las autonomías deben entender como su cometido el bien del conjunto».

martes, 23 de junio de 2009

El debate de las lenguas en España

Por Joseba Arregi, en El Mundo de 19 de junio de 2009 (pero leído en almendron.com)

No hace falta falta mucha perspicacia para darse cuenta de que la convivencia de las lenguas en España se está convirtiendo en un problema considerable. Es probable que la realidad diaria no sea tan alarmante como lo puedan hacer parecer ciertos casos individuales que existir, existen, y son reflejados por los medios de comunicación, pero también es más que probable que la alarma no se deja reducir al empeño de algunos medios de comunicación, y de algunos partidos, especialmente el PP, a crear alarma donde no existe más que perfecta armonía. Sin engarce en la realidad no se pueden construir comunicativamente ni alarmas ni problemas.

Llama la atención que quienes de un lado hablan de la nación española en el sentido de la nación etnolingüística construida por el romanticismo alemán, y que quienes, por otro lado, se sirven de la diversidad y de la diferencia lingüística para derivar de ellas consecuencias políticas de tipo nacionalista, recurran permanentemente a la necesidad de despolitizar la cuestión lingüística. El tratamiento de las lenguas se ha convertido en cuestión política por excelencia con la constitución de los estados nacionales.

El hecho de que la constitución española establezca una jerarquía entre las lenguas españolas -el español cuyo conocimiento es un deber, y las lenguas españolas que pueden ser cooficiales si así lo determinan los respectivos estatutos de autonomía- es un hecho político por excelencia. Y la declaración de cooficialidad del euskera o del catalán y del gallego, afirmando además que el catalán o el euskera son, a diferencia del español, lenguas propias de las correspondientes comunidades autónomas -con el añadido del deber de conocimiento en el nuevo estatuto catalán-, son también hechos políticos por excelencia.

Estamos, pues, ante un debate ciertamente político. Un debate que tiene mucho que ver con la estructura del Estado, con el discurso de la España plural, con la integración o no de los nacionalismos periféricos en un proyecto estatal común. Un debate que tiene que ver con derechos básicos de los ciudadanos, con obligaciones también importantes de los ciudadanos, con la cohesión social, con el derecho al trabajo, con la libertad lingüística dentro de los parámetros fijados por la declaración de cooficialidad de las lenguas. No es un debate estrictamente cultural, ni un debate puramente lingüístico. Es un debate político y es mejor tomarlo como tal.

Como este debate corre el riesgo de ser malinterpretado por la situación lingüística de los participantes, vaya por delante que quien esto firma es vascoparlante monolingüe de familia, alguien que aprendió español o castellano en la escuela. Pero también alguien para quien el castellano no es lengua extraña, para quien el castellano es tan lengua propia como el euskera, lengua ésta de relación familiar casi en exclusividad, y de trabajo en la universidad. Alguien que no tendría inconveniente alguno en sustituir la obligatoriedad constitucional del conocimiento del castellano por la constatación del valor de lengua franca del español para la cohesión del estado. Y alguien que no tendría inconveniente en cambiar el calificativo aplicado por el estatuto vasco al euskera como lengua propia, a diferencia del español.

España es diversa y plural. Es un hecho. En España se hablan varias lenguas, además del español. También es un hecho que la diversidad de lenguas en España no es como en Suiza, que no cuenta con una lengua franca, o como en Bélgica, donde tampoco existe una lengua común. En España sí existe una lengua común. Por eso, el discurso de la España plural no tiene sentido, ni responde a la realidad, si no se completa con el discurso de la pluralidad de Cataluña, de Euskadi y de Galicia: estas comunidades autónomas no son homogéneas en términos lingüísticos, sino plurales. Como lo son, por cierto, también, en el sentimiento de pertenencia.

Existe, sin embargo, una diferencia en lo que al hecho de la pluralidad de España y de la pluralidad de Cataluña, Euskadi y Galicia se refiere: desde el punto de vista lingüístico existen amplios territorios y amplias demografías en España que son homogéneas en castellano, y la pluralidad se refiere a que existen zonas en las que está presente, además del castellano, otra lengua. En Cataluña, Euskadi y Galicia no existe prácticamente ningún kilómetro cuadrado, ni ningún segmento o zona poblacional homogéneo en cuanto a la presencia de una única lengua: estas comunidades autónomas son estructuralmente mucho más plurales que lo es España en su conjunto.

En los debates recientes muchos se han referido a que el español no está en peligro en Cataluña. Pero no es ésa la cuestión: la cuestión no está en los derechos de la lengua, sino en los derechos de los hablantes. De la misma forma que un hablante bilingüe puede en Cataluña o Euskadi reclamar la satisfacción de su derecho a ser atendido por la administración en la lengua de entre las oficiales que elija, el mismo derecho le asiste a un ciudadano monolingüe, por lo que no puede haber, en este contexto de derechos, una lengua privilegiada de la administración.

En el contexto educativo, no existe un derecho a ser escolarizado en la lengua materna, y menos por razones supuestamente pedagógico-psicológicas. Pero sí existe el derecho de los padres a que la lengua de su elección de entre las cooficiales sea también lengua vehicular. Y ante este derecho fallan los argumentos de que la otra lengua cooficial está en situación de debilidad, de que ya aprenderán esa lengua de elección en la calle o en los medios de comunicación, entiéndase la televisión, que el monolingüismo de inmersión es el único medio que garantiza la cohesión social, y está dando buenos resultados. Ninguno de estos argumentos anula el derecho de los padres a reclamar que la lengua que quieren sea también vehicular en la enseñanza de sus hijos. Dicho simplemente: no hay razón alguna, y menos técnicas, para esconder en la enseñanza ninguna de las lenguas cooficiales de una comunidad autónoma como lengua vehicular.

Otra cosa es que en una sociedad con la presencia de dos lenguas, los monolingües sí debieran reconocer su obligación de facilitar la comunicación en cualquiera de las dos lenguas, siempre desde la constatación de que no existen sociedades bilingües perfectas, unas en las que todos los ciudadanos fueran igual de competentes en las dos lenguas.

En el ámbito del trabajo, se enfrentan dos derechos -y la política es el arte de priorizar unos derechos sobre otros- el derecho de los bilingües a ser atendidos en la lengua de su elección, y el derecho de los monolingües o de los bilingües imperfectos a que muchos puestos de trabajo, además los mejor cualificados -por seguridad de empleo y también por condiciones económicas-, no les estén vedados. El derecho al trabajo debe primar sobre el derecho electivo a ser atendido en una determinada lengua oficial, máxime cuando este derecho puede ser atendido sin dañar el otro.

Todas las políticas lingüísticas se encuentran con un problema crucial: es bastante fácil instrumentar desde la administración los mecanismos necesarios para asegurar que las generaciones futuras tengan un conocimiento básico suficiente de la lengua en situación de minoría o de debilidad. El problema surge cuando al aumento en el conocimiento no le sigue un aumento en el uso social de la lengua aprendida y minorizada.

Es en ese momento en el que todos los responsables de política lingüística se ponen muy nerviosos. Y la reacción más común ante ese problema crucial de las políticas lingüísticas es dar una vuelta más de tuerca, pasar de la planificación posible y aceptable de los instrumentos que garanticen el conocimiento de una lengua por parte de las nuevas generaciones, a intentar planificar por medios de promoción y ayuda, pero también por medios coercitivos lo que ni es posible ni es lícito planificar desde la administración pública: el uso de una lengua, pues esta planificación choca con la libertad básica y fundamental de los individuos. Y ahí está la frontera de lo democráticamente aceptable.

miércoles, 10 de junio de 2009

El cambio ante el espejo

Artículo firmado por Alberto López Basaguren, Javier Corcuera Atienza, Joseba Arregi, Andrés de Blas, Teresa Echenique, Juan Manuel Eguiagaray, Juan Pablo Fusi, Luis Haramburu, Juan José Laborda, Francisco Llera, José María Ruiz Soroa, Juan José Solozabal y Carlos Trevilla en El Correo de 31 de mayo de 2009

Patxi López ha sido elegido nuevo lehendakari por el Parlamento vasco y ha nombrado su Gobierno. El cambio que para muchos era casi inimaginable está aquí; ese cambio que algunos se resisten a aceptar, cuya legitimidad han pretendido minar o, incluso, negar.

El acceso de los socialistas vascos al Ejecutivo pone fin a treinta años ininterrumpidos de poder nacionalista, pero, sobre todo, acaba con las pretensiones soberanistas del nacionalismo como política de gobierno. Un cambio trascendental que, como un espejo, va a reflejar la naturaleza más profunda de cada uno de los protagonistas políticos.

El reto es extremadamente difícil. Y deben afrontarlo en una de las peores situaciones que cabría imaginar. La debilidad parlamentaria del partido del Gobierno; la coyuntura económica; y, muy especialmente, la actitud de un nacionalismo enrabietado por la pérdida del poder.

El nuevo lehendakari ha reiterado mensajes conciliadores, con el reto de una integración sin exclusiones que evite la confrontación entre identidades diferentes. Sólo quedan excluidos quienes pretenden la legitimidad de la cobertura política a ETA, al terrorismo, a la eliminación física de quienes no comparten el objetivo independentista. Es un reto de naturaleza casi constituyente por el deterioro de los fundamentos de la convivencia democrática provocados por los doce años de apuesta por el soberanismo.

Las condiciones en que los socialistas acceden al poder les imponen muchas renuncias. Es el precio de la excepción democrática de Euskadi, cuyo dramático significado, y cuya responsabilidad, no parecen haber sido captados en toda su trascendencia por el nacionalismo.

El reto no es menos arduo para quienes están fuera del Gobierno. En primer lugar, para el Partido Popular, que ha apoyado la investidura parlamentaria del nuevo lehendakari y del que depende, en última instancia, su estabilidad. Los dirigentes populares vascos están poniendo de manifiesto una madurez y una capacidad para entender el futuro que superan las expectativas de muchos.

Sigue habiendo riesgos que sólo podrán evitarse si los protagonistas actúan en consonancia con el carácter excepcional de lo que se pretende. El Gobierno de Patxi López no puede desconocerlo, pero los populares no pueden actuar como si se tratara de un pacto de legislatura ordinario, sin dejar un amplio margen de confianza a la actuación del Gobierno. El mayor riesgo procede de la confrontación política general, en el Estado, entre socialistas y populares. Salvaguardar la experiencia exige al Partido Popular una sabia administración de la debilidad añadida que el cambio en Euskadi provoca al Gobierno de Rodríguez Zapatero y una mesurada gestión de la contribución del PNV a la política de acoso al Gobierno socialista en Madrid. Pero a éste también le exige responsabilidad y mesura en la relación con los populares.

También para el PNV el reto es trascendental. Debe reflexionar sobre los efectos de la política de acumulación de fuerzas nacionalistas, que ha fracturado profundamente la sociedad vasca y le ha hecho perder el poder. Necesita reorientar su proyecto político eludiendo la apuesta por la desestabilización. Y está obligado a desvincularlo de las fuerzas que se mueven en la cobertura política del terrorismo, sin cuyo amparo no se hubiese sostenido la estrategia soberanista de estos años.

El nacionalismo se ha enfrentado al cambio mostrando su peor cara: esa tendencia que parece endémica a la descalificación de todo lo que queda fuera de su mundo, de su estrategia política, de sus intereses. Se ha adentrado por el peligroso camino de la deslegitimación del cambio de gobierno y de sus protagonistas; ha socavado de forma irresponsable la legitimidad misma de los resortes del sistema parlamentario, reincidiendo en una comprensión simplista de la democracia. Ha puesto de manifiesto la más profunda carencia del sentido de la proporción y del límite.

El PNV tiene que decidir cuándo retoma su mejor tradición. Y haría bien en reflexionar sobre la advertencia que hace Pedro de Aguerre, Axular, en Guero: «Eta harc bere coleran eguin dituen desordenuez, eta erhokeriez, adiskidec hartu dutela damu eta atsecabe, eta etsaiec atseguin eta placer»; porque las locuras, los actos insensatos provocados por la rabia crean disgusto y preocupación en el amigo y satisfacción y placer en el enemigo. El PNV puede estar facilitando el camino a sus enemigos; y estos no están en el Gobierno.

El entendimiento básico con el nacionalismo resulta indispensable para construir un futuro político sólido para nuestro país; un entendimiento entre todas las fuerzas políticas que quieren que vivamos en democracia y en libertad. Pero no podemos olvidar las lecciones del pasado; hay que impedir que la insistencia en la necesidad de entendimiento haga creer al PNV que tiene una capacidad política especial para determinar sus condiciones; porque así llegó a creer que podía aventurarse por el camino soberanista. No podemos repetir los mismos errores.

El futuro exige mesura y voluntad de integración. Estamos obligados a convivir y la alternativa es inimaginable. Asumirlo nos exige transformar la necesidad en deseo de convivencia. Todos tenemos que contribuir a que se haga realidad.

Europa es de derechas

Por José María Ruiz Soroa en El Correo de 9 de junio de 2009

La debacle de la izquierda en las elecciones europeas responde, sin duda, a múltiples causas. Podrían citarse, entre ellas, el peso de los países del Este europeo, con una experiencia histórica reciente que les inspira desconfianza ante el discurso socialista; también la acusada carencia de liderazgo y descomposición del discurso socialista en países centrales como Francia, Italia o Reino Unido. Incluso, el hecho de que la izquierda socialdemócrata no parezca muy inspirada a la hora de superar la crisis económica: la gente confía más en la experiencia de los gobernantes conservadores que en una izquierda un tanto alegre y demagoga. Por ello, la crisis pasa factura a la izquierda tanto allí donde gobierna (Reino Unido, España, Alemania) como donde ejerce de oposición (Italia, Francia), mientras que a los conservadores les afecta favorablemente en ambas situaciones.

También influyen aspectos más estructurales, como el hecho de que se trata de unas elecciones en las que la desmotivación para participar incide sobre todo en el votante menos instruido y más joven, precisamente por la lejanía y relativa abstracción de las instituciones comunitarias. Y ése es el electorado propicio a la izquierda. Es curioso que las elecciones europeas sean en parte unos comicios «muy inteligentes», que atraen más al votante instruido de nivel alto y medio que entiende de su importancia, y que porcentualmente vota más al centro y a la derecha. Mientras que son por otra parte unos comicios «muy alegres», que atraen al votante gamberro que quiere castigar al sistema, pero que tampoco vota a la socialdemocracia.

Pero si existe una razón determinante, desde mi punto de vista, para explicar el repetido fracaso de la izquierda europea en sus elecciones es sencillamente el de «la profecía que se realiza a sí misma». Europa es electoralmente de derechas hoy, porque los socialistas europeos se han hartado durante años de proclamar, quizás sin darse cuenta de su propio error al hacerlo, que «Europa es el mundo de la derecha». La votación de estos días no ha hecho más que plasmar en votos su previa afirmación ideológica y política. Y me explico.

La izquierda europea se ha complacido, durante el último decenio, en presentar una descripción del ámbito institucional, económico y político propio de la Unión Europea como algo construido por los intereses de la derecha y siempre favorable a estos intereses. El repertorio de descalificaciones arrojadas sobre Europa es inagotable: está construida como un mercado, está inspirada en los intereses de los mercaderes, está repleta de burócratas fríos e inhumanos atentos sólo a la lógica de la libre competencia, y se halla dominada por una elite de políticos lejanos y distantes. Se ha descrito la europea como una muy particular esfera pública: la esfera donde había triunfado el egoísmo de los empresarios, donde sólo se tenían en cuenta los intereses de éstos, donde había que acudir para defenderse, sólo defenderse, del predominio de las lógicas capitalistas antitrabajadores. La izquierda se ha empeñado en pintar Europa como el universo donde la derecha, las empresas, los intereses inconfesables, se mueven como pez en el agua. Como un mundo hostil para los trabajadores, los campesinos, los pescadores, los seres humanos. Según ella, las políticas sociales las defendía siempre el gobierno nacional propio, de Europa sólo venían políticas economicistas o decisiones de un sanedrín bancario socialmente insensible. Es ciertamente sorprendente que, después de establecer este sesgado retrato de la esfera europea, cargado de tintes peyorativos, la izquierda se sorprenda ahora de que sus votantes no acudan en masa a las urnas europeas. Porque lo más lógico es, precisamente, que no lo hagan, que se abstengan de participar en un asunto tan execrable, tan «de derechas». Si Europa es el ámbito construido por y para la derecha, que se lo quede la derecha, ésta parece ser la reacción natural del votante de izquierdas. Nos gusta lo transnacional, las Naciones Unidas, Greenpeace y la UNESCO, incluso nos gustaría votar en USA; pero Europa nos suena mal. La izquierda se ha convertido así en víctima de su propia profecía.

En el fondo, se trata de un severo fracaso ideológico de la izquierda europea, precisamente por su incapacidad de construir un discurso sobre Europa que no esté teñido de desconfianza, lejanía y sospecha. Por no ser capaz de sentir Europa como su propio ámbito natural y de trasladar ese sentimiento a sus votantes. En este abuso de la crítica y el negativismo, hay que reconocerlo, la izquierda ha estado eficazmente acompañada por las burocracias nacionales de cada país, incluidas las de los partidos correspondientes, así como por el discurso de los medios de comunicación. Se ha llegado a afirmar, con estúpido desparpajo, que «Europa» (¿quién?) quería imponer a los trabajadores la semana laboral de sesenta horas. Es sólo un ejemplo, pero vale por mil. Dando una versión tan distorsionada del asunto, nunca se conseguirá atraer a la mayoría del electorado. Sólo votarán los que sí entienden de qué va la cosa, y los gamberros de turno.

La izquierda sólo puede recuperar Europa si, en primer lugar, la acepta como lo que es: uno de los logros más ilusionantes del pasado siglo. Y, en segundo lugar, si se embarca en propuestas europeístas de calado real y efectivo, no meramente retóricas y grandilocuentes. Europa no se crea mediante explicaciones desde arriba, sino ejercitando desde abajo la ciudadanía. Se crea haciendo real una arena europea de debate y confrontación mediante partidos europeos a los que los ciudadanos puedan afiliarse directamente (¿sabe usted que no puede afiliarse hoy al Partido Socialista Europeo, ni a ningún otro de ese ámbito, amable lector, sino que sólo puede hacerlo al de su país?). Hay que reclamar unas elecciones de verdadero ámbito europeo, con circunscripción paneuropea y actores paneuropeos, en las que se presenten partidos y líderes transnacionales. Hay que acabar con esa estúpida machaca de que «vamos a Europa a defender nuestros intereses» (como españoles... vascos... bilbaínos... o los de mi barrio, pongan lo que toca): como si nuestros diputados fueran nuestros embajadores en un lugar ajeno. Así no se edifica sino, precisamente, aquello que se dice querer evitar: la mentalidad de los intereses en lugar de la mentalidad de ciudadanos. Habría que reconstruir la ciudadanía común desligándola de la nacionalidad respectiva y fundándola sobre la residencia, abriendo así la ciudadanía a millones de inmigrantes hoy preteridos.

Habría que hacer mucho pero, lo primero de todo, es ver Europa como un ámbito político cargado de positividad. Y en esto, la izquierda tiene una vía de agua gigantesca.

domingo, 31 de mayo de 2009

Por una lengua común europea

Por Xabier Zabaltza, historiador y traductor, autor de Una historia de las lenguas y los nacionalismos, en El País de 30 de mayo de 2009

Cuando se denuncia la lejanía de las instituciones europeas respecto a los ciudadanos de a pie raramente se incide para explicar ese hecho en la ausencia de una lengua común. Y sin embargo, mientras los europeos no podamos entendernos, será imposible construir una sociedad civil supranacional, con sindicatos, prensa y asociaciones comunitarias, y "Europa", para la mayoría de la población, seguirá siendo una lejana cosa de tecnócratas y lobbies. Sin un idioma paneuropeo seguiremos pensando en términos nacionales, lo que supone un pesado lastre para la Unión.

Actualmente sólo el 27% de los españoles declaran ser capaces de mantener una conversación en inglés. Podemos seguir discutiendo ad nauseam sobre si los castellanohablantes están discriminados en tal o cual comunidad autónoma bilingüe o si son los hablantes de las otras lenguas españolas los que tienen motivos para quejarse. En España las tensiones entre los nacionalismos periféricos y el estatal nos han hecho olvidar que la primera función de un idioma no es identitaria, sino comunicativa. La tan agotadora como estéril discusión sobre los llamados "derechos lingüísticos" (que con la misma contundencia que se defienden para la propia comunidad lingüística se suelen negar para las demás) contribuye a ocultar el fracaso del sistema educativo en la enseñanza de lenguas extranjeras, tanto en las comunidades bilingües como en las monolingües castellanas.

En la Unión Europea existen en la actualidad 23 lenguas oficiales. Es decir, en el Parlamento Europeo teóricamente se precisan por lo menos 506 intérpretes, contando solamente uno por cada combinación posible, y ese número tenderá a crecer de manera exponencial cada vez que ingrese un nuevo Estado que posea lengua propia. De hecho, el maltés, el luxemburgués y el turco (por Chipre) están ya en la cola de la oficialidad y en 2011 será el turno del croata y, probablemente, del islandés, por lo que para entonces se necesitarían 756 traductores como mínimo. En realidad, el inglés suele emplearse como intermediario entre los diversos idiomas, así que la labor de los intérpretes corre el peligro de convertirse en una variante del juego del teléfono. La mayoría de los Estados europeos, entre ellos España, son incapaces de destinar un magro 0,7% a ayuda al desarrollo, pero cada año la Unión Europea se gasta en traducciones nada menos que un 1% de su presupuesto, casi 1.200 millones de euros. La pluralidad lingüística y la protección de las minorías son, sin duda, valores muy europeos que hay que mantener y fomentar, pero la ciudadanía tiene que ser consciente de que tienen un coste y de que tal vez existen prioridades más perentorias.

La imagen que proyectan algunos de nuestros representantes en las instituciones europeas es ciertamente patética. Estrasburgo se ha convertido en un gran cementerio de elefantes donde se jubilan con una pensión de oro los políticos fracasados. Cuando los partidos eligen a sus candidatos "para Europa", a menudo no tienen en cuenta su dominio de lenguas. Así que, cuando no hay intérpretes, son incapaces de comunicarse con los políticos de otras nacionalidades e incluso de conocer la realidad de los países en los que ejercen su labor. Desde luego, ésa no es la mejor manera de combatir el euroescepticismo. Hoy la falta de competencia lingüística supone uno de los mayores desafíos a los que tiene que enfrentarse Europa.

Es muy fácil criticar la debilidad europea ante los Estados Unidos. Sin embargo, la mera existencia de una diplomacia europea, aun con sus limitaciones, es ya un éxito sorprendente. Pero sin un idioma en el que podamos entendernos resultará muy complicado transformar esa diplomacia común en una opinión pública común. The European, el primer y por ahora último intento de prensa paneuropea, apenas duró ocho años. Los europeos nos vemos así obligados a informarnos a través de medios cuyo marco de referencia es predominantemente nacional. Y, sin una opinión pública común, Europa seguirá siendo un enano político in aeternum.

En Europa existen tantos hablantes nativos de ucraniano o de polaco como de castellano. Pero, adormecidos en los cómodos laureles de la Hispanidad, gran parte de los españoles siguen manteniendo delirios de grandeza lingüística. En total, el 9% de los ciudadanos comunitarios tienen el castellano como lengua materna, pero sólo otro 6% lo hablan como segunda lengua (las cifras para el inglés son el 13% y el 38%, respectivamente). Todavía no nos hemos enterado de que el castellano pinta muy poco en Europa.

A finales del siglo XIX, el austriaco Johann Evarist Puchner diseñó un idioma artificial al que denominó nuove roman. Su invento era una variante simplificada del castellano, pero, sintiéndolo mucho por los monóglotas militantes, no conoció difusión alguna (el esperanto, creado un poco antes por Ludoviko Lazaro Zamenhof, ha tenido algo más de éxito). De hecho, el latín fue el idioma de las élites intelectuales hasta principios del siglo XX y en esa lengua presentaron sus tesis doctorales en La Sorbona, entre otros, Renan, Seignobos, Bergson y Durkheim. Y eso que, para entonces, el francés llevaba siglos siendo la lengua diplomática del Viejo Continente. Hoy la opción es otra. Por más que los diferentes chovinismos nacionales se empeñen en negarlo, a menudo con la excusa del antiimperialismo, el idioma común europeo es el inglés. Aunque no, naturalmente, en su variante de Oxford o Cambridge, sino en lo que el lingüista galés David Crystal ha denominado English as a Global Language (EGL). El EGL es el latín, el esperanto y el nuove roman de nuestra época.

Termino como empecé. Las lenguas deberían servir en primer lugar para comunicarse y sólo después para definir una cultura o una nación. La situación sociolingüística actual de España es mucho más compleja que la de hace 30 años. Entonces el paradigma "lengua A" (castellano) arriba y "lengua B" (catalán, gallego y euskera) abajo se cumplía a la perfección. Hoy las lenguas de los inmigrantes están por debajo de las lenguas autonómicas y es posible que pronto el inglés esté por encima del castellano. Si se gestiona bien, esta nueva coyuntura puede ser beneficiosa para la convivencia lingüística, porque disminuye la diferencia de estatus entre las diferentes lenguas españolas.

Desde el siglo XVIII, si no antes, el monolingüismo oficial ha sido un axioma del nacionalismo estatal y una ambición de sus émulos sin Estado. La construcción europea nos brinda la oportunidad de cerrar el ciclo histórico del Estado-Nación y superar de una vez sus múltiples contradicciones (siempre y cuando, claro, no convirtamos a Europa en una especie de gigantesca Nación anglófona, en cuyo caso, el remedio será peor que la enfermedad).

En una realidad posnacional, el multilingüismo no puede ser sólo un atributo de las instituciones, ni de las élites, sino de los ciudadanos en su conjunto. Si el tiempo y la energía que se derrochan en denunciar el trato que tal lengua (llámese castellano, catalán, gallego o vascuence) recibe por parte de tal administración, estatal o autonómica, se emplearan en el aprendizaje de idiomas extranjeros, esta pequeña Península y sus islas adyacentes serían uno de los lugares más cultos, y también más competitivos, del planeta. Con cierto sarcasmo señalaba Friedrich Engels que en su época los franceses presumían de cosmopolitismo, pero se imaginaban al mundo entero hablando en francés. Cabe preguntarse qué habría pensado de la mayoría de los españoles si se diera una vuelta por aquí.

martes, 26 de mayo de 2009

Lengua, nación y Estado

Por Emilio Lamo de Espinosa en Claves de la Razón Práctica, nº 121 [pdf], de abril de 2002

“El prejuicio es bueno porque hace feliz. Empuja a los pueblos hacia su centro, fortalece los lazos de la raza, hace florecer a los pueblos en su forma propia, los hace más ardientes y, consiguientemente más felices”.

Herder.

Otra filosofía de la historia para la educación de la humanidad. 1774.

“El Estado comienza cuando el hombre se afana por evadirse de la sociedad nativa dentro de la cual la sangre lo ha inscrito. Y quien dice la sangre dice también cualquier otro principio natural; por ejemplo, el idioma. Originariamente el Estado consiste en la mezcla de sangres y lenguas. Es superación de toda sociedad natural. Es mestizo y plurilingüe”.

Ortega y Gasset.

La rebelión de las masas, 1929.

1. Territorios, pueblos, Estados y lenguas

¿Quién es ciudadano, es decir, quién forma parte del pueblo de un Estado? Todo Estado tiene al menos dos elementos, territorio y pueblo, que se refieren mutuamente.

Pero la primacía de uno u otro varía grandemente en el tiempo. En el Antiguo Régimen los súbditos se vinculan directamente a la Corona por una relación de subordinación y lealtad. Se es pueblo de un Estado porque se tiene el mismo soberano, de modo que la conexión política es vertical, no horizontal. El Estado construye el pueblo; no al revés.

La democracia supone, por el contrario, un previo pacto preconstituyente horizontal entre ciudadanos (no súbditos) sobre el que se construye el Estado, y por ello tiene como prerrequisito un grupo humano, un demos, un pueblo, una comunidad en su sentido clásico (Gemeinschaft) que ha generado una solidaridad interna, una confianza ab intra, previa a y base del pacto constituyente. Eso es la nación: un grupo con la suficiente solidaridad como para generar un proyecto de vida política en común (Renan).

Pues bien, a la hora de pensar la relación entre pueblo y Estado el pensamiento político europeo y, por supuesto el español se ha estructurado a partir de una simple y sencilla fórmula que funciona en el pensamiento como una creencia más que como una idea, por retomar la distinción de Ortega: más que pensar esas ideas somos pensados por ellas. Y la fórmula dice que una Nación es un Estado y un Estado es una Nación, de modo que ni la moderna idea del Estado plurinacional ni la de nación de naciones encajan fácilmente en esa tradición. Que por el contrario –y no sin importantes excepciones, que veremos– se ha ajustado a un doble modelo, aparentemente contradictorio pero finalmente coincidente en la identidad lengua=nación=Estado. Es decir, allí donde hay una lengua hay una nación; y allí donde hay una nación, hay (o debe haber) un Estado. Pero también viceversa, de modo que la fórmula no debe leerse sólo de abajo arriba, de la lengua hacia el Estado, sino también de arriba abajo, desde el Estado a la lengua. Y ahora lo que resulta es que allí donde hay un Estado debe haber una nación; y para que haya una nación debe haber una sola lengua. Así, cuando se dice que el hecho diferencial de una lengua otorga derechos de autodeterminación se argumenta desde la nación al Estado, de abajo arriba. Pero cuando un Estado trata de imponer una lengua (como intentaba en Francia en 1794 el Abbé Gregoire), la lógica funciona de arriba abajo: si queremos tener una democracia viable debemos crear una nación a través de la lengua.

Los modelos de Francia y Alemania

Es importante entender que ambos modelos reproducen específicas experiencias históricas de construcción del Estadonación: la francesa y la alemana. Y así encontramos, de una parte, el modelo francés que, partiendo de la preexistencia del Estado Absoluto francés, trastocado por los revolucionarios de 1789 en voluntad del pueblo, construye la nación francesa imponiendo la lengua desde el mismo Estado y utilizando como instrumentos privilegiados la escuela y el cuartel, de modo que ser francés –más allá de razas, religiones u otros símbolos identificadores– es pertenecer a la nación francesa cuyo rasgo determinante es hablar una lengua. Tarea nada sencilla pues, como mostró Eugen Weber, la transformación de los campesinos en franceses no culminaría sino con la brutal sacudida de la Gran Guerra[1].

Y de otra parte el modelo alemán de nacionalidad étnica, que parte de otra experiencia histórica: la nación precede al Estado (no al revés, como Francia), de modo que se es alemán porque se habla alemán y la pertenencia a esa nación hace a uno ciudadano. Francia es Estado ya en el siglo XVIII o incluso antes, mucho antes de ser nación, cosa que solo alcanza a lo largo del XIX; Alemania es ya nación a comienzos del XIX (véanse los Discursos a la nación alemana de Fichte), mucho antes de la unificación de Bismarck de 1870[2]. Aunque, incluso en este caso, Bismarck necesitó lanzar una Kulturkampf tras la unificación para reforzar la nación desde el Estado.

Pero lo paradójico es que el resultado, ya sea porque el Estado hace a la nación o porque la nación hace al Estado, es el mismo: Estado, nación y lengua coinciden. Bien porque los ciudadanos deben ser nacionales o porque los nacionales deben ser ciudadanos, en la fórmula ilustrada de la civilización cosmopolita y republicana francesa o en la fórmula romántica de la cultura casticista y étnica, la tradición ilustrada del ius soli y la tradición historicista del ius sanguinis acaban coincidiendo: el Estado lo forman ciudadanos culturalmente homogéneos; el demos que sustenta al Estado es culturalmente homogéneo y extrae su solidaridad política –aquella sobre la que se asienta el Estado– de esa misma homogeneidad. Y por supuesto, ambos nacionalismos se caracterizan porque, al tiempo que niegan diferencias hacia dentro, exigen el reconocimiento de ellos mismos como diferentes hacia fuera.


Por supuesto, más allá de la similitud, hay diferencias muy importantes. Así, el modelo germánico está abierto a la diversidad de culturas (incluso las fomenta) y no tiene el pathos imperialista o “civilizador" del francés que, asentado como cree estar en una única Raison universal, no reconoce otra forma de ser hombre que la del citôyen. De modo que las actitudes hacia el reconocimiento de la diversidad son muy distintas, lo que muestra la profunda ambivalencia que late detrás de ambos modelos: el aparente multiculturalismo y respeto a la diversidad del germánico esconde malamente una voluntad identitaria, xenófoba o incluso racista, mientras que el imperialismo del modelo francés abre amplias vías para la integración y es respetuoso con el principio de igualdad.

El esquema alemán tiende, pues, a un multiculturalismo de la separación, mientras el francés, que tiende a la homogeneidad, lo hace desde la perspectiva de la incorporación y la asimilación.

Por lo demás, el argumento de que sólo un demos culturalmente homogéneo puede sostener la democracia no está lamentablemente muerto y renace no sólo dentro de los viejos o nuevos Estados sino también a la hora de abordar procesos de articulación política supraestatal. Así, y como recordaba hace poco Luis María Díez Picazo, la famosa sentencia del Tribunal Constitucional alemán de 12 de octubre de 1993 relativa al tratado de Maastricht se basaba justamente en la idea de que “la democracia sólo puede llegar a funcionar allí donde existe una previa realidad nacional; y ello, por supuesto, no en un sentido étnico, sino predominantemente cultural: sólo quienes comparten un núcleo de tradiciones, creencias y valores estarían en condiciones de organizar su vida colectiva democráticamente.

A falta de ese acuerdo básico, de naturaleza eminentemente prepolítica, no cabría la democracia”[3]. Europa, por tanto, sólo podrá ser democrática cuando sea una nación, requisito que, si ha sido de difícil cumplimiento dentro de los Estados, lo será más aun en este marco más vasto.

Los imperios

En todo caso, los modelos tienden a imponerse por su propia sencillez; y este que equipara lengua, nación y Estado, más simple que sencillo, alcanzó una popularidad abrumadora impulsado por el romanticismo, el historicismo e incluso la ilustración, para recibir su espaldarazo tras la Gran Guerra. A lo que sin duda contribuyó el que las excepciones más conocidas a la regla lengua=nación=Estado fueran todas ellas Imperios y no democracias, justamente los derrotados en aquel campo de batalla.

Al analizar las lenguas de los Estados Universales (de los Imperios) el gran historiador Arnold Toynbee ya puso de manifiesto que, salvo raras excepciones (el shogunato Tokugawa en Japón o el Imperio zarista), éstos se caracterizan por su pluralismo lingüístico. “En la Administración de los Estados Universales parece constituir la regla una pluralidad de lenguas oficiales, y la que goza de la primacía legal puede no ser, en la práctica, la más usada”[4]. Es el caso del Raj británico en la India, que conservo el persa inicialmente para aceptar después el hindustaní o el urdo. En el Imperio otomano, aun cuando declaró el turco lengua oficial, la lingua franca de la Administración fue el serbocroata mientras que en la marina se usaba el italiano. También los romanos se resistieron a eliminar el griego en las provincias orientales y se contentaron con hacer del latín la lengua del mando militar, al tiempo que en la Administración se usaban ambas. Y Toynbee cita el caso del Imperio español en el que se predicaba el evangelio en quechua, la lingua franca del mundo andino que había sido impuesta por los incas. Y así, los imperios modernos, el Austrohúngaro, el Ruso, el Británico, el Otomano y en no poca medida el Español, fueron todos multilingüisticos.

Pero en todo caso, si en ellos cabía un demos plurinacional y/o plurilingüístico era por dos razones que les diferencian claramente de la fórmula política de los Estados-nación. La primera es que ese demos no constituía una comunidad sino una pluralidad de ellas: una pluralidad de “naciones” unificadas solo y únicamente por la común dependencia del poder imperial. No podemos hablar de Imperios-nación. Pero además en los modelos imperiales no había ciudadanos propiamente dichos sino más bien –como en el Antiguo Régimen– súbditos, carentes de derechos políticos en cuanto no fueran otorgados por la Corona, fuente única de legitimidad.

Estas dos razones (falta de fusión interna y falta de igualdad) explican que tan pronto se derrumban los Imperios emergen de nuevo como sujetos políticos las nacionalidades en cuanto demos básico sobre el que construir la arquitectura política. Así ocurrió en España tras el 98; en el Imperio Austrohúngaro o el Otomano tras la Primera Guerra Mundial; en el Británico tras la segunda y de nuevo recientemente tras el hundimiento del Imperio soviético: los Estadosnación devoran al Imperio.

Estados Unidos

Decía que casi todas las excepciones a las reglas fueron Imperios. Cierto, casi todas pero no todas. Estados Unidos muestra, finalmente, aunque de modo imperfecto, la posibilidad ausente: una nación constituida alrededor de una pluralidad de etnias y sin lengua oficial alguna, multicultural pues pero igualitaria y democrática, cosa que no fueron los Imperios. Cierto que el pluralismo americano se limitó inicialmente a emigrantes de algunos pocos países europeos; que la emigración del sur (italiana sobre todo) tuvo serias dificultades para su integración; y que, finalmente, la población no europea, los afroamericanos, han tenido y aún tienen serios problemas de integración.

Cierto también que el multiculturalismo americano no ha sido de integración, sino de asimilación por una base anglosajona preexistente. Pero aún con éstos y otros matices sigue siendo cierto que su amplio multiculturalismo, acentuado desde la desmovilización posterior a la Segunda Guerra Mundial y reforzado a partir de la lucha por los derechos civiles de 1968, no impide la existencia de una poderosa nación que extrae no poco de su fuerza y vigor de la variedad y diversidad internas, una nación que integra numerosas nacionalidades en su seno sin que éstas se planteen jamás como objetivo llegar a ser Estado, una “nación de nacionalidades”, como la denomina Sartori[5].

2. De cómo Dios hizo un mundo complejo

No obstante, y aun cuando seguimos pensando en términos de Estado-nación considerando a los otros como excepción, la realidad es la contraria. Pues desde luego, y a pesar de su gran Sabiduría, Dios no organizó el mundo distribuyendo la totalidad del territorio entre diversas culturas o etnias con claras y nítidas fronteras, supuesto de notable simpleza, pero que es, según Tilly, nada menos que el primero de los Ocho Postulados Malignos de la ciencia social del siglo XX:

“La sociedad es una entidad separada; el mundo como un todo se divide en ‘sociedades’ distintas, cada una con su cultura, Gobierno, economía y solidaridad, mas o menos autónoma”[6].

No podía ser de otro modo si consideramos que hay no menos de 1.500 etnias, algo más de 6.700 lenguas y algo menos de 200 Estados. Veamos los datos de la composición étnica y lingüística de los Estados para poder formarnos una idea del grado de realización efectiva de ese postulado maligno.

a. La complejidad étnica de los Estados: Estados-nación y naciones-Estados

Comencemos analizando la relación entre nación y Estado. Por fortuna disponemos de una muy valiosa cuantificación de la composición étnica de la población del mundo y de su organización política elaborada por G. P. Nielssen[7] a finales de los años ochenta a partir del estudio de la distribución de 575 etnias[8], agregado de las más de 1.500 principales que pueden identificarse[9]. Datos que permiten ya aventurar una hipótesis pues de ellos podemos deducir que la media de población por etnia es de poco más de ocho millones de personas. Pues bien, lo primero que se pudo constatar es la amplia dispersión de las categorías étnicas. Muy pocas categorías étnicas (sólo 12 de 575) comprendían más de la mitad de la población mundial, mientras que en el extremo opuesto, 383 categorías comprendían menos del 4% del total.


Pues bien, si analizamos la distribución de estas categorías en Estados encontramos un cuadro que dista mucho de la idílica correspondencia puntual entre etnias y Estados. Pues el análisis de Nielssen ponía de manifiesto, de una parte, que la mayoría de los Estados tienen más de una categoría étnica (no son Estados-nación).

Pero el análisis no debe pararse ahí pues, de otra parte, encontramos que un buen número de etnias están a su vez distribuidas entre varios Estados (no son nacionesEstado). Y es este juego entre el Estadonación de una parte, y la nación-Estado de otra, lo que debe ser objeto de atención.

Para ello Nielssen distingue entre Estados-nación (donde más del 90% de la población del Estado esta formada por miembros de una sola categoría étnica), naciones-Estados (en los que una categoría étnica representa entre el 40% y el 90% de la población) y Estados multinacionales (en los que la etnia más numerosa abarca menos del 40% de la población). Con ello puede analizar la composición étnica de los Estados existentes. Pero es necesario combinar esas tres categorías con otras que discriminen la composición estatal de las etnias, de modo que las tres categorías anteriores se dicotomizan en monoestatales y multiestatales: lo primero si más del 90% de los miembros de la etnia residen dentro de ese Estado; y lo segundo en otro caso. De este modo obtenemos una clasificación continua cuyos extremos son:

Estados-nación monoestatales, en los que el 90% de la población del Estado corresponde a una etnia y el 90% de la población de esa etnia reside en ese Estado; es decir, Estados-nación que son al tiempo naciones- Estado y que son los únicos que realizan plenamente el ideal del Estado-nación.

Estados multinacionales y multiestatales, en los que la etnia más numerosa del Estado representa menos del 40% de su población y menos del 90% del total de esa etnia; es decir, Estados propiamente multiétnicos.

Pues bien, el resultado que obtiene es que sólo 28 Estados de los 161 existentes cuando se confeccionó el censo responden al ideal de correspondencia biunívoca entre nación y Estado, es decir, un 17,3% del total de Estados. O por leerlo al contrario, de las 575 etnias identificadas, sólo 28 han realizado la ecuación mágica del Estado-nación y de la nación-Estado, una lectura que reduce el porcentaje de éxito a menos del 5% de las etnias.

El trabajo de Nielsson pone sobre la mesa todo un campo de análisis nuevo: no ya el de los Estados multinacionales, sino el de las naciones multiestatales, sin cuya comprensión el fenómeno queda incompleto. De modo que podemos concluir con el que “el número de Estados que se enfrentan a presiones para la acomodación política entre varias naciones es lo suficientemente grande para sugerir que existen más relaciones internacionales dentro de los Estados que entre ellos”.

b. Lengua y Estado

Pero analicemos ahora la otra parte de la ecuación, la que relaciona lengua y Estado.

Para comenzar, la diversidad lingüística no es menor que la étnica, pues se estima que hay unas 6.700 lenguas vivas en el mundo, de las que sólo 78 tienen alguna literatura escrita en uno de los 106 alfabetos inventados a lo largo de la historia[10]. De esas casi siete mil lenguas, más de la mitad corresponden a Asia y África. No obstante, la mayor diversidad lingüística le corresponde al Pacífico que, con solo el 1% de la población, tiene el 19% de las lenguas, seguido por África (con el 15% de la población tiene el 30% de las lenguas).



Fuente: ‘Ethnologue’, 13ª edición, Bárbara F. Grimes Editor, Summer Institute of Linguistics Inc., 1996..

No obstante la diversidad de lenguas, de nuevo encontramos que la concentración de hablantes en unas pocas es clara, consecuencia sin duda, de las múltiples ventajas que tiene el uso de una lengua común, de modo que las 10 lenguas más habladas cubren la mitad de los hablantes considerados.

Dada la extensión de estas 10 principales lenguas podríamos sospechar que la mayoría de los Estados deberían ser monolingüísticos. Pero la realidad de la distribución lingüística de los Estados es justamente la contraria. Pues a partir del dato de los más de 5.000 millones de habitantes del mundo se deduce que la media de hablantes por lengua es de poco más de 700.000 personas y que, inversamente, la media de lenguas por Estados es nada menos que 30[11]. Datos agregados que, como siempre, encubren una tremenda dispersión. Así, el continente con una media de lenguas por país menor y un mayor número de hablantes por lengua (es decir, el más “normalizado”) es, con gran diferencia, Europa. La media europea de hablantes de cada lengua, 4,4 millones, es cuatro veces mayor que la media mundial de hablantes de cada lengua. A su vez, la media europea de lenguas por país, sólo 4,6, es casi la sexta parte de la media mundial, aproximadamente 30 lenguas por país.

Podemos, pues, decir que, por las razones que sean, la complejidad lingüística de Europa es incomparablemente menor que la del resto del mundo; y quizá por eso Europa, y sólo Europa, ha podido creer durante tanto tiempo en la ecuación lengua-naciónEstado, que resulta ser así otro más de los esquemas eurocéntricos con los que malpensamos el mundo.


Fuente: ‘Ethnologue’, 13e edición, Bárbara F. Grimes Editor, Summer Institute of Linguistics Inc., 1996.


Fuente: ‘Ethnologue’, 13ª édition, Barbara F. Grimes Editor, Summer Institute of Linguistics Inc., 1996.

Esta fuerte normalización u homogeneización lingüística de Europa contrasta con la fuerte dispersión en otros continentes, singularmente Oceanía, donde la media de lenguas por país es casi 50 y la media de hablantes por lengua ¡no llega a 25.000! Estos dos extremos, Europa y Oceanía, no deben hacernos olvidar que América, por ejemplo, tiene una media de casi 22 lenguas por Estado y menos de un millón de hablantes por lengua.

El resultado final (siempre según estimaciones de Jacques Leclerc, del Centre International de Recherche en Aménagement Linguistique [CIRAL] de la Universidad Laval de Canadá[12]), es que sólo habría 25 Estados lingüísticamente homogéneos13[13], más otros 9 Estados no soberanos. Y llama poderosamente la atención el que casi todos ellos (salvo Bangla Desh, Japón, Corea y Polonia) son de escaso número de hablantes, 10 millones o menos. El sorprendente resultado es que, contra una extendidísima creencia, menos del 15% de los Estados (que engloban menos del 10% de la población del mundo) son lingüísticamente homogéneos, mientras el 85% restante, los Estados multilingües, engloban a más del 90% de la población. Vivir en un Estado lingüísticamente homogéneo tiene, pues, una probabilidad de 1 a 10.

3. Y los humanos lo complicamos más aún

De modo que Dios sí hizo un mundo complejo en identidades, lenguas y Estados. Y por si fuera poco los humanos nos hemos entretenido en complejizarlo aún más.

La globalización

Sabemos que la actual historia mundial (lo que, desde otra perspectiva, llamamos hoy “globalización”) comenzó con la expansión europea del siglo XVI iniciada por los pioneers ibéricos (la expresión es de Toynbee), que llevó la culturacivilización occidental a todo el mundo, colonizándolo, y cuyo momento de inflexión fue la Segunda Guerra Mundial.

La descolonización subsiguiente implicó la transformación de las colonias en Estados soberanos que intentaron e intentan recobrar sus viejas culturas, lenguas o “identidades” anteriormente menospreciadas y oprimidas por la potencia colonizadora. Y así, lo que el pensamiento del XIX concibió como el avance de la “civilización” (única y europea, por supuesto) sobre la “barbarie" (que sólo merecía ser estudiada por la antropología) pasó a ser concebido, no sin dificultades, como la interacción entre diferentes “culturas”. La “civilización occidental” es poco a poco entendida como “otra cultura”, de modo que aquélla dejó de monopolizar la posesión de principios cognitivos, éticos o estéticos de validez universal[14]. Al contrario, también en ella había y hay particularis mo y no poco etnocentrismo. En resumen, la descolonización ha supuesto restablecer la diversidad. El libro de Huntington The Clash of Civilizations tiene al menos esta verdad: las viejas culturas colonizadas viven de nuevo y orientan hoy la política de Estados (y de regiones de Estados) hacia caminos específicos, unificando sus actuaciones tanto más que el comercio o internet[15].


Nota: el asterisco indica que el Estado no es soberano

Y por ello, si en una lectura superficial la dinámica de la cultura mundial es la americanización, por debajo observamos una revitalización de viejas culturas, muchas (la mayoría) más antiguas y ampliamente extendidas geográficamente, impulsadas/inventadas por nuevos Estados descolonizados que recrean/inventan tradiciones como sistemas de legitimación[16].

Las migraciones

Y es sobre un mundo culturalmente diversificado sobre lo que trabaja el proceso globalizador. Tendemos a analizar la globalización sólo en términos económicos; y cuando la observamos desde una perspectiva cultural parece que sólo percibimos otra occidentalización más, aunque esta vez liderada por Estados Unidos más que por Europa: la MacDonaldización o Cocacolización de la cultura mundial[17]. Ambas perspectivas son simplificaciones. Cierto que la globalización comenzó en los mercados financieros, pero detrás de ella ha avanzado imparable la circulación de mensajes de todo orden (comunicación); detrás de ellos la circulación de mercancías (comercio); y detrás, inevitablemente, la circulación de personas (emigración).

Y así, asistimos a una nueva oleada migratoria[18] mayor incluso que la de comienzos del siglo pues afecta a todas las regiones del globo. El Informe sobre el Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 1999[19] nos recuerda que en 1975 había sólo 84 millones de personas viviendo fuera de sus países de origen: digamos emigrantes “legalmente inscritos”.

Esta cifra subió a 104 millones 10 años más tarde y a 145 en 1998. Si a ellos añadimos un desconocido pero alto volumen de “ilegales” y comparamos la suma resultante (sin duda superior a los 200 millones) con el tamaño de los países del mundo podríamos concluir que los “emigrantes” son hoy uno de los “países” más poblados del mundo. Una migración impulsada por motivos y razones variadas. Ciertamente la búsqueda de oportunidades de vida y bienestar mayores sigue siendo el móvil principal, pero encontramos detrás de esa etiqueta circunstancias variadas: estudiantes o profesores buscando conocimiento; investigadores que buscan datos o intercambio de ideas; ejecutivos o trabajadores cualificados movilizados por sus empresas; jubilados buscando lugares al sol de bajo coste de vida y un largo etcétera.

Tan variadas son ya las razones para el nomadismo que incluso la etiqueta “emigración “ comienza a ser obsoleta y se habla de emigración transnacional o “transmigración”. Y a medida que las fronteras se hacen porosas (la expresión es del filósofo canadiense Charles Taylor[20]) y los Estados pierden soberanía descubrimos que la regla no es ya tanto la sedentariedad dentro de las fronteras de los Estados sino el nomadismo, concomitante con la globalización.

Pero además, y paradójicamente, una de las más importantes causas de las actuales emigraciones es el intento de purificación étnica en muchas zonas, que expulsa población “impura”, que pasa a reforzar la diversidad étnica o cultural de otras zonas “polucionandolas”, de modo que el intento de generar Estados-nación en algunas partes es la causa de la pérdida de ese mismo carácter en otras.

“La persecución racial” –señala la ACNUR– “es una de las principales causas de que los refugiados huyan… Irónicamente, estos mismos flujos de refugiados se citan como una de las causas de las nuevas tendencias xenófobas”.

En todo caso, la gente que emigra o simplemente se traslada geográficamente ya no lo hace como “bárbaro” a la búsqueda de la “civilización”, sino como miembro de otra cultura y junto con ella, y espera ser respetado en esa adscripción del mismo modo que en su país se respeta la cultura occidental. Hasta hace pocos años se podía esperar que el inmigrante (salvo que fuera un gestarbeiter, trabajador temporalmente invitado) acabaría integrándose, lo que era tanto como decir asimilándose a la sociedad receptora, según la pauta tradicional de desarrollo en dos o –como mucho– tres generaciones.

Sabemos que, por múltiples razones (y la facilidad de comunicación con sus sociedades de origen, otro efecto de la globalización, es la más importante), esta disposición a la asimilación es cada vez más débil[21] y la tendencia es, por el contrario, conservar (o incluso acentuar) las diferencias como símbolos de identidad[22]. La consecuencia es la emergencia de “ciudades globales”, literalmente microcosmos del mundo (usualmente de áreas de influencia política de esa metrópolis) en los que las fronteras políticas se dislocan en relación con las fronteras culturales.

Aquellas, las fronteras políticas, son relativamente estables; pero las culturales devienen lo que hace años llamé microfronteras[23], a saber, gentes con variadas creencias religiosas, lenguas maternas, perteneciendo a distintos grupos étnicos, con variados hábitos culinarios, vestidos y modos de amar, cantar o llorar, que viven juntos coexistiendo (y eventualmente conviviendo) en los mismos espacios sociales, fábricas, oficinas, universidades, supermercados, hoteles, museos o discotecas.

Una tendencia a la emergencia de espacios de coexistencia multicultural sin duda creciente, que continuará incluso si el desarrollo económico hiciera innecesaria la emigración económica pues sus raíces están en la globalización misma por la que el mundo deviene un solo mundo.

Es por ello por lo que los tradicionales melting-pots, es decir, lugares de mezcla y fusión de etnias o culturas están pasando a ser salad-bowl, una mezcla abigarrada de tipos humanos con las más plurales referencias.

Veamos algunos ejemplos generados por las fortísimas inmigraciones internacionales.

Se estima que en 1995 emigraron a Estados Unidos unos 90.000 mexicanos, algo bien conocido. Pero se ignora que también emigraron 55.000 rusos, 51.000 filipinos, 42.000 vietnamitas, 39.000 dominicanos y unos 35.000 chinos. El fenómeno se repite en otras muchos Estados. A Japón emigraron ese mismo año 39.000 chinos, 30.000 filipinos, 27.000 americanos, 12.000 brasileños y unos 6.000 tailandeses.

A Canadá emigraron 32.000 chinos de Hong Kong, 16.000 indios, 15.000 filipinos, 13.000 chinos y 9.000 de Sri Lanka.

Y se estima que anualmente emigran permanentemente 1,5 millones de personas y que otros tantos solicitan asilo, unos procesos de movimiento de población sólo comparables (aunque mayores) a los que se produjeron a finales del siglo pasado. Esta complejidad de los movimientos de población (de los flujos) modifica poderosamente la composición de los stocks, de modo que si en Madrid hay un 3% de población extranjera y un 10% en El Ejido, son el 16% en París, el 20% de Londres o el 56% de Nueva York. Hay colegios de Madrid y Barcelona con más de 30 minorías lingüísticas, pero hay más de 200 minorías en los de Nueva York. Ésta es la verdadera globalización puesto que, más allá del regusto positivo o negativo que pueda producirnos el vocablo multiculturalismo, y más allá de repetidas discusiones filosóficas sobre el relativismo o los valores occidentales, el multiculturalismo es un hecho, una realidad que se juega cotidianamente en la coexistencia de personas con adscripciones culturales variadas conviviendo en andamios, invernaderos, supermercados, bares, plazas, discotecas o simples rellanos de la escalera.

El mundo se está llenando de espacios sociales de convivencia multicultural, nos guste o no.

4. Conclusión: la democracia de la diversidad

De modo que Dios sí hizo un mundo complejo en identidades, lenguas y Estados.

Y por si fuera poco los humanos nos hemos entretenido en complejizarlo.

¿Qué conclusiones podemos sacar de todo ello?

La primera es que el problema es cómo gestionamos la diversidad cuando la arquitectura de la política no puede ya basarse en una previa ciudadanía culturalmente homogénea. Aceptar que sólo en matemáticas ser diferente de algo (#) quiere decir ser más o menos; que algo diferente es sólo eso y no mejor o peor; que la libertad es también la libertad de expresión y esta la de expresar la propia cultura, una actitud que choca con hábitos centenarios etnocéntricos de rechazo de la diferencia. Las democracias, los Estados mismos, serán (son) crecientemente multiculturales, multiétnicos y multilingüisticos pues todo ello es, antes de nada, un hecho, un dato de la modernidad avanzada, fácilmente perceptible en las grandes urbes de todo el mundo o en los resorts turísticos, pero que avanza imparable en todas direcciones.

La segunda conclusión es que hay muchos modos de gestionar la diversidad.

La homogeneidad es simple pero la diversidad es, ciertamente, diversa. Podemos encontrar una sola minoría, dentro de una sola mayoría, o diversas minorías que, unidas, serían mayoría. Las minorías pueden ser de incorporación reciente o no; las distancias culturales entre las minorías o entre éstas y la eventual mayoría pueden ser grandes o pequeñas. En ciertos casos las distancias lingüísticas son enormes y en otros el aprendizaje de la nueva lengua (el bilingüismo) es fácil de alcanzar. No tiene nada que ver la situación de los cubanos en Florida con la de los argelinos en Francia, los turcos en Alemania, los catalanes en España, los aymara o quechua en Bolivia, y un largo etcétera. Los paisajes sociales son muy distintos y por ello, aunque no es imposible encontrar una filosofía común y es quizá sencillo definir lo que no se debe hacer, es dudoso que encontremos una única solución.

En todo caso, la formula del Estadonación se ha quedado obsoleta, si es que alguna vez fue algo más que ideología.

Pretender que los 188 Estados hoy existentes se asienten sobre un demos culturalmente homogéneos es un sin sentido.

Pues o bien multiplicamos los Estados para ajustarlos a las naciones/lenguas hasta hacer el mundo políticamente inmanejable (y ya lo es con los existentes), justo cuando a consecuencia de la acelerada globalización económica el mundo necesita un fuerte control político. O bien abandonamos la idea del Estadonación.

La conclusión es pues obvia: si deseamos crear Estados viables que no estén sometidos a tensiones separatistas o violencias sobre/contra minorías étnicas, no hay más alternativa que separar la lealtad y la pertenencia a un Estado de la identidad cultural: separar, pues, la arquitectura política, el modo como el mundo se organiza políticamente, de la arquitectura cultural, diferenciar entre fronteras políticas y fronteras culturales. Debemos visualizar la relación entre cultura y política no como espacios que se solapan sino como realidades secantes: la misma identidad cultural se asentará sobre una pluralidad de Estados. Pero también a la viceversa: la misma realidad estatal se asentara sobre una pluralidad de culturas. Los Estados pluriculturales y/o plurilinguisticos son y serán la regla. Algo similar a lo que ocurre con las regiones o incluso, las áreas metropolitanas, pues también éstas saltan por encima de las fronteras para ser pluriestatales. Es tanto como profundizar en la tendencia de secularización del Estado que comenzó ya en el siglo XVII tras las guerras de religión. Pues al igual que entonces se rompió con el principio tardomedieval un roi, une foi, une loi, que forzaba a los súbditos de las viejas monarquías a seguir la religión del Príncipe, se trata ahora de llevar ese pluralismo cultural mas allá del estricto espacio de la religión para hacer Estados laicos también en lo cultural. Pues si los Estados no tienen religión, ¿cómo pueden tener culturas propias, que son en todas partes un derivado de las religiones? Limitar la secularización del Estado a las identidades religiosas es un primer paso, que debe continuar en todos los ámbitos de la cultura.

Pero desacoplar cultura y política es tanto como decir que la lealtad a un pueblo (y la misma identidad como pueblo) se expresa de muchos modos y se dice en muchas lenguas. Que se puede ser norteamericano en inglés, pero también en español, en yoruba, en tagalo o en urdo. En todas esas identidades deberá haber lealtad a la Constitución como presupuesto mínimo sobre el que crear una identidad de nación, pero de nación plurinacional, variada, diversa. Estoy, pues, hablando de naciones complejas que, mas allá del modelo del Estado-nación, resultan de la fusión dinámica de una pluralidad de naciones, identidades y lenguas en un proyecto de vida en común.

Y hablamos también de democracias de la diversidad, no de la homogeneidad, donde la igualdad legal no debe presuponer la igualdad cultural.

La imposibilidad del Estado-nación romántico no debe, sin embargo, conducirnos a demonizar todas las formas de nacionalismo. Y ello porque –regresando al principio– todo Estado estable debe reposar en un demos, una comunidad o una Gemeinschaft, que se caracteriza por una mayor solidaridad interna, reposa en una ciudadanía que mentalmente traza una frontera entre “nosotros" y los “otros”: no tanto con ánimo de expulsar o rechazar a los otros, sino con ánimo de fusionar o unir a quienes forman parte de ese “nosotros”. Hay, pues, una nación debajo de todo Estado, al menos debajo de todo Estado estable y viable. El limite mínimo de esa comunidad, de ese nacionalismo posnacionalista, es el patriotismo constitucional de Habermas, la lealtad a la Constitución como marco de convivencia y tolerancia en libertad[24]. Creo, sin embargo, con Luis María Díez Picazo, que la propuesta de Habermas es más un diagnostico que una terapia[25] y obvia el difícil problema de la articulación de sentimientos que se oculta tras el término patriotismo. Pues leído como solidaridad, empatía, proximidad, y por tanto, como generosidad y ayuda mutua, el nacionalismo es una fuerza extraordinariamente positiva. La fraternidad universal que predican las grandes religiones –y que es también la base expansiva de la lógica democrática– sólo puede ser la resultante final de un proceso dinámico de ampliación del espacio de la solidaridad.

Pretender que desde ya nuestra solidaridad abarque por completo a toda la población del globo, que se vierta igual sobre los próximos que sobre los lejanos, sobre quienes llevan conviviendo siglos que sobre quienes han vivido de espaldas, sobre quienes hablan la misma lengua y se entienden que sobre quienes hablan lenguas distintas, pretender pues la fusión instantánea en una fraternidad universal es no sólo una utopía sino una utopía peligrosa si no es gestionada con prudencia. Ciertamente, el objetivo final sólo puede ser un Estado democrático universal y cosmopolita; pero la postulación de ese objetivo no nos exime de realizar las tareas diarias que lo puedan hacer posible. Mientras tanto, la fórmula propuesta en 1966 por Roy Jenkins, entonces ministro de Interior del Reino Unido, es más que razonable para orientar nuestro camino:

“No creo que necesitemos en este país un melting pot, que haga de cada uno una copia de la visión estereotipada del Englishman… Por ello defino la integración, no como un proceso plano de asimilación sino como igualdad de oportunidades conjuntamente con diversidad cultural en una atmósfera de tolerancia mutua”[26].



[1] Weber, E.: Peasants into Frenchmen: the modernization of rural France 1870-1914. Chatto and Windus, Londres, 1976.

[2] Fichte, Johann Gottfried von: Discursos a la nación alemana, e.o. 1807-1808. Editora Nacional, Madrid, 1977

[3] Luis María Díez Picazo: ‘Contra el romanticismo político. Notas sobre la idea de nación en la construcción europea’, Revista de Occidente, 243, pág. 101, 2001.

[4] Toynbee, Arnold: La Historia, pág. 294. Editorial Noguer, SA, Barcelona, 1975.

[5] G. Sartori: La sociedad multiétnica, pág. 51. Taurus, Madrid, 2001.

[6] En Charles Tilly: Big Structures, Large Processes, Huge Comparisons (Rusell Sage, Nueva York, 1984; hay traducción en Alianza Editorial); la cita es de la pág. 11. Kedourie lo señaló con anterioridad al remarcar que el discurso nacionalista se basa en tres supuestos idealtípicos: “que la humanidad se divide naturalmente en naciones; que las naciones se conocen por ciertas características que pueden determinarse; y que el único tipo de gobierno legítimo es el autogobierno nacional”, E. Kedourie: Nationalism, pág. 9. Praeger, Nueva York, 1960.

[7] G. P. Nielssen: Sobre los conceptos de etnicidad, nación y Estado en Alfonso Pérez-Agote (edit.), Sociología del nacionalismo, págs. 193 y sigs. Gobierno Vasco, Bilbao, 1989.

[8] Entendiendo por tal a “cualquier grupo de personas distinto de otras en términos de criterios culturales objetivos y que contiene dentro de los miembros que la compone, en principio o en la práctica, los elementos para una completa división del trabajo y para la reproducción”. La definición es de Paul R. Brass, Ethnicity and Nationality Formation en Ethnicity, 3 (1976) 225. La cita es la pág. 226, reproducida por Nielsson. Así se separa la categoría étnica del grupo étnico que emerge si los miembros de una categoría mantienen una interacción continua.

[9] La investigación de Nielsson utilizaba como población el censo de Estados entonces existentes (un total de 165). Podría pensarse que, de repetir el análisis hoy, con los 188 Estados reconocidos en Naciones Unidas, la mayoría de ellos resultantes del desmembramiento de la Unión Soviética, el número de Estados- Nación aumentaría. Aunque ese incremento –como veremos– no afectaría sustancialmente a las cifras ni al argumento de este trabajo, lo cierto es que no pocos de los nuevos Estados (la mayoría de los del Este de Europa más los nuevos Estados Bálticos) son plurinacionales y multilingüisticos

[10] La misma cifra y similar distribución de lenguas en el mundo puede encontrarse en la Cambridge Encyclopedia of Language (1997), citada en el Informe Mundial sobre la Cultura. Unesco, 2000

[11] Nótese que los datos de número de Estados incluyen, por razones que se me escapan, 30 Estados no soberanos.

[12] Pueden verse estos datos en www.ciral.ulaval.ca/alx

[13] Entendiendo por tal que el 90% o más de la población habla la misma lengua.

[14] Para este debate entre cultura y civilización, véase el trabajo de Paloma García Picazo: ‘Totalidad y fragmentación. El mundo de la cultura, el universo de la civilización’, en Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 64 (1993) 81-104. Puede verse un estudio sobre los orígenes del término “civilización” en uno de sus últimos defensores (por supuesto, francés), el historiador F. Braudel: Las civilizaciones actuales. Estudio de historia económica y social, Tecnos, Madrid, 1983.

[15] La mejor prueba de este triunfo de la cultura frente a la civilización (que es un triunfo de la visión antropológica-sociológica del hombre sobre la jurídico- política) está representado por el gran pensador francés Claude Levi-Strauss; véase La mirada distante (1984) y Raza y cultura (1993).

[16] Véase, Mbuyi Kabunda Badi: Las ideologías de integración nacional en Africa: mitos y realidades, en VV AA: Hablar y dejar hablar, Ediciones de la UNAM, Madrid, 1994, op. cit., págs. 201y sigs. El texto clásico es de E. Hobsbawm y T. Renger: The Invention of Tradition, Cambridge University Press, Cambridge, 1983.

[17] G. Ritzer, ‘The MacDonaldization of Society’ en Journal of American Culture, 6 (1983) págs. 100 y sigs. También: Big Mac Attack: The MacDonaldization of Society, Lexington Books, Nueva York, 1993.

[18] Castles, S. and Miller, M. J.: The age of migration: international populations movements in the modern world. Macmillan, Londres, 1993.

[19] Mundi Prensa, pág. 32. Madrid, 1999.

[20] Taylor, C.: ‘The politics of Recognition’, en Gutmann, A. (ed.) Multiculturalism: examining the politics of recognition, págs. 25-74. Princeton University Press, Princeton, 1994.

[21] Aunque no tanto como se cree. Acerca de la asimilación lingüística de los emigrantes en Estados Unidos véase el interesante trabajo de Alejandro Portes y Lingxin Hao en Revista de Occidente, Nº 24, abril del 2001.

[22] Véase, por ejemplo, Glick Schiller, N., Basch, L. y Blanc-Szanton, C. (eds): Towards a transnational perspective on migration, New York Academy of Sciences, Nueva York, 1992.

[23] Véase, ‘Fronteras culturales’, en E. Lamo de Espinosa (editor): Culturas, Estados, Ciudadanos, págs. 13-79. Alianza Editorial, Madrid, 1996.

[24] J. Habermas: Identidades nacionales y potenciales, Tecnos, Madrid, 1989. También, ‘Ciudadanía e identidad nacional. Consideraciones sobre el futuro europeo0’, en Debats, 39, pág. 11 y sigs. (1992)

[25] L. M. Díez Picazo: Contra el romanticismo político, op. cit., pág. 106.

[26] Jenkins, R.: Essays and speeches. pág. 267. Collins, Londres, 1967. Entrecomillado mío.