Por Carlos Boyero en El País de 7 de febrero de 2009
No resistí la tentación de leer la excelente novela de Bernhard Schlink El lector antes de ver la adaptación al cine que ha realizado Stephen Daldry. Me conmovió su historia y su complejidad emocional, la sucesiva desvelación de misterios en una trama en la que nada es lo que parece, que encuentra razones inquietantes y patéticas en comportamientos monstruosos. Por tanto, al acercarme a la película ya conocía la resolución de los terribles enigmas y la sorpresa quedaba anulada. Tampoco tengo actitudes prejuiciosas respecto a la fatigosa cuestión de comparar la literatura con el cine. Unas veces las imágenes mejoran el relato original, en otras ocurre lo contrario y en alguna feliz ocasión se mantiene idéntico nivel artístico.
Veo en los títulos de crédito de The reader que figuran como productores Sydney Pollack y Anthony Minghella, dos sensibles y expresivos directores que lamentablemente ya se han muerto y que prolongaban su poder creativo cuando avalaban desde la producción las obras de otros directores. Aquí le han encargado la autoría a Stephen Daldry, alguien que demostró en Las horas un conocimiento profundo de mujeres torturadas por sus demonios interiores. La protagonista de The reader también es una señora que siempre ha estado a la deriva, un verdugo cuya conducta ante la vida, los sentimientos y el horror viene ancestralmente condicionada por lacerantes carencias y por taras que pueden explicar aunque no justificar sus degradantes acciones.
Todos los materiales parecían adecuados para que Daldry retratara ejemplarmente las sensaciones, las heridas y la desesperación que refleja la novela. Y tanto el guionista David Hare como el director Stephen Daldry son escrupulosamente fieles al texto de Bernhard Schlink. Está bien contada la relación sexual y el subterráneo o transparente amor entre un apasionado chaval de 15 años y una extraña y solitaria mujer de 36, la incertidumbre del precozmente iniciado ante esa amante imprevisible de la que no sabe casi nada y que le exige que le lea libros antes de consumar su abrasivo erotismo, la huida de ella y el reencuentro de ambos años más tarde en un tribunal que va a juzgar el tenebroso pasado de esa desconcertante mujer, la experiencia adolescente que va a marcar para siempre la amargada existencia del adulto, el retrospectivo sentido de culpa y la inconsolable soledad de alguien que formó parte de un engranaje criminal no por vocación sino para no tener que enfrentarse a sus traumáticas limitaciones.
Daldry no se hace líos al combinar el pasado y el presente a lo largo de 30 años; la ambientación es primorosa; la música, abusiva, y dispone de una actriz tan excepcional como Kate Winslet, dama con apabullante veracidad para hacerte comprender los matices de un personaje espinoso. Pero incomprensiblemente, a pesar de disponer de un argumento trágico y lírico, con acreditados talentos para desarrollarlo en imágenes y sonidos, a esta película le falta pálpito, capacidad de conmoción, alma. En mi caso, reconociendo que la ilustración del drama original está muy cuidada, el resultado final me deja frío, todo lo contrario que me ocurre con la novela. Los múltiples aplausos al final de la proyección me hacen intuir que a lo peor el problema es mío; no me sirve de consuelo ya que no me puedo engañar con lo que a mí me provoca. Su brillantez me parece epidérmica, no me toca en ningún momento las entrañas.
El director francés François Ozon siempre ha sentido afición por las historias retorcidas, el reverso angustioso de la aparente normalidad y las relaciones turbias. En ocasiones la expresión de ese desasosegante universo está muy lograda y en otras las pretensiones superan a los resultados. En Ricky prevalece lo segundo. Durante la primera parte, Ozon describe con promesa de suspense la agobiada vida de una madre soltera y proletaria con su turbadora hija. Igualmente, es creíble su inicialmente feliz relación con un compañero de trabajo con el que se atreve a formar pareja y a tener un crío. Resulta que a la criatura le salen alas y el angelito volador se convierte en un tremendo problema para sus padres y en atracción de feria para el morbo que quieren explotar los medios informativos. Imagino que el propósito de Ozon es jugar a la simbología y a la parábola, pero aunque la imagen de un bebé volando tiene al principio alguna gracia, todo obedece al disparate gratuito.
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domingo, 1 de marzo de 2009
lunes, 9 de febrero de 2009
Llorar de Audrey
Maruja Torres en El País Semanal de 8 de febrero de 2009
Es bueno comprobar, conforme pasa el tiempo, que hay personas que permanecen. Audrey Hepburn cumpliría ochenta años en mayo -¿se lo pueden creer?-, y una nutrida población de seguidores -pues con nosotros se podría fundar un pequeño Estado bastante hermoso- la seguimos recordando y seguimos emocionándonos a causa de las lecciones de belleza, bondad y gran clase que de ella recibimos. Audrey cuenta con un récord único en el mundo del cine: no tuvo que morir a los veinte para que el suyo fuera un cadáver -cómo odio esta palabra relacionada con ella- hermoso. Fue lo que siempre fue hasta que murió, por enfermedad y serenamente, a una edad ya avanzada aunque no la suficiente. Ojalá estuviera viva.
Pero lo está. Con motivo de la exposición de parte de su vestuario en ese estupendo espacio de cine que tiene lugar en Granada -hasta el 31 de marzo: merece una peregrinación-, en el programa de la SER La ventana, Gemma Nierga y Jaume Figueras le hicieron una entrevista a su hijo mayor, Sean Hepburn Ferrer, encargado de preservar y compartir el patrimonio-memoria de su madre. Me la pasé, la entrevista, llorando. No de pena ni de nostalgia. Llorando de Audrey, que es una preciosa forma de llorar, como se llora leyendo un poema o escuchando una música, o recordando a los que amamos cuando su evocación ya no nos duele.
Contó Sean Hepburn Ferrer una anécdota preciosa. Y es que, cuando los encargados de casting (la palabra inglesa me gusta mucho más que la española reparto, que parece ir en camión) de la película Always, de Steven Spielberg, se reunieron para determinar quién haría el papel de Ser del Otro Mundo, alguien planteó la siguiente pregunta: "¿Y si Dios fuera mujer?". Y todos a una respondieron: "¡Audrey Hepburn!". Y así fue como la eligieron. Por Dios, no por Santurrona. Ella, que hizo dos veces de monja, nunca nos dejó esa imagen de intocada o de pureza. Lo suyo era otra cosa. Humanidad. En Historia de una monja era una mujer con dudas y dilemas que acaba dejando el convento. Y en Robin y Marian era una malcasada con el Señor que aguardaba el regreso -o lo añoraba- de aquel truhán que la dejó por Ricardo Corazón de Sabandija y la Cruzada de los Necios.
Billy Wilder, que la dirigió en Sabrina y Ariane, era un hombre sumamente ingenioso que a veces se perdía por una buena frase. Solía decir que a Audrey no se le podía poner a hacer el amor en una película, que nadie lo creería o no lo soportarían. Se equivocaba. Stanley Donen la convirtió en adúltera en Dos en la carretera, y en amarga esposa a ratos, después de haberla metido en la cama en memorables escenas, llenas de romanticismo unas, y de doloroso cinismo otras, con Albert Finney. Donen lo hizo con tanta maestría que sólo nos quedó para la memoria un filme que es real como la vida y maduro como el arte, y una protagonista que trascendía la banalidad de las convenciones para transmitir, con la intensidad de su rostro anguloso, el peso de la experiencia. Dos en la carretera es una de sus mejores películas y quizá la más dura (aunque Ariane tampoco sea una comedia, pese a sus apariencias), y, según su hijo, hoy día se estudia el vestuario que Audrey luce porque determina las épocas en que transcurren los diferentes flash-backs. Junto con los modelos de automóviles, añadiría yo.
En la entrevista mencionada se abrió el micrófono y compareció una niña de diez años, creo recordar que se llamaba Victoria, que, emocionada, contó que quería ser como Audrey Hepburn (Sean le prometió recibirla en Granada y contarle cosas exclusivas de su madre), y otra oyente explicó que había crecido viendo Guerra y paz. ¡Aquella Natasha!
Quizá fue por su experiencia de hambre y bombardeos en la Europa de la II Guerra Mundial, de aquella infancia tan dura, que Audrey Hepburn obtuvo el don de emocionarnos desde que su sonrisa y su capacidad para entender la desdicha iluminaron la pantalla en Vacaciones en Roma.
Sí, llorar de Audrey es una de las mejores terapias que pueden ocurrirnos.
Es bueno comprobar, conforme pasa el tiempo, que hay personas que permanecen. Audrey Hepburn cumpliría ochenta años en mayo -¿se lo pueden creer?-, y una nutrida población de seguidores -pues con nosotros se podría fundar un pequeño Estado bastante hermoso- la seguimos recordando y seguimos emocionándonos a causa de las lecciones de belleza, bondad y gran clase que de ella recibimos. Audrey cuenta con un récord único en el mundo del cine: no tuvo que morir a los veinte para que el suyo fuera un cadáver -cómo odio esta palabra relacionada con ella- hermoso. Fue lo que siempre fue hasta que murió, por enfermedad y serenamente, a una edad ya avanzada aunque no la suficiente. Ojalá estuviera viva.
Pero lo está. Con motivo de la exposición de parte de su vestuario en ese estupendo espacio de cine que tiene lugar en Granada -hasta el 31 de marzo: merece una peregrinación-, en el programa de la SER La ventana, Gemma Nierga y Jaume Figueras le hicieron una entrevista a su hijo mayor, Sean Hepburn Ferrer, encargado de preservar y compartir el patrimonio-memoria de su madre. Me la pasé, la entrevista, llorando. No de pena ni de nostalgia. Llorando de Audrey, que es una preciosa forma de llorar, como se llora leyendo un poema o escuchando una música, o recordando a los que amamos cuando su evocación ya no nos duele.
Contó Sean Hepburn Ferrer una anécdota preciosa. Y es que, cuando los encargados de casting (la palabra inglesa me gusta mucho más que la española reparto, que parece ir en camión) de la película Always, de Steven Spielberg, se reunieron para determinar quién haría el papel de Ser del Otro Mundo, alguien planteó la siguiente pregunta: "¿Y si Dios fuera mujer?". Y todos a una respondieron: "¡Audrey Hepburn!". Y así fue como la eligieron. Por Dios, no por Santurrona. Ella, que hizo dos veces de monja, nunca nos dejó esa imagen de intocada o de pureza. Lo suyo era otra cosa. Humanidad. En Historia de una monja era una mujer con dudas y dilemas que acaba dejando el convento. Y en Robin y Marian era una malcasada con el Señor que aguardaba el regreso -o lo añoraba- de aquel truhán que la dejó por Ricardo Corazón de Sabandija y la Cruzada de los Necios.
Billy Wilder, que la dirigió en Sabrina y Ariane, era un hombre sumamente ingenioso que a veces se perdía por una buena frase. Solía decir que a Audrey no se le podía poner a hacer el amor en una película, que nadie lo creería o no lo soportarían. Se equivocaba. Stanley Donen la convirtió en adúltera en Dos en la carretera, y en amarga esposa a ratos, después de haberla metido en la cama en memorables escenas, llenas de romanticismo unas, y de doloroso cinismo otras, con Albert Finney. Donen lo hizo con tanta maestría que sólo nos quedó para la memoria un filme que es real como la vida y maduro como el arte, y una protagonista que trascendía la banalidad de las convenciones para transmitir, con la intensidad de su rostro anguloso, el peso de la experiencia. Dos en la carretera es una de sus mejores películas y quizá la más dura (aunque Ariane tampoco sea una comedia, pese a sus apariencias), y, según su hijo, hoy día se estudia el vestuario que Audrey luce porque determina las épocas en que transcurren los diferentes flash-backs. Junto con los modelos de automóviles, añadiría yo.
En la entrevista mencionada se abrió el micrófono y compareció una niña de diez años, creo recordar que se llamaba Victoria, que, emocionada, contó que quería ser como Audrey Hepburn (Sean le prometió recibirla en Granada y contarle cosas exclusivas de su madre), y otra oyente explicó que había crecido viendo Guerra y paz. ¡Aquella Natasha!
Quizá fue por su experiencia de hambre y bombardeos en la Europa de la II Guerra Mundial, de aquella infancia tan dura, que Audrey Hepburn obtuvo el don de emocionarnos desde que su sonrisa y su capacidad para entender la desdicha iluminaron la pantalla en Vacaciones en Roma.
Sí, llorar de Audrey es una de las mejores terapias que pueden ocurrirnos.
sábado, 27 de septiembre de 2008
Tan guapo, tan listo, tan cine... el mejor
Por Carlos Boyero en El País de 13 de junio de 2008
Leo en este periódico que el irremplazable Apolo está seriamente enfermo. Lo ha contado su amigo y su socio. Lo desmiente el agente de una de las mayores empresas publicitarias del progresismo, de la belleza combinada con la inteligencia, de un tipo llamado Paul Newman. Y pienso que cada uno hace su trabajo, pero lamento que tu colega íntimo vaya de chota con los cuervos si tú no le has dado permiso para constatar la presencia del monstruo. Son cosas privadas. Tu enfermedad, tu decrepitud, tu adiós.
Me enseñan fotografías publicadas en The Independent en las que percibes el ensañamiento del ogro con el rostro del hombre más bello (me he vuelto cursi, pero no encuentro definición más precisa) que ha existido, de alguien que representó durante infinitos años el esplendor en la hierba, de unos ojos espectacularmente azules que estaban coordinados con la inteligencia, del hombre más guapo, más sexy, más complejo, más inteligente, más fiable, que ha llenado la apetencia y los sueños del personal femenino desde que la cámara se enamoró de su jeta, de sus armónicos movimientos, de una gestualidad hipnótica, de un fondo de credibilidad, de una forma de ser y de estar. Era escandalosamente guapo sin ser ofensivo para los tíos. Era listo, era ágil mentalmente, podía encarnar nuestras incertidumbres y nuestros miedos, podía encarnar la derrota existencial a pesar de ser apolíneo, era alguien cercano a pesar de su condición divina.
No habiendo disfrutado por desarreglos genéticos y vocacionales de la condición homosexual o bisexual, tan de moda ellas, confieso sentir el placer de la hermosura cuando veo y escucho en una pantalla a Cary Grant, a Brando, a Bogart, a Mitchum, a Nolte, a Connery. Y haciendo esfuerzos épicos incluso encuentro en el cine moderno a un chulazo sensible como Matt Dillon recogiendo esa herencia de machos. Pero, ante todos, flipo con la hermosura del Newman joven, admiro cómo consolida su talento cuando el físico amenaza con el deterioro, y cuando se hace definitivamente viejo posee el respeto, la admiración y el amor de las leyendas perdurables, del incontestable veredicto del jamás existió un actor tan guapo, tan magnético, tan deseable.
Siempre desconfié del Newman joven. Demasiado narcisismo, demasiada interiorización, demasiado tributo a ese invento fatuo, prestigioso y sobrevalorado (quería decir asqueroso, pero el maximalismo sin causa ya no queda bien a mis años) que se inventó el intocable Stanislasvki, esa cuna de impostores que podían disimular con adornos la falta de auténtico talento, de simulacros obsesionados con la expresión corporal, de tanto sentimiento vistoso y hueco.
Pero un tal Robert Rossen, un chivato de la caza de brujas, alguien simplemente eficiente que a raíz de su sentido de culpa, del pecado y la necesidad de explicarlo se inventa dos películas tan atormentadas como geniales llamadas El buscavidas y Lilith le ofrece que interprete a Eddie Felson, ese virtuoso del billar que no sabe beber, ese genio arrogante que tendrá que sufrir el templado e implacable machaqueo del Gordo de Minnesota, el suicidio de esa borracha coja que intenta convencerle de que un artista jamás es un perdedor, la necesidad de la redención para sobrevivir en el infierno. Y a partir de ese momento sublime, entre humo, resaca, tormento, peligro, desolación, Newman encarna la épica más dolorosa, la resistencia moral frente al capitalismo inteligente y depredador. Le recordaría durante toda mi vida aunque solo hubiera interpretado a esa piltrafa que aprende dignidad y desafía a su amo con un sobrecogedor: "Dime Bert: ¿Cómo puedo perder? Ya sé lo que es tener carácter".
Nadie ha envejecido mejor que Newman. A partir de los 40 años todo en él es veracidad, ritmo, matices, gracia, aroma, seducción, profundidad. Se despidió del cine con una interpretación memorable en Camino de Perdición, la de ese patriarca irlandés que tiene que salvar a Caín aunque ame a Abel. Qué grande es usted, señor Newman. La demostración de ese milagro de que el más guapo también puede ser el más listo.
Leo en este periódico que el irremplazable Apolo está seriamente enfermo. Lo ha contado su amigo y su socio. Lo desmiente el agente de una de las mayores empresas publicitarias del progresismo, de la belleza combinada con la inteligencia, de un tipo llamado Paul Newman. Y pienso que cada uno hace su trabajo, pero lamento que tu colega íntimo vaya de chota con los cuervos si tú no le has dado permiso para constatar la presencia del monstruo. Son cosas privadas. Tu enfermedad, tu decrepitud, tu adiós.
Me enseñan fotografías publicadas en The Independent en las que percibes el ensañamiento del ogro con el rostro del hombre más bello (me he vuelto cursi, pero no encuentro definición más precisa) que ha existido, de alguien que representó durante infinitos años el esplendor en la hierba, de unos ojos espectacularmente azules que estaban coordinados con la inteligencia, del hombre más guapo, más sexy, más complejo, más inteligente, más fiable, que ha llenado la apetencia y los sueños del personal femenino desde que la cámara se enamoró de su jeta, de sus armónicos movimientos, de una gestualidad hipnótica, de un fondo de credibilidad, de una forma de ser y de estar. Era escandalosamente guapo sin ser ofensivo para los tíos. Era listo, era ágil mentalmente, podía encarnar nuestras incertidumbres y nuestros miedos, podía encarnar la derrota existencial a pesar de ser apolíneo, era alguien cercano a pesar de su condición divina.
No habiendo disfrutado por desarreglos genéticos y vocacionales de la condición homosexual o bisexual, tan de moda ellas, confieso sentir el placer de la hermosura cuando veo y escucho en una pantalla a Cary Grant, a Brando, a Bogart, a Mitchum, a Nolte, a Connery. Y haciendo esfuerzos épicos incluso encuentro en el cine moderno a un chulazo sensible como Matt Dillon recogiendo esa herencia de machos. Pero, ante todos, flipo con la hermosura del Newman joven, admiro cómo consolida su talento cuando el físico amenaza con el deterioro, y cuando se hace definitivamente viejo posee el respeto, la admiración y el amor de las leyendas perdurables, del incontestable veredicto del jamás existió un actor tan guapo, tan magnético, tan deseable.
Siempre desconfié del Newman joven. Demasiado narcisismo, demasiada interiorización, demasiado tributo a ese invento fatuo, prestigioso y sobrevalorado (quería decir asqueroso, pero el maximalismo sin causa ya no queda bien a mis años) que se inventó el intocable Stanislasvki, esa cuna de impostores que podían disimular con adornos la falta de auténtico talento, de simulacros obsesionados con la expresión corporal, de tanto sentimiento vistoso y hueco.
Pero un tal Robert Rossen, un chivato de la caza de brujas, alguien simplemente eficiente que a raíz de su sentido de culpa, del pecado y la necesidad de explicarlo se inventa dos películas tan atormentadas como geniales llamadas El buscavidas y Lilith le ofrece que interprete a Eddie Felson, ese virtuoso del billar que no sabe beber, ese genio arrogante que tendrá que sufrir el templado e implacable machaqueo del Gordo de Minnesota, el suicidio de esa borracha coja que intenta convencerle de que un artista jamás es un perdedor, la necesidad de la redención para sobrevivir en el infierno. Y a partir de ese momento sublime, entre humo, resaca, tormento, peligro, desolación, Newman encarna la épica más dolorosa, la resistencia moral frente al capitalismo inteligente y depredador. Le recordaría durante toda mi vida aunque solo hubiera interpretado a esa piltrafa que aprende dignidad y desafía a su amo con un sobrecogedor: "Dime Bert: ¿Cómo puedo perder? Ya sé lo que es tener carácter".
Nadie ha envejecido mejor que Newman. A partir de los 40 años todo en él es veracidad, ritmo, matices, gracia, aroma, seducción, profundidad. Se despidió del cine con una interpretación memorable en Camino de Perdición, la de ese patriarca irlandés que tiene que salvar a Caín aunque ame a Abel. Qué grande es usted, señor Newman. La demostración de ese milagro de que el más guapo también puede ser el más listo.
miércoles, 30 de enero de 2008
'Caramel' en Beirut
Por Maruja Torres en El País de 26 de enero de 2008

Nadine Labaki
Caramel lleva varios meses en cartel en Beirut y todavía se mantiene en una de las minisalas de un centro comercial, Sodeco, situado cerca de mi casa. La tarde en que fui a verla -hasta ahora me había resistido: tengo prejuicios contra los dulces en los títulos-, el aforo estaba medio lleno. Dos parejas de hombres que no eran pareja, sino amigos que habían decidido asomarse al mundo de esas mujeres que tienen cerca siempre y que desconocen. Tres señoras mayores, con aspecto de frecuentadoras de sesiones de tarde, aguardaban la proyección con cara de escepticismo, como si estuvieran allí sólo porque ya habían visto todas las películas que se pasaban en la ciudad. Una pareja heterosexual joven y risueña (sobre todo ella, que en vez de mirarle con la adoración de rigor parecía reafirmada por el simple hecho de haberle arrastrado al cine). Un grupo de mujeres que pasaban de la treintena y que, por la forma de vestir y arreglarse -nada importa tanto como el aspecto exterior de una mujer: Caramel en la vida misma- parecían profesionales liberadas. ¿Cristianas? Posiblemente, dado el barrio. ¿Alguna musulmana entre ellas? Probablemente, pues existen las tránsfugas, de día o a tiempo completo.
Se ha definido Caramel como "una comedia amable". Lo es. Si Nadine Labaki, su directora y protagonista, hubiera querido hacer una comedia negra sobre la libanesa e inútil impaciencia por la perfección física, se habría inspirado en las antesalas de las clínicas de estética, atiborradas de adolescentes orgullosamente anoréxicas y de malcasadas matadas a gimnasia, que hacen cola para que les inflen la boca, les reduzcan la nariz, les aumenten los pechos, les levanten los glúteos... o todo a una. Ésta habría sido una visión. Que no difiere mucho, por cierto, de la que podrían dar las clínicas de muchos países occidentales.
Al elegir un salón de belleza modesto -situado en los aledaños de Gemmayzeh, un barrio hermoso y venido a menos-, una estética a lo Almodóvar y una forma de narrar costumbrista y callejera que tiene mucho de la vieja comedia italiana sobre pobres pero guapos, Labaki definía el trazo principal de su película, que es, si me permiten el personalismo, el ingrediente más importante de cuantos alicientes ofrecen la ciudad y sus habitantes a quien esto firma: la ternura cotidiana que me retiene, que nos retiene a muchos aquí, no importa lo que pase.
Esa anciana que, desde un balcón, se hace meter en una bolsa atada a una cuerda papeles que le parecen cartas: yo la conozco de vista. No sé si hay sólo una o varias mujeres de su edad en Beirut que viven solas y han enloquecido y tienen el síndrome de Diógenes, pero, como son listas, se hacen recoger los desechos por otros. Esa calidez de los interiores, las charlas intrascendentes, los ojos oscuros, las sonrisas ilusionadas. Más que por el argumento -que, si se analiza, pese a la amabilidad del envoltorio depila en seco: el temor a envejecer, la dependencia del hombre, la soledad, con o sin él-, Caramel se saborea por lo que no sabemos definir quienes aquí vivimos. Un mundo de mujeres, sí. ¿Elegido, mejorado, conformista? De todo un poco. Y sin embargo, cuánta dulzura, y no en el título solamente.
Sales a la calle y la película se prolonga. Una vieja limpia lentejas con las gafas en la punta de la nariz, la palangana en el regazo; su hija de mediana edad le masajea la espalda. Habitan en una modesta vivienda de una planta, pegada a un rutilante banco de siete pisos.
Y los guardias siguen poniendo multas.

Nadine Labaki
Caramel lleva varios meses en cartel en Beirut y todavía se mantiene en una de las minisalas de un centro comercial, Sodeco, situado cerca de mi casa. La tarde en que fui a verla -hasta ahora me había resistido: tengo prejuicios contra los dulces en los títulos-, el aforo estaba medio lleno. Dos parejas de hombres que no eran pareja, sino amigos que habían decidido asomarse al mundo de esas mujeres que tienen cerca siempre y que desconocen. Tres señoras mayores, con aspecto de frecuentadoras de sesiones de tarde, aguardaban la proyección con cara de escepticismo, como si estuvieran allí sólo porque ya habían visto todas las películas que se pasaban en la ciudad. Una pareja heterosexual joven y risueña (sobre todo ella, que en vez de mirarle con la adoración de rigor parecía reafirmada por el simple hecho de haberle arrastrado al cine). Un grupo de mujeres que pasaban de la treintena y que, por la forma de vestir y arreglarse -nada importa tanto como el aspecto exterior de una mujer: Caramel en la vida misma- parecían profesionales liberadas. ¿Cristianas? Posiblemente, dado el barrio. ¿Alguna musulmana entre ellas? Probablemente, pues existen las tránsfugas, de día o a tiempo completo.
Se ha definido Caramel como "una comedia amable". Lo es. Si Nadine Labaki, su directora y protagonista, hubiera querido hacer una comedia negra sobre la libanesa e inútil impaciencia por la perfección física, se habría inspirado en las antesalas de las clínicas de estética, atiborradas de adolescentes orgullosamente anoréxicas y de malcasadas matadas a gimnasia, que hacen cola para que les inflen la boca, les reduzcan la nariz, les aumenten los pechos, les levanten los glúteos... o todo a una. Ésta habría sido una visión. Que no difiere mucho, por cierto, de la que podrían dar las clínicas de muchos países occidentales.
Al elegir un salón de belleza modesto -situado en los aledaños de Gemmayzeh, un barrio hermoso y venido a menos-, una estética a lo Almodóvar y una forma de narrar costumbrista y callejera que tiene mucho de la vieja comedia italiana sobre pobres pero guapos, Labaki definía el trazo principal de su película, que es, si me permiten el personalismo, el ingrediente más importante de cuantos alicientes ofrecen la ciudad y sus habitantes a quien esto firma: la ternura cotidiana que me retiene, que nos retiene a muchos aquí, no importa lo que pase.
Esa anciana que, desde un balcón, se hace meter en una bolsa atada a una cuerda papeles que le parecen cartas: yo la conozco de vista. No sé si hay sólo una o varias mujeres de su edad en Beirut que viven solas y han enloquecido y tienen el síndrome de Diógenes, pero, como son listas, se hacen recoger los desechos por otros. Esa calidez de los interiores, las charlas intrascendentes, los ojos oscuros, las sonrisas ilusionadas. Más que por el argumento -que, si se analiza, pese a la amabilidad del envoltorio depila en seco: el temor a envejecer, la dependencia del hombre, la soledad, con o sin él-, Caramel se saborea por lo que no sabemos definir quienes aquí vivimos. Un mundo de mujeres, sí. ¿Elegido, mejorado, conformista? De todo un poco. Y sin embargo, cuánta dulzura, y no en el título solamente.
Sales a la calle y la película se prolonga. Una vieja limpia lentejas con las gafas en la punta de la nariz, la palangana en el regazo; su hija de mediana edad le masajea la espalda. Habitan en una modesta vivienda de una planta, pegada a un rutilante banco de siete pisos.
Y los guardias siguen poniendo multas.
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