Mostrando entradas con la etiqueta televisión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta televisión. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de septiembre de 2008

Una presencia peligrosa

Por Antonio Muñoz Molina en El País de 30 de agosto de 2004



En el cine, la interpretación de un actor es en gran medida su presencia. Una película es una proyección espectral de luces y sombras sobre un lienzo blanco, o detrás de una superficie lisa o curvada de cristal, apenas un espejismo fundado en el engaño óptico de unas fotografías que se suceden a la velocidad precisa para sugerir el movimiento. Pero el cine, tan intangible, tan mentiroso, tan hecho de la sustancia impalpable de la luz, contiene una sugestión de presencia más poderosa que el peso mineral de la escultura. Lo que nos sobrecoge cuando vemos caminar solo y erguido a Gary Cooper en un mediodía abrasado de sol es la pura presencia de un hombre cuyos pasos casi nos parece que resuenan en el mismo suelo que pisamos nosotros. El pánico de los primeros espectadores del invento de barraca de feria de los hermanos Lumiére, aterrados por la locomotora que parecía abalanzarse hacia ellos, esconde el mismo hechizo que sigue actuando sobre cualquiera de nosotros más de cien años después en cuanto nos quedamos atrapados por las imágenes de una pantalla: muy por debajo de nuestra sofisticación actúa un infalible mecanismo primitivo, el mismo que une al niño que escucha un cuento en la penumbra de su dormitorio con el lector adiestrado en las dificultades narrativas de James Joyce o de Marcel Proust.

James Gandolfini, que lleva años encarnando a Tony Soprano, el gánster de la televisión más memorable que casi todos los mafiosos del cine, tiene muchos talentos sutiles, pero todos ellos se suman en un poderío de presencia que es intensamente físico y también contenidamente emocional. Se levanta airado de un sillón y parece que viene hacia nosotros. Emerge de su dormitorio en camiseta, en calzoncillos, descalzo, envuelto en un flojo albornoz, y su irrupción es una inmediata amenaza, una ocupación inapelable del espacio disponible, del aire que se puede respirar. Quieto, mirando de soslayo, el labio inferior ligeramente caído, emite una tensión magnética, una cruenta posibilidad de violencia que estallará ante la provocación más trivial. Basta verlo comer para que dé miedo: el torso muy adelantado, la cabeza inclinada entre los hombros, en una actitud de embestida, los gruesos codos bien hincados sobre la mesa. La mano sujeta el tenedor como si fuera una navaja automática, el tenedor atraviesa el plato de comida con un impulso de agresión, las grandes mandíbulas mastican ejercitando la urgencia depredadora de la especie. James Gandolfini, Tony Soprano, es una presencia que gravita densamente en el mundo, un organismo entregado a la satisfacción de las necesidades físicas más antiguas y de las apetencias golosas del consumo más al día, el que requiere televisores enormes sobre capiteles de falso mármol, vehículos todoterreno con cristales ahumados y envergadura de carros de combate, casas enormes y vulgares con piscina en urbanizaciones para magnates de la recogida de basuras y constructores enriquecidos por la especulación inmobiliaria.

Pero James Gandolfini no es Tony Soprano, aunque lo encarne con tanta perfección que nos induce siempre a la creencia de que estamos viendo a una persona real, no a un fatigoso arquetipo del cine, uno de los más reiterados, tan familiar que ya sólo parecía posible su parodia, el capo de una familia mafiosa. Cuando uno lo escucha en una entrevista lo primero que sorprende es que su cara, tan reconocible, tiene una expresión distinta, igual que su voz se parece muy poco a la de su personaje. Incluso ha confesado los escrúpulos que le provoca interpretar continuamente a un individuo tan violento y tan desalmado como Tony Soprano. "No me parezco nada a él", dice, con la parte de asombro y también de cansancio que ha de sentir el que se ve confundido con la figura que representa: "Soy más bien como un Woody Allen que pesara ciento treinta kilos". Como Tony Soprano, nació en el Estado de New Jersey, en cuyo tejido caótico se mezclan los ríos y los bosques inmensos con los laberintos de túneles, carreteras y puentes de autopistas y las extensiones desoladas de ruinas industriales, los suburbios de mansiones blancas y campos de golf y los barrios populares gangrenados por la delincuencia y la pobreza. A diferencia de su personaje, Gandolfini terminó los estudios graduándose en la universidad del Estado, cuyo antiguo alumno más célebre, aparte de él, fue el cantante negro Paul Robeson, militante de izquierdas y activista de los derechos civiles, que cantó muchas veces con majestad abrumadora el Old man river de Jerome Kern.

Quizás porque empezó a actuar a una edad relativamente tardía, James Gandolfini no es muy proclive a esa clase de declaraciones vagas, profundas y algo místicas que suelen repetir los actores cuando les preguntan sobre los papeles que interpretan. "Actuar es un trabajo, nada más. A un camionero nadie le pregunta nada sobre el trabajo que hace". Un hombre cultivado que se ha hecho rico interpretando a un peligroso patán, un pacifista que lleva años fingiendo la violencia súbita y homicida de un mafioso tiránico, un actor que vive en el Village de Nueva York mientras su personaje no sale nunca del provincianismo suburbano de New Jersey, Gandolfini ha creado una figura carnal y verdadera y a la vez muy irónica, una rotunda presencia que tiene casi siempre en la expresión de la mirada y en las esquinas de la boca un matiz de incertidumbre y también de desamparo y casi de trastorno mental.

Para interpretar a Tony Soprano dice que tuvo presentes como modelos a Robert Mitchum y a Cary Grant: dos de las presencias mayores del cine, ajenas entre sí, en apariencia, incluso antitéticas, pero de algún modo también complementarias. Mitchum lento, letárgico en los gestos de la cara y en la mirada, en el deje arrastrado de la voz; Grant rápido, liviano, cortante, como una canción de Cole Porter; pero también, cuando era necesario -en Sospecha, en Encadenados- la zalamería cortesana y la mundanidad de Cary Grant revelaban de pronto una hondura de desesperación, una cualidad secreta de cinismo y de malevolencia. La gravitación corporal de Mitchum, la comedia afilada y tramposa de Cary Grant se conjugan en el grandullón Tony Soprano, tosco pero también veloz cuando hace falta, tan escaso de compasión hacia sus víctimas como un asesino a sueldo y a la vez tan incapaz de imponer autoridad a sus hijos adolescentes como cualquier padre desconcertado y confusamente culpable.

En El hombre que no estaba allí, la presencia de James Gandolfini daba veracidad a uno de los pocos personajes de los hermanos Cohen que no parecen maniquíes para trajes de época o siluetas recortadas de cómic. En vísperas de la sexta temporada de serie -que dicen de nuevo que es la última- probablemente tendrá miedo de no poder desprenderse nunca de Tony Soprano, igual que Arthur Conan Doyle no pudo escapar de la sombra rentable y detestada de Sherlock Holmes. En cualquier caso, su presencia en la galería de los capos legendarios del cine ya es tan segura como la de Marlon Brando, Al Pacino o Robert de Niro. Sólo que ahora, acostumbrados a la vulgaridad premeditada, amenazadora y sarcástica de James Gandolfini, en esos tres actores a los que hemos admirado tanto descubrimos las costuras y las trampas de una artificiosidad que se nos vuelve incómoda. Se sabe que los mafiosos de la realidad han imitado siempre a los de las películas, y que ninguno de ellos tuvo nunca la solemnidad de patriarca de don Vito Corleone. El monarca indiscutible del cine de la Mafia es Tony Soprano: quizás a James Gandolfini le producirá inquietud saberse imitado en sus modales y en su acento por algún capo de New Jersey.

jueves, 7 de agosto de 2008

Original

Por Enric González en El País de 7 de agosto de 2008

Hubo una época en que idear una serie original resultaba sencillísimo. Bastaba un policía con cualquier circunstancia peculiar: un policía inválido (Ironside), un policía gordo (Cannon), un policía con un loro (Baretta). Hablamos de la antigüedad, claro. Con los años, las cosas se fueron complicando. Ya no bastaba con añadir un detalle curioso. Si se producía una serie de médicos, el protagonista tenía que ser raro de narices (un misántropo toxicómano, como el doctor House); si la serie giraba en torno a un forense, el forense tenía que ser un psicópata asesino (Dexter) o trabajar sobre casos absolutamente marcianos (CSI).

La sociedad estadounidense HBO ha sido estos últimos años quien más ha forzado las meninges de sus guionistas. ¿Una comedia dramática? Nada más divertido y humano que una empresa de pompas fúnebres (Dos metros bajo tierra). ¿Una del oeste? Pues una recreación de los dramas de Shakespeare (Deadwood). ¿Una saga familiar? Ahí están los mafiosos de Los Soprano. TNT, productora rival de HBO, no se quedó atrás. El año pasado lanzó una serie protagonizada por una policía cínica, alcohólica y (niños, por favor, no leáis esto) fumadora, más o menos homicida y acompañada por un ángel. Se trata de Salvando a Grace, que Cuatro estrena esta noche en España. ¿Qué podía hacer HBO, sino pisar el acelerador? Su penúltimo invento, que se estrena hoy en Estados Unidos, se llama True blood y gira en torno al movimiento vampírico internacional. Siempre hay, sin embargo, un más allá. Lo ultimísimo de HBO, aún en fase de preparación, se llama Hung. ¿Argumento? Un entrenador de baloncesto posee un pene faraónico, y decide rentabilizarlo. Llegados a este punto, ¿qué podemos esperar para el futuro? Pidámoslo todo: un psicópata asesino que trabaje como médico de enfermedades difíciles, que disponga de un original equipo de colaboradores (pongamos un ángel, un vampiro y un cadáver embalsamado), que sea perseguido por un mafioso neurótico y que, naturalmente, cure a sus pacientes con un portentoso golpe de picha.

viernes, 25 de julio de 2008

Deadwood, Los Soprano, The Wire, el tesoro de HBO

Por Carlos Boyeroen El País de 25 de julio de 2008

Hubo una larga e indeseable época en este país en la que los cinéfilos tenían que cruzar fronteras si querían encontrar el paraíso. La censura y sus demenciales, retorcidos y mezquinos criterios prohibían el cine más deseable y polémico que se estaba haciendo en el mundo. Los privilegiados que habían tenido acceso a esas películas hablaban de ellas con el regocijo y la complicidad de los iniciados. Y provocaban mucha envidia. El mono te lo curaba un viaje anual al sur de Francia y el consecuente y apresurado atracón de esos títulos estigmatizados. También la comprobación de que entre ese cine pecador convivía lo mejor y lo peor, el escándalo barato y la auténtica transgresión, sensación de clasicismo y modas de inmediato olvido. Estoy hablando de los primeros años de la década de los 70, dominada por la inacabable vejez de aquel prodigio de mediocridad llamado Franco.

Treinta años después, las urgencias y los anhelos de la cinefilia más exigente tienen formato de series de televisión y la proveedora de la calidad extrema lleva el mitológico nombre de HBO. La censura palmó hace tiempo, pero el placer ante la contemplación de esas apasionantes series sigue demorándose en este país. Tienes entusiasmadas noticias de ellas a través de gente que vive en Estados Unidos o del pirateo selectivo en Internet, pero los que vivimos aquí o poseemos cavernícola e irremediable ignorancia en la técnica de descargar nuestros objetos del deseo, podemos morirnos de impaciencia o de aburrimiento antes de que esas series puedan verse en una televisión nacional (generalmente de pago) o de poder adquirir en una tienda el ansiado estuche de DVD, la forma más adecuada para disfrutar esos tesoros, sin pausas publicitarias, en versión original subtitulada, sin tener que esperar semana a semana el desarrollo y la continuidad de ese placer. Y el legado de HBO es de una riqueza, una heterodoxia y una audacia deslumbrantes. Su única regla fija es que todos sus inventos estén presididos por la inteligencia, el inconfundible sello de la casa. Ese nivel artístico no decae, desconoce los tiempos muertos. Cuando crees haber degustado la serie de tu vida te llegan informaciones fiables de que han parido otra que es tan buena o mejor que la anterior.

Cuando creía que era imposible superar el aroma y la profundidad de ese western impagable llamado Deadwood, la hipnótica complejidad al mostrar el anverso y el reverso de la mafia en Los Soprano, la tragicomedia cotidiana de una familia de funerarios en A dos metros bajo tierra, la intriga, violencia, traición y turbiedad como señas de identidad de la lucha por el poder en Roma, las esencias del mejor cine bélico en Hermanos de sangre, algunos amigos con ancestral buen gusto para el cine me contaron que HBO había producido una maravilla del género policíaco titulada The Wire. No exageraban.

En Estados Unidos están exhibiendo la quinta y última temporada de The Wire. Aquí, el canal TNT tuvo la agradable osadía de comenzar a programarla hace siete meses. Ignoro cuántos fanáticos ha conseguido, si la inversión está siendo rentable. Yo me enamoré de ella hace un par de años, al recibir en un anónimo sobre que llevaba sellos de Malasia la primera temporada, subtitulado el imposible argot de los narcotraficantes de Baltimore en el lenguaje coloquial de los hispanos de Estados Unidos. No fue un inconveniente demasiado serio para paladearla.

El éxtasis se ha prolongado con la visión de la segunda temporada. Me faltan tres más para saciar mi adicción. Y, por supuesto, tendré que conseguirlas en otro país. No intenten buscar esta serie genial en las estanterías de las tiendas españolas. No existe. Y ese desprecio, ignorancia o indiferencia del mercado nativo del DVD hacia esta obra de arte es más que alarmante. Es muy grave, es imperdonable. La importancia que imprime The Wire a las series de televisión es comparable a lo que supone para el cine la saga de El Padrino. A nadie le entraría en la cabeza que no estuviera a la venta en España la imperedecera trilogía que firmó Coppola.

¿Qué tiene de excepcional la serie que crearon David Simon y Ed Burns? Todo. Realismo de primera clase, personajes y situaciones que desprenden verdad, guiones en los que no falta ni sobra nada, un retrato de los mecanismos del narcotráfico y de la tan lógica como generalizada corrupción de las instituciones que crea un negocio tan sabroso como perdurable, actores enormemente veraces que jamás te dan la sensación de estar interpretando, villanos inquietantes y policías muy humanos empeñados en dignificar su complicada profesionalidad, el ritmo que necesita cada historia, rechazo radical de los tópicos y del edulcoramiento, una atmósfera admirable, estilo, talento, complejidad emocional, mordacidad, acción, gracia, tragedia, peligro, magia, horror, reflexión, todos esos dones con los que nos enamora ancestralmente el gran cine.

La última tragedia americana

Por Toni García en la Revista de Verano de El País de 25 de julio de 2008

La mejor serie de la historia. La mejor serie de la historia. La mejor serie de la historia. Empezó como una cantinela, se convirtió en un estribillo susurrado al oído y ha acabado siendo una letanía, un mantra que los fans recitan sin descanso.

La novela victoriana, la mitología griega, Shakespeare, Tolstoi, Eurípides, Sófocles y Esquilo, Pynchon y Dickens, todos y cada uno de ellos han sido mentados como referentes. Estamos hablando de televisión, aunque no lo parezca.

The Wire empezó a emitirse el 2 de junio de 2002. La serie era la hijastra de The Corner, la adaptación de un libro de David Simon y Ed Burns que hablaba de Baltimore, de su degradación, de la podredumbre de sus calles. El libro gustó a la cadena de televisión HBO, que decidió producir una miniserie. Poco tiempo después, los dos escritores presentaban un proyecto mucho más ambicioso cuya trama transcurría también en Baltimore: The Wire.

El título hacía referencia al sistema de escuchas que se utiliza -principalmente- para combatir el narcotráfico en Estados Unidos, pero al mismo tiempo era un juego de palabras sobre la conexión entre los diferentes ámbitos en los que se mueve el dinero de la droga, sus discípulos, las fuentes de donde mana, los tipos a los que influye.

The Wire no ha batido ningún récord de espectadores, ni siquiera ha podido competir en cifras con series menores (se desconocen sus cifras en on demand, ya que HBO es una cadena de televisión por cable y sus audiencias no son públicas), sin embargo hay pocas series tan alabadas, discutidas y comentadas.

Por ella han pasado escritores de la talla de George P. Pelecanos, Richard Price o Dennis Lehane; y personajes como John Connolly, Tom Waits (quien accedió a que su canción Way down the hole fuera utilizada en los créditos iniciales) o el mismísimo Barack Obama se han declarado incondicionales de la serie.

"Mis estándares en lo que a verosimilitud se refiere son simples y rigen mi prosa desde que empecé a escribir: que se joda el espectador medio". David Simon trataba así de explicar con claridad al escritor inglés Nick Hornby (autor de Fiebre en las gradas y Alta fidelidad y, cómo no, fanático de la serie) qué perseguía con el proyecto. "The Wire está violando un buen número de convenciones y tópicos de la televisión episódica", recalcaba el creador y guionista a Nick Hornby en la revista The Believer.

Simon es un hombre con historia: nacido en el seno de una buena familia y estudiante de suficiente, pronto sintió la llamada de la selva y se alistó en un periódico universitario (donde coincidió con David Mills, quien a la postre coescribiría algunos episodios de The Wire). Allí encontró un terreno fértil para su verbo cabreado y fue capaz de sacar de sus casillas a varios estudiantes y profesores, a los que no gustaba la mala leche del joven de Washington. Unos años después consiguió un empleo en el Baltimore Sun. "Me contrataron en el 84 y empecé a producir mis propias historias, muchas de ellas relacionadas con el crimen, la política...", cuenta el protagonista en un excelente artículo de Margaret Talbot -que califica a la serie de "cruzada"- en la revista The New Yorker. "Un día quedé en la biblioteca con un policía, un tío que podía ser una gran fuente para mis artículos". Aquel "tío" resultó ser Ed Burns, veterano de Vietnam y uno de los primeros detectives en los Estados Unidos en utilizar las escuchas en teléfonos privados y las cámaras ocultas de forma combinada. Uno de los peces gordos que cazó era un traficante llamado Melvin Williams. David Simon escribió la historia para el Sun.

Burns dejó la policía en 1991, después de 20 años de servicio, obsesionado con una vieja y alocada idea: ser maestro. En una entrevista que se puede leer en la web de HBO, éste confiesa que "en Baltimore siempre van cortos de profesores, así que si tienes dos piernas, dos brazos y dos ojos te suplican que trabajes para ellos".

Ese mismo año Simon publicó Homicide: A Life on the Street (que más tarde se convertiría en una serie de televisión) y casi al unísono los dos empezaron a escribir The corner: A Year in the Life of a City Inner-neighbourhood, una negrísima visión de los bajos fondos de la ciudad.

Simon ya era objeto de odio por parte de la clase política de Baltimore y de algunos activistas locales que creían que su propaganda negativa de la ciudad no llevaba a ninguna parte. En 1995 dejó el periódico por problemas de todo tipo con la dirección (sus antiguos jefes siguen tachándole de "obseso") y empezó a forjar la idea de crear "un universo entero" con núcleo en Baltimore. Poco después, el ex periodista y el ex policía (por aquel entonces ya ejerciendo de maestro) empezaban a escribir The Wire.

En una entrevista en la web CityPaper, Simon contaba: "Cuando presentamos el show a HBO les dijimos que no queríamos hacer otra de esas series de mierda sobre procedimientos policiales que están afectando a América en la actualidad". Una serie a la que, como explicaba Richard Plepler, copresidente de la cadena, a este periódico en Londres- nadie en Estados Unidos le hizo caso hasta la cuarta temporada. Fue entonces cuando todo el mundo empezó a hablar de ella".

De hecho, la BBC inglesa rechazó comprarla "por su complejidad", y lo mismo sucedió con otras muchas televisiones (en España TNT está emitiendo la tercera temporada) que recelaban de un proyecto con una treintena de personajes pululando, interminables líneas de diálogo, acción llevada a la mínima expresión y un lenguaje tan veraz que la perspectiva de tener que mirarla sin subtítulos se antojaba una pesadilla para cualquiera que no fuera de los barrios bajos de Baltimore.

Por aquel entonces ya se habían vuelto locos por The Wire los principales medios de comunicación del país, encabezados por The New York Times y su editor, Bill Keller (amigo de Simon y fan declarado). El periódico llegó a dedicar un editorial a la serie casi exigiendo a HBO que la emitiera hasta el final. Los rumores dicen que la cuarta temporada estuvo a punto de no llegar a emitirse.

Los periódicos Washington Post y Boston Globe y las revistas Slate y Entertainment Weekly la calificaron de "obra maestra" y de "hito para la historia de la televisión", y la cadena cumplió con su compromiso y creó "un producto que trasciende el ámbito de la televisión para convertirse en parte de la cultura popular", comentaba Michael Lombardo, presidente de operaciones de HBO para la costa Oeste en la presentación de la nueva parrilla de la cadena para 2009.

Ambientada en una ciudad/tugurio donde el sistema apesta y la justicia es una fulana, The Wire no trata de ocultar su condición de dedo en el ojo del ciudadano medio, de bofetón al político de turno y, en su última temporada, de patada en el trasero a la profesión periodística. "El periódico que retrata Simon es un microcosmos (...) una cultura corporativa que sacrifica la verdad en el altar de la negligencia", decía Brian Lowry en la revista Variety.

En la quinta entrega de la serie, el Baltimore Sun (y por extensión todas las redacciones del mundo) recibe el equivalente callejero a una paliza, cerrando el círculo que empezó en la primera temporada, donde un grupo de policías trataba de enchironar a Avon Barksdale y Stringer Bell, dos de los traficantes más poderosos de Baltimore chocando una y otra vez con el muro de la corrupción. Desde entonces, la serie ha clavado el bisturí a los sindicatos, policías, políticos, responsables del sistema educativo y (lo mejor para el final) periodistas.

Obviamente no todos han quedado contentos con la serie: en la web Goatmilk, el activista afroamericano Ishmael Reed calificó a David Simon de "neonazi", además de afirmar: "está utilizando a los niños de los barrios pobres e inventándose una nueva clase de ficción. Como en esos viejos dibujos animados racistas". Otros, como el alcalde de Baltimore, menosprecian The Wire en base a sus audiencias o "su discurso, que llama a la indiferencia". De hecho, el alcalde ha sugerido a Simon la posibilidad de irse a rodar a otra parte. Pero luego cambió de opinión al saber que, aunque la serie cambiara de ubicación, el guión seguiría aconteciendo en el mismo sitio, y además se perdería el dinero que The Wire dejaba en la ciudad.

Burns y Simon se trasladarán ahora a Nueva Orleans para rodar una historia sobre los músicos de la ciudad en la época post-Katrina, mientras que hace sólo unos días se estrenó en Estados Unidos (HBO) su último trabajo, Generation Kill, basado en el libro de Evan Wright sobre la primera división de marines que entró en combate en la guerra de Irak. Mientras tanto, y después de una espera de seis años, el espectador español podrá disfrutar de la primera temporada de The Wire sin tener que recurrir a triquiñuelas o compras cibernéticas: el 23 de septiembre, la serie aparece en DVD en nuestro país. La han rebautizado Bajo escucha. Ya era hora.