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viernes, 5 de diciembre de 2008

Asumir responsabilidades

Por José María Ruiz Soroa en El Correo de 5 de diciembre de 2008

Cómo nos gusta exigir a los demás que asuman sus responsabilidades! Hoy en concreto, ¡cómo gusta a cierta izquierda poseedora de una superioridad moral congénita exigir a la derecha española que asuma sus responsabilidades por el pasado de horror franquista! O por los vuelos a Guantánamo. O por lo de Irak. Lo de hacer tragar a los demás sus responsabilidades es nuestro deporte preferido.

Y, sin embargo, ¿quién asume responsabilidades por el horror que vive entre nosotros, por el hecho de que hoy todavía se siga matando a seres humanos? ¿Quién da un paso adelante y reconoce que sí, que algo hizo mal en el pasado para que se haya llegado a este resultado? Nadie. En materia de terrorismo no hay responsables entre nosotros, todos somos víctimas inocentes, todos perjudicados. No parece sino que ETA es una plaga de origen extraterrestre que un día cayó sobre Euskal Herria y España, como podía haber caído sobre cualquier otro lugar. Pura mala suerte. Nadie es responsable de su génesis, de su nacimiento, de su perduración, de su incubación. Miramos al cielo, rezamos nuestras letanías de rigor, y decimos con estúpido rictus: «esto es incomprensible, ¿cómo puede matarse a alguien inocente todavía hoy en 2.008?» ¡Como si no lo supiéramos allá en el hondón de nuestra conciencia!

Asumir la propia responsabilidad por las consecuencias de los propios actos es, precisamente, el único contenido concreto de ese término tan manoseado que se llama «libertad». El ser humano no es libre cuando hace su voluntad, sino cuando asume voluntaria y conscientemente la responsabilidad por lo que hizo. En eso consiste hacerse mayor, en eso estriba ser libre, en asumir responsabilidades.

Bueno, pues aquí entre nosotros los vascos, eso no funciona. O no queremos dejar que funcione: reclamamos a voz en grito nuestro derecho a decidir libremente nuestro futuro, pero nos negamos a asumir como propio (ser responsables de) nuestro pasado y nuestro presente. Lo nuestro es el futuro, como les pasa a los niños. Del resto no tenemos culpa alguna, no lo hemos hecho nosotros. Las ideas no matan, afirman muchos. Haber cedido en Leizaran fue una buena idea. Haber negociado fue un noble intento. Lo dicho, todos víctimas inocentes de una plaga exógena.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Identidad

Por Elvira Lindo en El País de 21 de mayo de 2008

Un hombre, Juan Manuel Piñuel, muere asesinado por una bomba de ETA, y otro hombre, Juan José Ibarretxe, la máxima autoridad política de la tierra en que este hombre pierde la vida, analiza el asesinato lamentándose del terrible daño que hacen los terroristas con cada acto criminal a aquellos que desean profundizar en la identidad vasca. Leo semejante análisis en Internet, desde este otro país en el que vivo, y esas palabras se me representan como lo que son, una expresión impúdica de inhumanidad. Los furiosos defensores de lo identitario sostienen que sólo aquellos que aman a su país más que a sí mismos pueden opinar sobre estos asuntos. Los demás, los que no tenemos esa tendencia romántica, estamos deslegitimados. Mentira. No hay nada más sano que alejarse para contemplar el nubarrón de tufo ideológico. Conviene irse a Málaga, por ejemplo, la ciudad a la que llegó el cadáver del guardia civil que trabajaba duro en otra tierra para volver a esta suya algún día; conviene leer la frase, por ejemplo, en el barrio de El Palo para darse cuenta de lo que significa que un responsable político analice una muerte en relación a la pérdida o ganancia que supone para su maldito proyecto. Conviene mirar la frase desde lejos, analizarla sin que esté adornada por todos los delirios locales. La frase sola, en crudo. A ver quién es capaz de digerirla. Pero nos puede la costumbre. La frase es una de tantas. El muerto, un guardia civil. No es ese atentado contra el político o el periodista que saca a un pueblo entero a la calle. Cierto es que, como dijo el otro día el guardia civil Leoncio Sanz, del desamparo que sufrieron antaño a los funerales de ahora hay un trecho. Pero aún queda un largo camino. Queda que el pueblo que rodea al lehendakari le afee su frase, que le deje claro que la única identidad sagrada es la de la vida.

sábado, 17 de mayo de 2008

Mercadear con la esperanza

Por José María Ruiz Soroa en El Correo de 17 de mayo de 2008

Resulta inevitable que el fenómeno terrorista contamine a la política. Considerado en sí mismo, ese fenómeno es lo más importante que nos pasa a los vascos como sociedad desde hace cuarenta años. Y si es lo más importante que nos pasa, ¿cómo podría la política ignorarlo?

Ahora bien, aceptada esta inevitable relación entre terrorismo y política, lo importante es clarificar en qué modo se va a establecer. Porque caben muchas formas. Una, la más evidente es la de aceptar directamente la negociación y pago de un precio político a cambio de la desaparición del terrorismo. Han existido momentos y casos en que se ha optado por explorar esta vía, como sucedió en Loyola. Es el modelo en que «la política cede ante el terrorismo». Otra menos evidente es la de congelar el desarrollo político mientras dure el terrorismo, que de esta forma se convertiría en una especie de elemento de bloqueo político. Es la vía que defendió la política de Aznar durante algunos años: mientras exista ETA no pueden tratarse ciertos temas. El nacionalismo vasco se rebeló, en parte con razón, ante este modelo de «quieta la política mientras exista terrorismo».

Hay otro modelo, aunque haya sido poco explorado en nuestra práctica democrática: el de hacer política como si ETA no existiera, es decir, no concederle capacidad para bloquear el desarrollo autógeno de la sociedad vasca, pero tampoco para orientarlo ni condicionarlo. Es un modelo difícil porque, aunque suene a paradoja, sólo puede aplicarse si se parte de la previa aceptación común por todos los actores de que ETA ha existido realmente, y de que ha causado serias distorsiones en la autopercepción de la sociedad vasca. Distorsiones que es lo primero que debe corregirse si se quiere llegar a una sociedad política normalizada. La política «como si ETA no existiera» comienza por reparar los daños causados por una ETA que sí ha existido.

Por último, ha existido otro modelo, un modelo que parecía ya arrumbado por quienes más lo han utilizado. Es el modelo nacionalista de «aprovechamiento del terrorismo», que mientras condena sin paliativos la violencia (¡faltaba más!), presenta la satisfacción de sus particulares demandas como camino seguro para superarlo. Denme lo que pido porque así desaparecerá ETA, viene a decir. Las hemerotecas están ahí para demostrar fehacientemente cómo una y otra vez el nacionalismo pacífico ha legitimado en el pasado sus reivindicaciones particulares revistiéndolas de una capacidad mágica para resolver el problema de la violencia. Desde el Concierto Económico al Estatuto, desde la Ertzaintza al euskera, a la sociedad vasca se le ha vendido el autogobierno como una receta infalible para acabar con el terrorismo.

Ha habido un nacionalismo que desde hace tiempo abandonó este modelo, que lo repudió porque comprendió la profunda contradicción ética y política que envuelve tal juego. Josu Jon Imaz fue probablemente quien mejor supo encarnar el corte, llegando incluso a defender con gran lucidez la separación total, incluso temporal, entre el momento del final del terrorismo y el momento de la política.

Por eso, precisamente, suscita una profunda sensación de desánimo y hartazgo ver que estos días un lehendakari (nada menos que un lehendakari), con un cadáver de cuerpo presente, vuelve a asociar el éxito de sus recetas políticas nacionalistas y partidistas con el fin del terrorismo. Resulta estremecedor escuchar todavía hoy construcciones retóricas en las que se promete o insinúa que ETA desaparecerá si se dialoga con él, si se llega a acuerdos con él, si se arriesga con él, si se concede el derecho a decidir en su versión nacionalista. Es la peor imagen del nacionalismo pacífico, y ni siquiera la mayoría del PNV está ya de acuerdo con ese discurso

Negarse a perder la esperanza, no resignarse ante la violencia, no aceptarla como algo inevitable, son todas ellas posturas apreciables e incluso positivas, aunque estén algo teñidas de histrionismo facilón y de manual de autoayuda. Pero otra cosa muy distinta es vender esperanza a la sociedad cuando no se poseen los fondos para hacer frente a lo comprometido.

Insinuar que un pronunciamiento mayoritario antiterrorista de la sociedad vasca en un estrafalario referéndum podría coadyuvar al desistimiento de ETA constituiría una simple extravagancia si no fuera porque es una propuesta interesada y sectaria a favor de las propias estrategias políticas. Una estrategia en la que no se tiene en cuenta el más que probable efecto de realimentación a favor del terrorismo que provocará la polémica y el forcejeo en torno a la consulta (hasta sus conmilitantes se lo han advertido al lehendakari). Por eso precisamente, lo que podría verse al principio como una extravagancia o una equivocación se convierte al final en una auténtica estafa. De nuevo, es triste decirlo, en Euskadi se está mercadeando con la esperanza.

lunes, 21 de abril de 2008

Daños en el vecindario

Florencio Domínguez en El Correo de 21 de abril de 2008

La campaña actual de ETA pretende convertir a los militantes socialistas y a sus locales en apestados sociales

En el año 2005, la banda terrorista ETA cometió quince atentados con bomba contra otras tantas empresas del País Vasco a las que quería extorsionar. En cada bomba, como media, puso kilo y medio de material explosivo. También realizó ocho atentados contra edificios de la Administración con bombas cargadas con una media de 750 gramos de explosivo. Esas cantidades son ajustadas para dañar al edificio al que se quiere atacar, sin causar grandes destrozos en los inmuebles colindantes.

En los cuatro atentados contra las casas del pueblo perpetrados desde el pasado mes de diciembre, la banda ha pasado a utilizar bombas que contenían entre tres y cinco kilos de explosivo cada una. El resultado ha sido que, además de las sedes frecuentadas por los militantes socialistas, unas doscientas viviendas u otras propiedades han sufrido daños. Los terroristas son conscientes de los efectos de sus bombas, pero no han hecho nada para evitar esos daños. Al contrario, al utilizar semejantes cargas estaban buscando deliberadamente provocar destrozos entre los vecinos de las sedes socialistas.

No es una torpeza de los etarras a los que se les haya ido la mano con el explosivo, sino que con esos «daños colaterales» pretenden suscitar actitudes de rechazo hacia las sedes socialistas entre el propio vecindario, sea en el municipio que sea y da igual en qué barrio. Hay en el País Vasco demasiadas experiencias en las que los vecinos han protestado por la cercanía de la comisaría de la Ertzaintza, de las oficinas de Correos o en su momento del concesionario francés de vehículos porque consideraban que su presencia suponía un riesgo. No protestaban contra el que colocaba las bombas sino contra el que ponía la comisaría en el barrio.

Ahora ETA está buscando el mismo objetivo: echar encima de los socialistas las iras de unos vecinos atemorizados por los efectos de los atentados. Se trata de convertir a los militantes del PSE y a sus locales en apestados sociales. Ese es uno de objetivos de la campaña terrorista en marcha. El otro es intimidar directamente a los afiliados de base del PSE para que se enfrenten a los dirigentes de su partido y les obliguen a cambiar la política antiterrorista. Así lo viene reclamando ETA en los diversos comunicados que ha difundido a lo largo de este año. Los militantes de a pie, como Isaías Carrasco o los que frecuentan las casas del pueblo, que carecen de protección, son el eslabón más débil con el que se están cebando los etarras.

Para conseguir ese segundo objetivo, los terroristas han vuelto a aplicar la lógica sobre la que ya teorizaron en 1993: «El día que un tío del PSOE, PP, PNV» vaya a un funeral de un compañero de partido, «cuando vuelva a casa quizás piense que es hora de encontrar soluciones al conflicto o quizás le toque estar en el lugar que estaba el otro (o sea en caja de pino y con los pies por delante)».

miércoles, 12 de marzo de 2008

Un segundo por cada impacto

Por José María Ruiz Soroa en El Correo de 11 de marzo de 2008 (leído en la página de ¡Basta ya!)

Días intensos y colmados de novedades éstos, sin duda. Pero entre todas ellas hay unos hechos que, como si fueran un hito pétreo, marcarán para muchos vascos estos primeros días de lluvia del invierno: de nuevo el asesinato de un hombre en nuestra tierra, el silencio y las miradas huidizas de sus convecinos, su ausencia muda de las condenas, su estentórea abstención en las urnas. De nuevo, una vez más, comprobamos desalentados que en nuestra sociedad hay un número increíble de ciudadanos (uno solo sería ya un número infinito) que se niega a asumir algo tan sencillo como que «matar a un hombre es sólo eso: matar a un hombre».

Tomo prestada de Günter Grass una metáfora desagradable e hiriente, que él refería al pasado de su patria, y yo aplico al presente de la mía: la sociedad vasca se parece cada vez más a un retrete atascado, se tira de la cadena y flota más mierda todavía. Y lo que ocasiona ese atasco moral y humanitario no es tanto la violencia terrorista como el tapón que forman esos miles y miles de vascos que han decidido dimitir selectivamente y a tiempo parcial de su condición de seres humanos (como la alcaldesa, dejo el bastón mientras esté el cuerpo presente, no sea que la compasión me domine).

Tratar el problema que plantea este sector de la sociedad a la ordenada convivencia es una cuestión política y jurídica, y no cabe sino confiar en que alguna vez acierten nuestros dirigentes con la clave para ello. Pero esta constatación del carácter político del problema no nos dispensa de señalar que también, que sobre todo, que ante todo, los vascos estamos ante un problema moral. El problema del mal.

Nuestro pensamiento occidental siempre ha estado escasamente preparado para afrontar el problema del mal radical, para explicar su existencia y para afrontarlo. Siempre ha preferido banalizarlo, convertirlo en un fenómeno mesurable, analizable, modificable mediante la adecuada ingeniería social. Existen males corregibles, no el mal radical, eso es un invento religioso, decimos. Pero no lo es, hay que afrontar la idea de que en ocasiones aparece ese lugar ciego, vacío, resistente al espíritu, hosco y denso que es el mal. Kant decía que el mal radical es aceptar que se trate a un hombre como un medio, en lugar de como lo que es, un fin en sí mismo. De eso se trata aquí desde hace treinta años, sencillamente de eso.

Los vascos hemos sido, seguimos siendo hoy, unos verdaderos artistas en disimular lo que pasa, en exhibir todas las facetas brillantes y valiosas de nuestra sociedad como oropeles que tapan nuestro cáncer. Todavía ayer, ayer mismo, proclamábamos orgullosos que aquí donde vivimos gozamos de los más altos índices de calidad de vida, que crecemos como nadie, que somos los primeros de la clase europea, que nos salimos. Pero sólo nos engañamos a nosotros mismos. Convivimos con el mal y, de tanto esconderlo, hasta nos olvidamos a ratos de él.

Y qué quiere usted que hagamos?, se preguntará más de uno. Pues no tengo ni idea, o tengo demasiadas ideas, que es lo mismo en el fondo. Pero de una cosa sí estoy seguro: el mal seguirá entre nosotros mientras no lo encaremos, lo llamemos por su nombre y lo asumamos entre todos. Porque el mal no ha llegado por arte de magia, no ha aparecido un día surgido del suelo. Ha venido porque ciertas ideas se han acariciado y mimado, porque ciertas actitudes eran rentables, porque era más cómodo mirar para otro lado, porque también ellos son malos, porque en el fondo eran también de casa, porque quizás se conviertan si les ayudamos, por tantas y tantas dejaciones y complacencias. Cuando asumamos nuestra responsabilidad por lo sucedido, nuestra responsabilidad como sociedad, quizás empecemos a conjurarlo eficazmente. Aunque no se haga ilusiones, lector, para eso falta mucho. El nacionalismo, que al fin y al cabo es quien ha dispuesto de la hegemonía cultural necesaria para esta tarea durante largos años, ha preferido pasar de ese cáliz. Sólo algunos líderes aislados (pienso por ejemplo en Cuerda o Imaz) vieron con claridad el abismo moral sobre el que levantaban castillos de soberanía. No les escucharon. Quizás sea ya tarde para ellos. ¿Sabrán hacerlo otros? Quizás.

Mientras tanto, lector y conciudadano que me aguanta, sólo nos queda constatar que por fin, y aunque sólo fuera durante ocho segundos, los hinchas de San Mamés han recordado la muerte de un hombre a manos de otro. Más o menos un segundo del tiempo de partido por cada instante de los impactos en su vida. Un segundo mesurable y cicatero por cada instante eterno en que una vida se arrancaba. Una escala de intercambio cómoda y barata. A la medida de nuestros valores. Pero menos es nada.

martes, 11 de marzo de 2008

Dieciséis segundos de decencia

Por Emilio Alfaro en El País (Deportes) de 11 de marzo de 2008


El Athletic constituye una excepción que, a su vez, está compuesta de muchas excepciones. La singularidad, también en el deporte, es atractiva y aporta un valor añadido. Salvo cuando la diferencia se construye a costa de cerrar los ojos y los oídos al crimen y la indignidad.

Algún dispositivo moral falla cuando, en un país donde se mata por motivos políticos desde hace medio siglo, hay que esperar cincuenta años y ochocientos y pico muertos para que en un estadio se intente guardar un minuto de silencio en solidaridad con una víctima de ETA. Para no ser injustos, hay que precisar que gran parte de la sociedad vasca se ha ido sacudiendo la indiferencia, que es la hija bastarda del miedo, ante los crímenes de la organización terrorista. Sin embargo, quedaban (quedan) reductos donde la expresión del rechazo a la violencia política se emboza para tener la fiesta en paz. Como en San Mamés.

Las sucesivas directivas del Athletic han elaborado una amplia teorización sobre la conveniencia de preservar a la masa social del club del convulso entorno político circundante. Parecía que reconocer la pluralidad de credos de los socios y aficionados suponía un menoscabo del respaldo común a los colores rojiblancos. "No hay que mezclar fútbol y política", fue la excusa en 1998 para no condenar en silencio los asesinatos en Sevilla del concejal del PP Alberto Jiménez-Becerril y su esposa. Al presidente que la opuso se le olvidaba que en 1978, antes de un Athletic-Atlético de Madrid, se había hecho con el dirigente de ETA José Miguel Beñarán, Argala, y que en 1984, en un Athletic-Real Sociedad, ambos equipos saltaron al campo portando una ikurriña con crespón negro debido al asesinato del dirigente de HB Santiago Brouard.

Llevar al césped la celebración del Aberri Eguna, el Día de la Patria de los nacionalistas, o la reivindicación de las selecciones nacionales de Euskadi, Cataluña y Galicia no era mezclar fútbol y política. Y tampoco ha importado demasiado que una determinada política, la que representan los sectores del mundo de Batasuna que se juntan en el Fondo Norte y la Tribuna Sur, se haya hecho presente, partido tras partido, con sus gritos, pancartas y banderas. Para no alterar la paz del estadio, se les ha permitido durante años que la fiesta la disfrutaran sólo ellos ante la conformidad, más o menos cabreada, del resto de los socios.

El pasado domingo, dicen que por indicación de la Liga de Fútbol Profesional, la directiva de Fernando García Macua decidió romper el tabú. Por primera vez, se intentó que San Mamés rindiera respeto al último asesinado por ETA, Isaías Carrasco. Sucedió lo que era esperable. El espejismo mantenido contra toda evidencia se desvaneció en San Mamés y en las gradas quedó representada la trágica quiebra de la sociedad vasca: una extensa mayoría cuyas diversas creencias no les impiden solidarizarse con el dolor de una familia, y una minoría, más amplia que lo deseable, que sólo siente el sufrimiento de los suyos y jalea sin embozo a los asesinos.

Al final, apenas hubo silencio y el minuto no duró más allá de dieciséis segundos. Pero nunca la mayoría que calló resultó más digna y la minoría que berreó quedó mejor retratada. Fue un hito en la historia de un club tan preso de la historia como el Athletic, un paso adelante que ya no tiene vuelta atrás. Desde el domingo, San Mamés es menos distinto que antes, pero infinitamente más decente.

sábado, 26 de enero de 2008

Consensos indeseables

Por Fernando Savater en El Correo de 26 de enero de 2008

No hace falta que lo repitamos ni una vez más: en las cuestiones políticas más relevantes, alcanzar consensos operativos entre los grandes partidos o fuerzas sociales es por lo común deseable puesto que garantiza estabilidad y eficacia. Sin embargo, también puede ser en ocasiones un modo de asfixiar las voces que reclaman salvaguardias contra la razón de Estado o de rechazar planteamientos nuevos que trastornan la plácida rutina vigente. En tales ocasiones, esos consensos resultan más opresivos que beneficiosos.

Por ejemplo, y no menor: durante gran parte de la legislatura hemos añorado decisiones unánimes de socialistas y populares frente al terrorismo, tanto en sus aspectos milicianos como políticos. No los hemos tenido, por culpa de las flagrantes falsedades gubernamentales y de la truculencia sin matices de la oposición. Finalmente se han puesto de acuerdo, pero en una cuestión escabrosa, que poco hace a favor de nuestras garantías legales (base de las libertades civiles): han aprobado conjuntamente rechazar la petición de las minorías parlamentarias que reclamaban la comparecencia del ministro de Interior para aclarar en la medida de lo posible las sospechas de tortura a los dos últimos etarras detenidos.

Por supuesto, investigar posibles abusos delictivos no supone desconfiar de antemano de la Guardia Civil ni negar su presunción de inocencia. Y eso lo sabe mejor que nadie la propia Guardia Civil, parte de cuya imprescindible tarea es indagar y despejar sospechas sobre cualquier ciudadano. Ni ustedes ni yo perdemos nuestra dignidad cívica -aunque sí demasiado tiempo a veces, la verdad- pasando controles en los aeropuertos o dejándonos cachear a la puerta de los edificios oficiales. Son medidas para evitar los delitos, no acusaciones personales que cuestionen nuestra honradez. Lo mismo pasa cuando hay denuncias de tortura. Por desgracia la tortura ha existido y todo indica que ocasionalmente sigue existiendo, según han señalado insistentemente instancias nacionales e internacionales que no siempre van a estar al servicio de la conspiración terrorista como pretende la derecha cerril (ahora apoyada por los cuentistas progubernamentales, que habrían reaccionado de otro modo si el ministro de Interior hubiera sido Mayor Oreja, por ejemplo). Aclarar caso por caso lo ocurrido es una garantía para defender la profesionalidad de las fuerzas de seguridad y también para poder exigir responsabilidades penales, sea por calumnias a unos o por malos tratos a otros. Por eso hubiera sido aconsejable escuchar la explicación parlamentaria de Rubalcaba, cuya forzada ausencia no favorece a las instituciones que pretendemos defender.

No es el único consenso mayoritario que tiene poco de progresista, es decir, de políticamente emancipador. Hace unos meses, ERC propuso debatir sobre la Renta Básica de Ciudadanía, una asignación fija para todos los ciudadanos -sea cual fuere su renta o incluso si carecen de ella- que sustituiría a las formas actuales de seguridad social y replantearía la idea misma de la obligación laboral basada en la mera productividad. O sea, un nuevo concepto de trabajo donde abundan las máquinas y sobra mano de obra. Es un tema aún teórico, con múltiples dificultades prácticas y con ribetes utópicos pero que se discute en muchos foros europeos ilustrados y que no merece ser despachado con un simple encogimiento de hombros. Sin embargo, ésa fue su suerte en el Parlamento. Suscitó algo peor que el rechazo, el desinterés ridiculizador y barato: algunos parlamentarios, como el peneuvista Emilio Olabarria, lo descalificaron diciendo que propone pagar a la gente por no trabajar, jo, jo, una visión tan perspicaz como la de quienes ante un cuadro de Kandinsky aseguran que éso lo hace mejor su nene de cuatro años.

Suerte parecida sufrió otra propuesta, ésta de IU, para despenalizar el uso de cannabis, en razón de la completa inocuidad del producto (causa más trastornos por reacciones alérgicas la aspirina que la marihuana) y en nombre de la autonomía individual. Pues nada, horrorizado rechazo general. Una diputada del PP, a la que se le nota la cultura médica e histórica, dijo que sería como «legalizar el genocidio». Menciono estas dos propuestas de grupos cuyas otras opiniones no comparto en muchos casos para subrayar que las ideas interesantes o razonables, aunque vayan a contracorriente, deberían ser apoyadas por los progresistas vengan de donde vengan. Espero que UPyD, cuando esté en el parlamento, lo haga así y no se sume a los cómodos consensos de los rutinarios.

Pero tales connivencias indeseables (sobre todo cuando faltan las que serían realmente imprescindibles) no son exclusivas de los partidos políticos. También las practican con todo desahogo los medios de comunicación en algunos casos. Por ejemplo, el silencio apenas alterado en torno a los cada vez más vergonzosos episodios el día de la izada en la fiesta de San Sebastián y en la concurrente tamborrada de Azpeitia. Este año ha habido más pancartas y símbolos de apoyo a ETA (directamente a ETA, sin los habituales intermediarios) que nunca, tanto en la plaza de la Constitución y entre los asistentes al festejo mismo. O sea lo mismito que dice el concejal socialista Ernesto Gasco: «Ha sido una fiesta extraordinaria desde todos los puntos de vista, con más gente que nunca y todo ha funcionado a la perfección». De modo que todo el mundo punto en boca, desde el más modesto gacetillero dedicado a hacer 'ñoñostiarrismo' de ocasión a destajo hasta el ínclito Iñaki Gabilondo, con el tambor de oro como mordaza y los otros tambores por corbata. Y en Azpeitia aún peor, claro, porque aquello ya no lo comentan ni los escasos medios que aún se preocupan de lo que ocurre en San Sebastián, capital al fin y al cabo. Tiene gracia en cambio que los mismos que no prestaron atención o silenciaron el akelarre batasunero de Azpeitia se hayan admirado del desparpajo con que el etarra Martín Sarasola corre tan tranquilo la San Silvestre en esa misma villa, entre bomba y bomba. ¿Hombre, por qué se va a privar! Los que no podríamos participar en la prueba ni siquiera presenciarla tranquilamente seríamos María San Gil o yo, entre otros muchos. Pero con que todos nosotros nos quedemos en casa, renunciemos a ir a la plaza de la Constitución para poner carteles contra ETA y no le estropeemos la fiesta a quienes han decidido que con no mirar al logotipo del hacha y la serpiente ya está todo arreglado, unas fiestas de lo más estupendo, oiga. ¿Ni siquiera han asesinado a alguien en cualquier sociedad gastronómica, como otras veces! De modo que la cosa ya se va arreglando. Con razón asegura nuestro lehendakari que esta sociedad vasca tan consensuada va a acabar con el terrorismo cualquier día de éstos, en cuanto le dejen los malvados jueces madrileños y la perversa Guardia Civil Pues nada ya saben: a creérselo todo el mundo.

jueves, 10 de enero de 2008

El brazo ejecutor

Por Florencio Domínguez en El Correo de 10 de enero de 2008

La desarticulación del comando etarra formado por varios vecinos de la localidad navarra de Lesaka supone un golpe importante para la organización terrorista tanto por la antigüedad de la célula, que había sido constituida en 2001, como por el hecho de que sea la autora material del atentado del 30 de diciembre de 2006, que puso fin a un periodo de tres años y medio sin asesinatos y echó por tierra las esperanzas que el Gobierno había puesto en el diálogo con ETA.

La caída de este grupo supone culminar otra operación que se llevó a cabo el 1 de septiembre del pasado año en Francia gracias a las investigaciones desarrolladas por los servicios de información galos en colaboración con la Guardia Civil. Aquel día se descubrió una casa donde ETA fabricaba explosivos y montaba coches bomba, que luego eran enviados a España para cometer atentados. Se cree que de aquella 'factoría' salieron el coche bomba de la T-4 y el que iba a utilizarse en Castellón el pasado mes de agosto.

La operación permitió detener entonces a uno de los lugartenientes de 'Txeroki', al jefe de los artificieros de ETA y a varios etarras más sospechosos de integrar una célula que había realizado en Francia los secuestros de cuatro personas para apoderarse de las furgonetas utilizadas en los dos atentados mencionados. Entonces, quedó pendiente de aclarar la 'pata española' de la trama de Cahors: identificar y detener al comando etarra que recogía los vehículos preparados en Francia y los utilizaba para atentar. Desde ayer esa incógnita ha quedado resuelta y la operación policial ha sido culminada.

La caída de Cahors tuvo una gran importancia en los intentos de la banda de hacer efectiva la ruptura de la tregua: en los tres meses que van desde que el 5 de junio anunció que volvía al terrorismo hasta el 1 de septiembre, la banda intentó llevar a cabo cinco atentados con coche bomba de los que sólo consumó uno. Con posterioridad a esa fecha sólo se ha registrado un atentado de este tipo que, además, falló al no funcionar el artefacto.

En los tres meses previos al 1 de septiembre, el explosivo utilizado por ETA en las bombas elaboradas o el entregado a los comandos para que lo utilizaran ascendió a unos 540 kilos, cifra que se duplica si a ella se le añaden los 400 kilos que fueron intervenidos en la casa de Cahors. En los cuatro meses posteriores hasta fin de año, sin embargo, la banda sólo ha utilizado 87 kilos.

Al efecto demoledor que tuvo aquella operación se le suma ahora la desarticulación del brazo ejecutor de los atentados que preparaba la trama etarra de Cahors. Se trataba de un comando reservado por los jefes de ETA para las operaciones más importantes. Al margen de ese grupo, durante el pasado año la banda sólo ha tenido una estructura de cierta eficacia en Vizcaya que todavía no ha sido desmantelada, aunque hayan sido identificados por la Ertzaintza dos de los 'liberados' que la integran.

En los siete primeros meses de 2000, tras la ruptura de la tregua del año anterior, ETA cometió siete asesinatos, mientras que en el mismo periodo tras la ruptura de la última tregua la banda ha perpetrado sólo dos crímenes. La diferencia de actividad entre los dos periodos es un dato revelador de la menor capacidad terrorista de la banda.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Jugando con el terror

Por Antonio Elorza en El País de 29 de diciembre de 2007

En el comentario sobre el asesinato de Benazir Ali Bhutto, Lluís Bassets ha conseguido resumir, en su blog, sus terribles efectos de la forma más sencilla: "¡Pobre Pakistán! ¡Pobres de nosotros!". Pobre Pakistán, porque como todos los comentaristas subrayan, la desaparición de Benazir supone el fin de las contadas expectativas de normalización política para ese país.

Pobres de nosotros, porque la demostración de la eficacia política del terrorismo con el magnicidio de Rawalpindi enciende todas las señales de alarma a nivel mundial, a la vista del ascenso en apariencia imparable de la estrategia trazada hace diez años por los dirigentes de Al Qaeda. Y de modo indirecto, esa misma eficacia probada viene a refrendar la opción por el terror mantenida por algunas organizaciones políticas en otras partes del globo. Por ejemplo, ETA.

Al Qaeda ha puesto en marcha frente a Occidente una estrategia terrorista que cabe definir como el inicio de una guerra mundial de nuevo tipo. No se trata de ejércitos que conquistan territorios, sino de comandos que actúan a escala mundial con el propósito bien definido de minar una tras otra las bases de los "nuevos Cruzados", de Occidente, golpeando después de Irak en los eslabones débiles de la cadena, como Argelia o Pakistán. Con el aliciente en este caso del acceso al arsenal nuclear del país. Los enormes daños que pueden producir los atentados suicidas con explosivos, sin reparar en número de víctimas, son alcanzados con un mínimo de recursos: sólo hacen falta creyentes dispuestos a sacrificarse, y al parecer hay exceso de oferta. Sigue el impacto positivo sobre la opinión musulmana: 54% de los preguntados por Al Yazira aprobaban la matanza de Argel.

El riesgo no nos queda lejos, porque Al Zawahiri nos viene advirtiendo de que Al Andalus, y en concreto Ceuta y Melilla, son tierras sagradas a recuperar. Frente a ello, sobra la histeria del cowboy que reacciona disparando en todas las direcciones, matando al que no toca, caso de Bush y su guerra antiterrorista. Pero también sobra la aproximación idealista en la forma, miope y politiquera en el fondo, de una Alianza de Civilizaciones versión Zapatero-Moratinos que proponga resolver el problema con shows como el que aquí va a montarse en enero, en aras de la fraternidad de las religiones, con lo cual a fin de cuentas los culpables serían la pobreza de unos y la islamofobia de otros. Es como pensar que sirve de algo una asociación cultural franco-germana cuando los nazis están entrando en París. Conviene reconocer que el problema no es el islam, pero sí la amplia gama de islamismos radicales, partidarios o practicantes del terror, con su posible incidencia nefasta sobre la mentalidad religioso-política de los colectivos musulmanes dentro y fuera de Occidente. Los que con la ayuda impagable de Bush están en la base de ese 54% de defensores de la matanza de Argelia.

La experiencia del terrorismo islámico no se agota, pues, en los planos militar-policial y político. La intimidación buscada por los terroristas actúa en los planos psicológico-social y de la opinión pública, ambos estrechamente enlazados. Para ellos es muy importante que cobre fuerza un síndrome de culpa, como el que sugieren algunos de nuestros líderes de opinión (y de instituciones), desplazando el tema del terror hacia la desigualdad económica y confundiendo racismo maurófobo y supuesta islamofobia. Resulta así bloqueada toda reflexión sobre el tema de la difusión de las ideas violentas en los colectivos musulmanes, en su mayoría ajenos del todo a esas doctrinas de la violencia, e incluso es evitada la condena tajante del terrorismo de raíz islámica. Dada la gravedad del tema, hay que decir claramente que tales planteamientos suponen una cobertura para la dimensión política del terrorismo.

La observación resulta plenamente aplicable al caso vasco. ETA y su constelación de organizaciones satélites son los responsables del terror y de la violencia en Euskadi. Pero los efectos sociales y políticos del terrorismo no serían iguales de encontrarse ETA aislada o de recibir, como está recibiendo, un apoyo ideológico, político y moral de primer orden desde el nacionalismo democrático. El Gobierno vasco, el PNV y EA están actuando sin el menor reparo como agentes coadyuvantes de la estrategia de la violencia. Primero, mediante la ignorancia consciente del peso de ETA sobre la política vasca: actuaremos como si no existiera (consulta). Falso, cuentan con ella. Segundo, al proclamar una equidistancia miserable en el plano moral, entre las víctimas del terror y los sinsabores de "los presos" (terroristas) y sus familias. Tercero, descalificando la acción de la justicia contra las ramas políticas del árbol terrorista: encubrimiento y complicidad políticas. ¿Hay quien dé más? Habrá que reimprimir para su uso Los verdugos voluntarios de Goldhagen.

El pago de los escoltas

Por Fernando Savater en Cartas al director de El País, 29 de diciembre de 2007

En la breve noticia titulada 1.300 personas amenazadas por ETA viven con escolta (EL PAÍS, 27 de diciembre de 2007), el anónimo redactor señala: "Más de 1.300 personas, la mayoría del País Vasco y Navarra, viven con escolta pagada con los impuestos de los españoles". Como es de suponer que los lectores ya saben que con sus impuestos se paga a la policía y al resto de las fuerzas de seguridad, no entiendo ese énfasis. A no ser que ahora vayamos a leer cosas como "extinguen un incendio los bomberos pagados con los impuestos de los españoles" o "se reúne el Consejo de Ministros pagados con los impuestos de los españoles". Más notable y digno de mención en cambio resulta el hecho de que ANV y EHAK también cobren de nuestros impuestos, es decir, que con los impuestos de los españoles se paga a los escoltas y a quienes hacen imprescindible llevarlos.