jueves, 7 de agosto de 2008

Original

Por Enric González en El País de 7 de agosto de 2008

Hubo una época en que idear una serie original resultaba sencillísimo. Bastaba un policía con cualquier circunstancia peculiar: un policía inválido (Ironside), un policía gordo (Cannon), un policía con un loro (Baretta). Hablamos de la antigüedad, claro. Con los años, las cosas se fueron complicando. Ya no bastaba con añadir un detalle curioso. Si se producía una serie de médicos, el protagonista tenía que ser raro de narices (un misántropo toxicómano, como el doctor House); si la serie giraba en torno a un forense, el forense tenía que ser un psicópata asesino (Dexter) o trabajar sobre casos absolutamente marcianos (CSI).

La sociedad estadounidense HBO ha sido estos últimos años quien más ha forzado las meninges de sus guionistas. ¿Una comedia dramática? Nada más divertido y humano que una empresa de pompas fúnebres (Dos metros bajo tierra). ¿Una del oeste? Pues una recreación de los dramas de Shakespeare (Deadwood). ¿Una saga familiar? Ahí están los mafiosos de Los Soprano. TNT, productora rival de HBO, no se quedó atrás. El año pasado lanzó una serie protagonizada por una policía cínica, alcohólica y (niños, por favor, no leáis esto) fumadora, más o menos homicida y acompañada por un ángel. Se trata de Salvando a Grace, que Cuatro estrena esta noche en España. ¿Qué podía hacer HBO, sino pisar el acelerador? Su penúltimo invento, que se estrena hoy en Estados Unidos, se llama True blood y gira en torno al movimiento vampírico internacional. Siempre hay, sin embargo, un más allá. Lo ultimísimo de HBO, aún en fase de preparación, se llama Hung. ¿Argumento? Un entrenador de baloncesto posee un pene faraónico, y decide rentabilizarlo. Llegados a este punto, ¿qué podemos esperar para el futuro? Pidámoslo todo: un psicópata asesino que trabaje como médico de enfermedades difíciles, que disponga de un original equipo de colaboradores (pongamos un ángel, un vampiro y un cadáver embalsamado), que sea perseguido por un mafioso neurótico y que, naturalmente, cure a sus pacientes con un portentoso golpe de picha.

miércoles, 6 de agosto de 2008

La nacionalidad de las empresas

Por Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital de 6 de agosto de 2008

La indignación de los patriotas se ha desatado una vez más. En esta ocasión, con el anuncio de que Chávez está dispuesto a nacionalizar el Banco de Venezuela, filial del Santander. “En el extranjero se está maltratando a las empresas españolas”. ¿Españolas? ¿No habíamos quedado en que con eso de la globalización las empresas no tienen nacionalidad?

En un orden económico presidido por la libre circulación de capitales, ¿cabe hablar de empresas nacionales y extranjeras? ¿Qué criterios emplear para clasificarlas en uno u otro grupo? Cuando todo español -si tiene dinero, claro- puede invertir por Internet en las empresas de Europa y todo europeo invertir en las que llamamos españolas, ¿podemos saber en qué manos está y de qué nacionalidad es el capital de, por ejemplo, las sociedades del Ibex? El mismo hecho de que el Banco de Venezuela pertenezca al Banco de Santander ¿no es señal clara de lo relativo que resulta asignar nacionalidad a las sociedades cuando son privadas? Las únicas empresas nacionales son las públicas. Quizás por eso Chávez y algún que otro mandatario latinoamericano se plantean nacionalizar las compañías estratégicas.

Cada vez son más los países latinoamericanos que están de vuelta de la aventura neoliberal, y sus poblaciones son conscientes del desastre al que les han conducido sus postulados. Por eso, aunque no les guste a los países desarrollados y a pesar de las presiones desatadas en contra por las fuerzas económicas, están eligiendo a mandatarios que, con todos sus defectos e incluso equivocaciones, quieren desandar el camino emprendido, en el convencimiento de que nada podrá ser peor que la situación a la que la globalización y el neoliberalismo les han abocado. Es en este escenario donde se encuadra el ansia de muchos países por recobrar las empresas vitales que fueron malvendidas al capital extranjero y que este explota con pingües beneficios y condiciones muchas veces leoninas para los consumidores y naturales del país.

Los voceros de la derecha española, que son muchos más de los que se confiesan tales, arremeten contra el Gobierno porque, según ellos, no defiende a las empresas nacionales. Quieren identificar los intereses del Banco de Santander, del BBVA, de Repsol, de Endesa, de Telefónica, etc., con los intereses de los españoles, cuando la gran mayoría carece de cualquier capacidad de ahorro y por lo tanto de jugar a la bolsa, e incluso aquella minoría que invierte en acciones lo hace, casi en su totalidad, en una cantidad tan nimia que sin duda resulta una exageración afirmar que sus intereses están unidos a los de estas grandes sociedades.

El llamado capitalismo popular es uno de los mayores embustes del neoliberalismo económico. Creado con el único objetivo de buscar la complicidad de un número mayor de ciudadanos, insuflándoles el espejismo de que, por el hecho de poseer unas pocas acciones de las empresas, sus intereses son los de éstas y los de sus grandes accionistas o gestores.

De tener algún interés en ellas, es mucho más como consumidores y usuarios que como propietarios. De nada les vale ganar unos cuantos euros en bolsa si la contrapartida va a consistir en mayores gastos al consumir los servicios que esas sociedades proporcionan. Nadie puede llamarse a engaño. Alguien, por ejemplo, va a pagar las revalorizaciones que se han producido en el sector eléctrico, y ese alguien no puede ser más que el consumidor, tal como lo estamos viendo, a través de notables incrementos en las tarifas y una mayor concentración en el mercado.

Con la paparrucha del capitalismo popular se pretende que todos cerremos filas y defendamos el patrimonio de un número reducido de familias, identificándolo con el interés nacional. El interés de la mayoría de los españoles, que es el que tiene que defender el Gobierno, está más cerca del bienestar de los venezolanos que de los beneficios de los grandes accionistas, sean nacionales o extranjeros, de estas compañías. Incluso, una vez que estas empresas gigantes han sido privatizadas, al español medio poco le importa que el capital de la empresa que le suministra el gas o la electricidad, le vende la gasolina o le concede la hipoteca sea español o foráneo. Se van a portar de igual manera.

El amigo del tirano

Por Antonio Muñoz Molina en El País (Babelia) de 26 de julio de 2007

En uno de los raros cafés de Manhattan que no son ya Starbucks clónicos mi amigo Vicente Echerri me cuenta que tantos años después de salir de Cuba la isla sigue apareciendo casi cada noche en sus sueños. Pero el tiempo ha pasado, y los lugares de la memoria se van contagiando de presente. Mi amigo, que tiene unos sesenta años, sueña que es un niño de doce que sale de su casa para ir a la escuela, con la mochila a la espalda, pero no está en La Habana, sino en un andén del metro de Nueva York. Cuando sube las escaleras, deprisa para no llegar tarde, emerge en la Quinta Avenida, y ve a otro niño, amigo suyo, que está cruzando la calle también camino de la escuela. La acera de este lado es Manhattan; la del otro es La Habana. Mi amigo llama al otro chico para que le espere, para caminar juntos el último tramo, pero quizás el tráfico borra su voz, o tal vez no le sale de la garganta, como suele suceder en los sueños. Vicente Echerri se despierta una mañana de junio recordando su sueño melancólico, en Jersey City, muy lejos de la isla de la que su alma no se ha ido nunca, y a la que probablemente nunca volverá.

En la otra isla donde nos hemos citado, la de Manhattan, hace un calor de trópico, que no llegan a aliviar ni los ventiladores ni la penumbra de la Hungarian Pastry Shop. He llegado al café un poco antes de tiempo y espero mirando hacia la claridad candente de la entrada, donde aparece de vez en cuando alguna figura exhausta y sudorosa en camiseta y en bermudas, buscando una bebida muy fría, un poco de sombra. Pero llega Vicente Echerri y parece que está entrando en un café de La Habana, no la ciudad arruinada de ahora, ni la cada vez más borrosa de los recuerdos, sino la que sigue inalterable en sus sueños: un hombre alto, muy delgado, vestido con un traje claro, formal pero muy ligero, con una formalidad de veraneos de otra época. Vicente escribe cuentos que suceden siempre en Trinidad, la pequeña capital provinciana de su infancia, historias más o menos fabulosas que escuchaba de niño, y que se remontan a los tiempos anteriores a la independencia, a unas vidas de peripecias mínimas como chismes o rumores de pueblo, contadas en un tono que está entre Chéjov y Clarín.

A Vicente ni se le ocurre la posibilidad de que esos cuentos se publiquen alguna vez en Cuba. Sentados en el café conversamos sobre literatura y sobre la duración de un exilio que ya va siendo más largo que muchas vidas humanas. Lo que yo doy por supuesto a él le ha sido negado, el alimento y el aire que hacen posible la escritura, el público lector, y más hondo todavía que eso, el sonido de la lengua, el habla viva de nuestros compatriotas, la particular pulsación que tiene la vida en el país donde uno se ha criado. Hablamos del aprendizaje de ir y de volver; de aquellos grandiosos cantaores flamencos que hilaron entre el Caribe y la bahía de Cádiz los cantes de ida y vuelta. Me acuerdo de una letra de Pepe de la Matrona que lo resume todo en cuatro versos: "Tú no te mueras / sin ir a España; /allí la uva / aquí la caña".

Me he acordado de mi amigo cubano leyendo en estas páginas una crónica de Mauricio Vicent sobre otro regreso a La Habana, el de Gabriel García Márquez. Siempre es algo aterrador que la figura de alguien sea tan hipertrófica que baste su nombre de pila o su diminutivo para designarlo: Gabo, Fidel. Gabo viaja a La Habana y como es su costumbre se encuentra con su amigo Fidel, y también con otro amigo algo menos importante, Raúl, que sí necesita el apellido. Tanto García Márquez como Mauricio Vicent viven de un oficio inviable sin la libertad de expresión, pero en la crónica se sugiere como de pasada que para garantizar la intimidad del escritor los periódicos no están autorizados a informar de su presencia, de la que sólo se ha sabido por un artículo de Fidel. De Fidel Castro. Para qué van a hablar otros si ya está él para decir lo que conviene en un monólogo monstruoso de más de medio siglo. El escritor cuya sombra napoleónica cubre la extensión entera de la literatura de su país se encuentra con el tirano que lleva cincuenta años avasallando el suyo, y el hecho parece aceptarse con tanta normalidad como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Al tirano octogenario le halaga que vayan a visitarlo intelectuales, los cuales siempre contarán después con admiración lo aficionado que es a la literatura, lo despierto que permanece a todo. Los intelectuales que rinden pleitesía al tirano y le llaman por su nombre de pila suelen venir de países democráticos en los que se declaran muy críticos contra el poder, pero se ve que para que tanta rebeldía se vuelva reverencia sólo hace falta que el poder sea absoluto. Cultivan una solidaridad abnegada, casi heroica, pero sólo con los verdugos, nunca con las víctimas, y tienen el corazón de hielo para los perseguidos que no se ajustan a su ortodoxia. En esas conversaciones tan entrañables y que duran tantas horas, no parece factible que García Márquez haya protestado ante Fidel Castro por la suerte de tantos cubanos cuyo único delito ha sido y es intentar dedicarse a lo mismo que él hace, a contar historias, o la de tantos otros expulsados, huidos, encarcelados, sacrificados, aplastados por la duración inhumana de una dictadura que empezó cuando mi amigo Vicente Echerri era un chico de doce años.

Me he acordado de él leyendo esa crónica, y también de Paquito d'Rivera, que lleva ya casi treinta años de exilio y sigue tocando con la misma furia que si estuviera en un cabaré de La Habana, y de Bebo Valdés, y de tantos cubanos a los que me he encontrado por el mundo, calumniados por la tiranía y por sus cómplices con el nombre infame de gusanos, llenos de nostalgia y a la vez de energía y de talento para abrirse paso donde quiera que los lleve el destierro, acostumbrados a ser sospechosos para el señoritismo miserable de intelectuales europeos y estrellas tarambanas del cine que gozan todos los privilegios de la libertad y de vez en cuando se conceden unas vacaciones pagadas de turismo revolucionario. En cuanto a García Márquez, que tantas veces ha escrito sobre la megalomanía delirante de los poderosos, tal vez lo que le atrae de Castro es que se parece a ese modelo doble de escritor y caudillo que sólo se da en las débiles y serviles sociedades hispánicas: el que lo quiere todo, el que no tiene a nadie que le haga sombra, el que despierta miedo y exige pleitesía, el que se convierte con exclusividad asfixiante en la encarnación de un país, el que recibe todos los premios y todas las medallas y todavía quiere más, el que es olvidado con alivio general en cuanto terminan sus pomposas exequias.

jueves, 31 de julio de 2008

Por El Roto en El País de 28 de julio de 2008

viernes, 25 de julio de 2008

Deadwood, Los Soprano, The Wire, el tesoro de HBO

Por Carlos Boyeroen El País de 25 de julio de 2008

Hubo una larga e indeseable época en este país en la que los cinéfilos tenían que cruzar fronteras si querían encontrar el paraíso. La censura y sus demenciales, retorcidos y mezquinos criterios prohibían el cine más deseable y polémico que se estaba haciendo en el mundo. Los privilegiados que habían tenido acceso a esas películas hablaban de ellas con el regocijo y la complicidad de los iniciados. Y provocaban mucha envidia. El mono te lo curaba un viaje anual al sur de Francia y el consecuente y apresurado atracón de esos títulos estigmatizados. También la comprobación de que entre ese cine pecador convivía lo mejor y lo peor, el escándalo barato y la auténtica transgresión, sensación de clasicismo y modas de inmediato olvido. Estoy hablando de los primeros años de la década de los 70, dominada por la inacabable vejez de aquel prodigio de mediocridad llamado Franco.

Treinta años después, las urgencias y los anhelos de la cinefilia más exigente tienen formato de series de televisión y la proveedora de la calidad extrema lleva el mitológico nombre de HBO. La censura palmó hace tiempo, pero el placer ante la contemplación de esas apasionantes series sigue demorándose en este país. Tienes entusiasmadas noticias de ellas a través de gente que vive en Estados Unidos o del pirateo selectivo en Internet, pero los que vivimos aquí o poseemos cavernícola e irremediable ignorancia en la técnica de descargar nuestros objetos del deseo, podemos morirnos de impaciencia o de aburrimiento antes de que esas series puedan verse en una televisión nacional (generalmente de pago) o de poder adquirir en una tienda el ansiado estuche de DVD, la forma más adecuada para disfrutar esos tesoros, sin pausas publicitarias, en versión original subtitulada, sin tener que esperar semana a semana el desarrollo y la continuidad de ese placer. Y el legado de HBO es de una riqueza, una heterodoxia y una audacia deslumbrantes. Su única regla fija es que todos sus inventos estén presididos por la inteligencia, el inconfundible sello de la casa. Ese nivel artístico no decae, desconoce los tiempos muertos. Cuando crees haber degustado la serie de tu vida te llegan informaciones fiables de que han parido otra que es tan buena o mejor que la anterior.

Cuando creía que era imposible superar el aroma y la profundidad de ese western impagable llamado Deadwood, la hipnótica complejidad al mostrar el anverso y el reverso de la mafia en Los Soprano, la tragicomedia cotidiana de una familia de funerarios en A dos metros bajo tierra, la intriga, violencia, traición y turbiedad como señas de identidad de la lucha por el poder en Roma, las esencias del mejor cine bélico en Hermanos de sangre, algunos amigos con ancestral buen gusto para el cine me contaron que HBO había producido una maravilla del género policíaco titulada The Wire. No exageraban.

En Estados Unidos están exhibiendo la quinta y última temporada de The Wire. Aquí, el canal TNT tuvo la agradable osadía de comenzar a programarla hace siete meses. Ignoro cuántos fanáticos ha conseguido, si la inversión está siendo rentable. Yo me enamoré de ella hace un par de años, al recibir en un anónimo sobre que llevaba sellos de Malasia la primera temporada, subtitulado el imposible argot de los narcotraficantes de Baltimore en el lenguaje coloquial de los hispanos de Estados Unidos. No fue un inconveniente demasiado serio para paladearla.

El éxtasis se ha prolongado con la visión de la segunda temporada. Me faltan tres más para saciar mi adicción. Y, por supuesto, tendré que conseguirlas en otro país. No intenten buscar esta serie genial en las estanterías de las tiendas españolas. No existe. Y ese desprecio, ignorancia o indiferencia del mercado nativo del DVD hacia esta obra de arte es más que alarmante. Es muy grave, es imperdonable. La importancia que imprime The Wire a las series de televisión es comparable a lo que supone para el cine la saga de El Padrino. A nadie le entraría en la cabeza que no estuviera a la venta en España la imperedecera trilogía que firmó Coppola.

¿Qué tiene de excepcional la serie que crearon David Simon y Ed Burns? Todo. Realismo de primera clase, personajes y situaciones que desprenden verdad, guiones en los que no falta ni sobra nada, un retrato de los mecanismos del narcotráfico y de la tan lógica como generalizada corrupción de las instituciones que crea un negocio tan sabroso como perdurable, actores enormemente veraces que jamás te dan la sensación de estar interpretando, villanos inquietantes y policías muy humanos empeñados en dignificar su complicada profesionalidad, el ritmo que necesita cada historia, rechazo radical de los tópicos y del edulcoramiento, una atmósfera admirable, estilo, talento, complejidad emocional, mordacidad, acción, gracia, tragedia, peligro, magia, horror, reflexión, todos esos dones con los que nos enamora ancestralmente el gran cine.

La última tragedia americana

Por Toni García en la Revista de Verano de El País de 25 de julio de 2008

La mejor serie de la historia. La mejor serie de la historia. La mejor serie de la historia. Empezó como una cantinela, se convirtió en un estribillo susurrado al oído y ha acabado siendo una letanía, un mantra que los fans recitan sin descanso.

La novela victoriana, la mitología griega, Shakespeare, Tolstoi, Eurípides, Sófocles y Esquilo, Pynchon y Dickens, todos y cada uno de ellos han sido mentados como referentes. Estamos hablando de televisión, aunque no lo parezca.

The Wire empezó a emitirse el 2 de junio de 2002. La serie era la hijastra de The Corner, la adaptación de un libro de David Simon y Ed Burns que hablaba de Baltimore, de su degradación, de la podredumbre de sus calles. El libro gustó a la cadena de televisión HBO, que decidió producir una miniserie. Poco tiempo después, los dos escritores presentaban un proyecto mucho más ambicioso cuya trama transcurría también en Baltimore: The Wire.

El título hacía referencia al sistema de escuchas que se utiliza -principalmente- para combatir el narcotráfico en Estados Unidos, pero al mismo tiempo era un juego de palabras sobre la conexión entre los diferentes ámbitos en los que se mueve el dinero de la droga, sus discípulos, las fuentes de donde mana, los tipos a los que influye.

The Wire no ha batido ningún récord de espectadores, ni siquiera ha podido competir en cifras con series menores (se desconocen sus cifras en on demand, ya que HBO es una cadena de televisión por cable y sus audiencias no son públicas), sin embargo hay pocas series tan alabadas, discutidas y comentadas.

Por ella han pasado escritores de la talla de George P. Pelecanos, Richard Price o Dennis Lehane; y personajes como John Connolly, Tom Waits (quien accedió a que su canción Way down the hole fuera utilizada en los créditos iniciales) o el mismísimo Barack Obama se han declarado incondicionales de la serie.

"Mis estándares en lo que a verosimilitud se refiere son simples y rigen mi prosa desde que empecé a escribir: que se joda el espectador medio". David Simon trataba así de explicar con claridad al escritor inglés Nick Hornby (autor de Fiebre en las gradas y Alta fidelidad y, cómo no, fanático de la serie) qué perseguía con el proyecto. "The Wire está violando un buen número de convenciones y tópicos de la televisión episódica", recalcaba el creador y guionista a Nick Hornby en la revista The Believer.

Simon es un hombre con historia: nacido en el seno de una buena familia y estudiante de suficiente, pronto sintió la llamada de la selva y se alistó en un periódico universitario (donde coincidió con David Mills, quien a la postre coescribiría algunos episodios de The Wire). Allí encontró un terreno fértil para su verbo cabreado y fue capaz de sacar de sus casillas a varios estudiantes y profesores, a los que no gustaba la mala leche del joven de Washington. Unos años después consiguió un empleo en el Baltimore Sun. "Me contrataron en el 84 y empecé a producir mis propias historias, muchas de ellas relacionadas con el crimen, la política...", cuenta el protagonista en un excelente artículo de Margaret Talbot -que califica a la serie de "cruzada"- en la revista The New Yorker. "Un día quedé en la biblioteca con un policía, un tío que podía ser una gran fuente para mis artículos". Aquel "tío" resultó ser Ed Burns, veterano de Vietnam y uno de los primeros detectives en los Estados Unidos en utilizar las escuchas en teléfonos privados y las cámaras ocultas de forma combinada. Uno de los peces gordos que cazó era un traficante llamado Melvin Williams. David Simon escribió la historia para el Sun.

Burns dejó la policía en 1991, después de 20 años de servicio, obsesionado con una vieja y alocada idea: ser maestro. En una entrevista que se puede leer en la web de HBO, éste confiesa que "en Baltimore siempre van cortos de profesores, así que si tienes dos piernas, dos brazos y dos ojos te suplican que trabajes para ellos".

Ese mismo año Simon publicó Homicide: A Life on the Street (que más tarde se convertiría en una serie de televisión) y casi al unísono los dos empezaron a escribir The corner: A Year in the Life of a City Inner-neighbourhood, una negrísima visión de los bajos fondos de la ciudad.

Simon ya era objeto de odio por parte de la clase política de Baltimore y de algunos activistas locales que creían que su propaganda negativa de la ciudad no llevaba a ninguna parte. En 1995 dejó el periódico por problemas de todo tipo con la dirección (sus antiguos jefes siguen tachándole de "obseso") y empezó a forjar la idea de crear "un universo entero" con núcleo en Baltimore. Poco después, el ex periodista y el ex policía (por aquel entonces ya ejerciendo de maestro) empezaban a escribir The Wire.

En una entrevista en la web CityPaper, Simon contaba: "Cuando presentamos el show a HBO les dijimos que no queríamos hacer otra de esas series de mierda sobre procedimientos policiales que están afectando a América en la actualidad". Una serie a la que, como explicaba Richard Plepler, copresidente de la cadena, a este periódico en Londres- nadie en Estados Unidos le hizo caso hasta la cuarta temporada. Fue entonces cuando todo el mundo empezó a hablar de ella".

De hecho, la BBC inglesa rechazó comprarla "por su complejidad", y lo mismo sucedió con otras muchas televisiones (en España TNT está emitiendo la tercera temporada) que recelaban de un proyecto con una treintena de personajes pululando, interminables líneas de diálogo, acción llevada a la mínima expresión y un lenguaje tan veraz que la perspectiva de tener que mirarla sin subtítulos se antojaba una pesadilla para cualquiera que no fuera de los barrios bajos de Baltimore.

Por aquel entonces ya se habían vuelto locos por The Wire los principales medios de comunicación del país, encabezados por The New York Times y su editor, Bill Keller (amigo de Simon y fan declarado). El periódico llegó a dedicar un editorial a la serie casi exigiendo a HBO que la emitiera hasta el final. Los rumores dicen que la cuarta temporada estuvo a punto de no llegar a emitirse.

Los periódicos Washington Post y Boston Globe y las revistas Slate y Entertainment Weekly la calificaron de "obra maestra" y de "hito para la historia de la televisión", y la cadena cumplió con su compromiso y creó "un producto que trasciende el ámbito de la televisión para convertirse en parte de la cultura popular", comentaba Michael Lombardo, presidente de operaciones de HBO para la costa Oeste en la presentación de la nueva parrilla de la cadena para 2009.

Ambientada en una ciudad/tugurio donde el sistema apesta y la justicia es una fulana, The Wire no trata de ocultar su condición de dedo en el ojo del ciudadano medio, de bofetón al político de turno y, en su última temporada, de patada en el trasero a la profesión periodística. "El periódico que retrata Simon es un microcosmos (...) una cultura corporativa que sacrifica la verdad en el altar de la negligencia", decía Brian Lowry en la revista Variety.

En la quinta entrega de la serie, el Baltimore Sun (y por extensión todas las redacciones del mundo) recibe el equivalente callejero a una paliza, cerrando el círculo que empezó en la primera temporada, donde un grupo de policías trataba de enchironar a Avon Barksdale y Stringer Bell, dos de los traficantes más poderosos de Baltimore chocando una y otra vez con el muro de la corrupción. Desde entonces, la serie ha clavado el bisturí a los sindicatos, policías, políticos, responsables del sistema educativo y (lo mejor para el final) periodistas.

Obviamente no todos han quedado contentos con la serie: en la web Goatmilk, el activista afroamericano Ishmael Reed calificó a David Simon de "neonazi", además de afirmar: "está utilizando a los niños de los barrios pobres e inventándose una nueva clase de ficción. Como en esos viejos dibujos animados racistas". Otros, como el alcalde de Baltimore, menosprecian The Wire en base a sus audiencias o "su discurso, que llama a la indiferencia". De hecho, el alcalde ha sugerido a Simon la posibilidad de irse a rodar a otra parte. Pero luego cambió de opinión al saber que, aunque la serie cambiara de ubicación, el guión seguiría aconteciendo en el mismo sitio, y además se perdería el dinero que The Wire dejaba en la ciudad.

Burns y Simon se trasladarán ahora a Nueva Orleans para rodar una historia sobre los músicos de la ciudad en la época post-Katrina, mientras que hace sólo unos días se estrenó en Estados Unidos (HBO) su último trabajo, Generation Kill, basado en el libro de Evan Wright sobre la primera división de marines que entró en combate en la guerra de Irak. Mientras tanto, y después de una espera de seis años, el espectador español podrá disfrutar de la primera temporada de The Wire sin tener que recurrir a triquiñuelas o compras cibernéticas: el 23 de septiembre, la serie aparece en DVD en nuestro país. La han rebautizado Bajo escucha. Ya era hora.

jueves, 24 de julio de 2008

Manifiesto por una lengua común

En El País de 23 de junio de 2008.

Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana, la única lengua juntamente oficial y común de todos los ciudadanos españoles. Desde luego, no se trata de una desazón meramente cultural -nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y el inglés- sino de una inquietud estrictamente política: se refiere a su papel como lengua principal de comunicación democrática en este país, así como de los derechos educativos y cívicos de quienes la tienen como lengua materna o la eligen con todo derecho como vehículo preferente de expresión, comprensión y comunicación.

Como punto de partida, establezcamos una serie de premisas:

1. Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas -el castellano- goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen. Es decir, hay una asimetría entre las lenguas españolas oficiales, lo cual no implica injusticia (?) de ningún tipo porque en España hay diversas realidades culturales pero sólo una de ellas es universalmente oficial en nuestro Estado democrático. Y contar con una lengua política común es una enorme riqueza para la democracia, aún más si se trata de una lengua de tanto arraigo histórico en todo el país y de tanta vigencia en el mundo entero como el castellano.

2. Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas. O sea: los ciudadanos que hablan cualquiera de las lenguas cooficiales tienen derecho a recibir educación y ser atendidos por la administración en ella, pero las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes ni a imponerse como prioritarias en educación, información, rotulación, instituciones, etc... en detrimento del castellano (y mucho menos se puede llamar a semejante atropello «normalización lingüística»).

3. En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua cooficial, junto a la obligación de conocer la común del país (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la Administración pública. Conviene recordar que este tipo de imposiciones abusivas daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos, recortando sus alternativas y su movilidad.

4. Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que «las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas. Cumplido sobradamente hoy tal objetivo, sería un fraude constitucional y una auténtica felonía utilizar tal artículo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano en alguna de las formas antes indicadas.

Por consiguiente los abajo firmantes solicitamos del Parlamento español una normativa legal del rango adecuado (que en su caso puede exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente los siguientes puntos:

1. La lengua castellana es COMUN Y OFICIAL a todo el territorio nacional, siendo la única cuya comprensión puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.

2. Todos los ciudadanos que lo deseen tienen DERECHO A SER EDUCADOS en lengua castellana, sea cual fuere su lengua materna. Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.

3. En las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a ser ATENDIDO INSTITUCIONALMENTE EN LAS DOS LENGUAS OFICIALES. Lo cual implica que en los centros oficiales habrá siempre personal capacitado para ello, no que todo funcionario deba tener tal capacitación. En locales y negocios públicos no oficiales, la relación con la clientela en una o ambas lenguas será discrecional.

4. LA ROTULACION DE LOS EDIFICIOS OFICIALES Y DE LAS VIAS PUBLICAS, las comunicaciones administrativas, la información a la ciudadanía, etc... en dichas comunidades (o en sus zonas calificadas de bilingües) es recomendable que sean bilingües pero en todo caso nunca podrán expresarse únicamente en la lengua autonómica.

5. LOS REPRESENTANTES POLITICOS, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.

Firmado por Mario Vargas Llosa, José Antonio Marina, Aurelio Arteta, Félix de Azúa, Albert Boadella, Carlos Castilla del Pino, Luis Alberto de Cuenca, Arcadi Espada, Alberto González Troyano, Antonio Lastra, Carmen Iglesias, Carlos Martínez Gorriarán, José Luis Pardo, Alvaro Pombo, Ramón Rodríguez, José Mª Ruiz Soroa, Fernando Savater y Fernando Sosa Wagner.