jueves, 17 de enero de 2008

Los pobres, cada vez más pobres

Por Guillem López Casasnovas en El Periódico (Leído en el blog de Reggio)

Los problemas que envuelven la coyuntura económica oscurecen a veces la necesidad de prestar atención a otros rasgos que, por estructurales, se perciben como de menor interés porque tenemos menos capacidad de incidir sobre ellos. Así, apareció a finales de año la Encuesta financiera de las familias, realizada por el Banco de España. Se trata de una radiografía importantísima de la situación patrimonial de nuestros hogares, que desafortunadamente no permite hoy. un análisis específico para Catalunya.

La complejidad de su elaboración requiere un periodo de maduración suficiente para interpretar esta nueva hornada de datos, referida a los meses finales del 2005. Pero permite una comparativa válida de lo que fue la encuesta similar del 2002, por lo que cabe destacar algunas conclusiones importantes, con suficiente robustez estadística.

La principal conclusión que puede sacar cualquier analista que estudie el avance de resultados, disponible en la web del Banco de España es que la desigualdad de renta y riqueza en España ha aumentado de una manera notabilísima en estos tres últimos años de boom económico.

En efecto, la encuesta comentada muestra como la mediana (y la media, por si quedaban dudas) de la renta de los hogares españoles entre el 2002 y el 2005, en términos constantes -esto es, bien contado- ha disminuido (de 25.200 a 23.100 euros), con un descenso más acusado en el segmento del 20% de hogares de renta inferior (de 8.700 a 6.900). Con ello, el rango de la desigualdad entre el 10% de familias con mayor renta respecto del 20% de familias con menos renta ha aumentado desde un ratio de casi 1 a 10 en el 2002 a casi de 1 a 13 en el 2005.

En solo tres años, el 25% de hogares más pobres ha visto reducir su riqueza en un 60%, pasando de representar en mediana 8.500 euros en el 2002, a 5.500, todo ello en euros constantes con base en el 2005. A su vez, la ratio que mide la dispersión entre el percentil de riqueza neta del 25% de hogares con menor renta respecto del que se situaba entre el 90 y 100 (el 10% de las familias más ricas) se ha más que doblado en el breve intervalo de tres años. Por edades, los cabezas de familia con edad inferior a los 35 años han mejorado menos de la mitad que el resto de hogares, y se ha reducido el porcentaje de nuestras familias más jóvenes que son propietarios de su vivienda principal.

En general, el incremento de la deuda ha superado el aumento de los activos, de modo que el porcentaje que representa la deuda sobre el valor total del patrimonio ha aumentado; y ello en especial para los colectivos de menor renta. El 20% de hogares con renta inferior que tenían deudas pendientes, en sólo tres años se ha incrementado un 50%, duplicándose, siempre en términos constantes (euros del 2005) la media del valor de su deuda. De nuevo, para estos hogares más pobres endeudados el peso de la deuda ha pasado de representar el 104% de su renta en el 2002 al 143% en el 2005. Y para mayor alarma: con ratios de deuda que triplican los ingresos del hogar, en el 2002 se computaba el 34,5% de las familias más pobres en renta y en el 2005 la cifra era del 42,6%.

Esto es, de la mitad de los hogares más pobres en renta que estaban endeudados (casi dos terceras partes del total), los pagos por sus deudas vivas suponían más del 40% de sus ingresos anuales. Por edades del cabeza de familia, de nuevo los más jóvenes se han llevado la peor parte: la mediana de su deuda ha aumentado en casi un 80% en términos reales.

EN RESUMEN: tamaño crecimiento de la desigualdad, tanto en renta, como en riqueza, como en capacidades de financiar las deudas pendientes, que se ha producido en España en tan breve espacio de tiempo, no nos debiera de dejar indiferentes. Su tratamiento exige responsabilidad en un momento como el actual de rebajas fiscales electorales y de abrazo indiscriminado de nuestros sistemas impositivos al denominado dualismo fiscal por el que se renuncia a la progresividad tributaria.

Y en la actuación necesaria para su corrección, la situación descrita reclama políticas públicas con menos universalismo populista (cheques por nacimiento y leyes de dependencia universales) y más orientación de cualesquiera sean los recursos públicos disponibles a un gasto más selectivo, ligado al test de medios y a la prueba de necesidad, para mejorar su efectividad redistributiva.

lunes, 14 de enero de 2008

La edad sólo es un número

Por Diego Manrique en El País de 14 de enero de 2008


Age ain't nothing but a number, cantaba Aaliyah. Recordaba el lema mientras leía una entrevista con Bill Wyman (Londres, 1936), antiguo bajista de los Rolling Stones, publicada hace poco en el Telegraph, el diario británico. Me atrapó el titular: "No puedo vivir con las royalties de los Stones".

No teman, no se trata de un cri de coeur de millonario en dificultades. Calculo que Wyman recibe anualmente una cifra de seis dígitos en concepto de derechos generados por lo grabado con los Rolling Stones hasta 1992, aunque sus ex compañeros le hagan ahora putaditas como borrarle de las fotos del recopilatorio Rarities. Además, Bill tiene negocios variados, desde el restaurante londinense Sticky Fingers a unos detectores de metales que utilizan los arqueólogos aficionados, sin olvidar sus varios libros sobre los propios Stones.

Aun así, Bill continúa actuando con su cara de póquer, integrado en una orquesta clasicista llamada The Kings of Rhythm. Los Reyes del Ritmo viven de la fama de su bajista pero demostraron su adaptabilidad en eventos como el reciente homenaje a Ahmet Ertegun, donde reapareció Led Zeppelin: aparte de tocar media hora de su añejo repertorio, The Kings of Rhythm hicieron de banda fija, respaldando a bastantes invitados.

Resulta extraordinario que, en la citada entrevista, Wyman pretenda justificarse con esa patraña de que necesita dinero. Seamos serios: con los gastos derivados de una formación con 10 miembros, The Kings of Rhythm no parece una máquina de imprimir billetes. Ocurre que Wyman sabe lo que piensa la sociedad musical: a los 71 años, un rockero no debe pisar un escenario.

Es una de las rémoras del origen del rock como manifestación juvenil: todavía no se ha reconciliado con el hecho de que pueda ser música tocada por adultos o incluso por ancianos. El edadismo del mundo del rock tiene mucho de incongruente, ya que esas mismas personas celebran que existan bluesmen, cantantes de standards, soneros o jazzmen que continúan en activo cuando han superado los 80 o los 90 años.

Esta longevidad artística ¿es una decisión voluntaria o un imperativo económico? En la mayoría de los casos, seguro que pesa la necesidad de ganarse la vida: los veteranos solían firmar contratos leoninos y luego eran desplumados por representantes, cónyuges o recaudadores de impuestos.

Son ciertas las leyendas: en los años cincuenta, muchos artistas triunfales recibían de su discográfica un Cadillac y ni se les ocurría pedir liquidaciones sobre ejemplares vendidos; cuando flojeaban los éxitos, descubrían que debían pagar los plazos de su maravilloso automóvil.

Pero eso no explica la terca voluntad creativa de tantos sexagenarios. Bob Dylan, sus ex esposas y sus hijos tienen garantizada una existencia dorada simplemente con los derechos de autor. Y ahí está, embarcado en la famosa Gira Interminable. Que, cuando sale de Estados Unidos, adquiere carácter de acontecimiento cultural y le lleva a escenarios nobles; sin embargo, en su propio país, Dylan da conciertos en casinos de reservas indias, ferias del condado y auditorios universitarios. Pocos lujos y escasa seguridad: circula por Internet un video donde Dylan interpreta un candente Like a rolling stone mientras docenas de personas suben al escenario, le besan, le saludan, le hacen reverencias y le abruman con su amor. Esas cosas no les pasan a otros candidatos al Premio Nobel.

Efectivamente, hay intangibles como la necesidad de expresarse, el deseo de dar sentido a una vida. Podríamos evocar aquí la laboriosidad de Paul McCartney, uno de los hombres más ricos del Reino Unido: le gusta salir de gira y edita discos regularmente. Aunque el paralelismo más adecuado con Bill Wyman sería el de Ringo Starr: dirige la All Starr Band, una reunión de músicos ilustres que trabaja mucho por Estados Unidos. Para Wyman y Starr, secundarios en prodigiosos grupos, no hay planes de jubilación. Ellos quieren creer aquello que aseguraba Aaliyah: que la edad no es nada más que un número.

Los medios públicos de persuasión en Cataluña

Por Vicenç Navarro en El País de Cataluña de 12 de enero de 2008

Durante los 23 años de gobierno nacionalista conservador, los medios públicos de la Generalitat de Cataluña (TV-3 y Catalunya Ràdio) fueron instrumentalizados para promover una visión nacionalista conservadora en la que los enormes problemas sociales de Cataluña (en la medida en que se reconocía su existencia) se atribuían al Gobierno central, ubicado en Madrid, que discriminaba a Cataluña. La fortaleza de esta visión nacionalista se basaba en un hecho real: la existencia de un balance fiscal negativo para Cataluña con el resto de España y un déficit de inversiones públicas por parte del Gobierno central. Otro factor que contribuía al crecimiento de este nacionalismo conservador era el nacionalismo español, que es el único que no se define a sí mismo como tal. Suele llamarse constitucionalista y, al negar el carácter plurinacional de España, alimenta los nacionalismos periféricos. De ahí que no fuera infrecuente que aparecieran en los medios públicos de información de la Generalitat las voces de este nacionalismo español (incluso en su visión extrema, la COPE) a fin de identificar al resto de España con esta visión nacionalista española que reforzaba al nacionalismo catalán.

Detrás de estos nacionalismos, en teoría adversos pero en la práctica complementarios, había unos intereses comunes de clase social que explicaban el profundo conservadurismo de tales nacionalismos, bien definido en aquel eslogan, que tales medios difundían, según el cual España iba bien, a lo cual los medios nacionalistas conservadores en Cataluña añadían que Cataluña iba incluso mejor. Los datos ignorados, cuando no ocultados, en aquellos medios mostraban que ni España iba bien (el gasto público social por habitante en inversiones públicas, tanto en infraestructuras como en servicios públicos, era el más bajo de la UE-15) ni Cataluña iba mejor; en realidad, en muchas áreas iba peor (el gasto público social por habitante estaba por debajo del promedio de España). Este último déficit se atribuía en los medios de persuasión nacionalista conservadora al déficit fiscal, lo cual era cierto sólo en parte, puesto que había otras dos causas ignoradas en aquel argumento. Una de ellas eran las propias prioridades del Gobierno nacionalista conservador de la Generalitat de Cataluña, que priorizó temas identitarios (como la creación de los Mossos d’Esquadra) sobre temas sociales tales como el desarrollo de la educación o la sanidad pública, dando prioridad a los servicios privados a costa de los servicios públicos. La evidencia de ello era abrumadora (véase L’Estat del benestar a Catalunya 2003).

La causa mayor del subdesarrollo social y de infraestructura de Cataluña (y de España), sin embargo, era y continúa siendo el bajo gasto público en todo el Estado español. Mientras que las luchas interterritoriales sobre la distribución de la tarta española (estimuladas por nacionalismos centrales y periféricos) tenían y tienen una enorme visibilidad en aquellos medios nacionalistas catalanes y españoles, el problema mayor -que es el pequeñísimo tamaño de la tarta- era y continúa ignorado. España tiene el gasto público por habitante más bajo de la UE-15. En realidad, aunque Cataluña recibiera el 18% de la inversión total del Estado español en infraestructuras (tal como instruye el Estatut), Cataluña todavía tendría un gasto público en infraestructuras por habitante menor del que le correspondería por su nivel de desarrollo económico.

El bajísimo gasto público (y la escasa visibilidad de este tema en los medios de persuasión) responde al poder de clase, es decir, al enorme poder político y mediático que tiene en España y en Cataluña el 35% de la población de renta superior, y su gran resistencia a aumentar los impuestos, sobre todo si éstos van a mejorar los servicios públicos utilizados predominantemente por el 65% restante de la población, es decir, por las clases populares. Envían a sus hijos a las escuelas privadas (cuyo gasto por alumno es superior al de la escuela pública), utilizan la sanidad privada (donde el tiempo de visita promedio es de 18 minutos, en comparación con ocho minutos en la pública) y se benefician más del AVE que de los trenes de cercanías.

Los cambios de gobierno en 2003 en Cataluña y en 2004 en España diluyeron poco el discurso nacionalista, tanto periférico como central. Ni que decir tiene que ha habido cambios en tales medios catalanes, pero en su totalidad han sido menores. El análisis de poder de clases y sus implicaciones en las políticas públicas continúa excluido, siendo extraordinariamente minoritarias las voces de izquierda no nacionalistas, realidad negada, como era predecible, por los apologistas de tales medios, que dominan el clima intelectual del país.

viernes, 11 de enero de 2008

Llegó la hora del cosmopolitismo

Por Kwame Anthony Appiah en El País de 10 de enero de 2008

Mi madre nació en el oeste de Inglaterra, al pie de las colinas Costwolds, en el seno de una familia que, en 80 kilómetros a la redonda, podía rastrear su árbol genealógico remontándose a los primeros tiempos del periodo normando, es decir, a casi mil años antes. Mi padre nació en la capital de la región ashanti de Ghana, en una localidad que sus antepasados habían habitado desde los inicios del reino asante, cuando despuntaba el siglo XVIII. De manera que cuando estas dos personas, nacidas en lugares tan distantes, se casaron en la Inglaterra de la década de 1950, mucha gente les advirtió que sería difícil mantener un matrimonio mixto. Y mis padres estaban de acuerdo. Fíjense, mi padre pertenecía a la Iglesia metodista y mi madre a la anglicana. Y eso sí era un auténtico desafío.

En consecuencia, soy producto de un matrimonio mixto. Bautizado en el metodismo, fui a la escuela dominical en una iglesia de Ghana no adscrita a ninguna confesión concreta y a la que pertenecía mi madre. Aprendí de mi padre y de mi madre algo que ambos ejemplificaron cuando decidieron convertirse en marido y mujer: una cierta apertura hacia personas y culturas ajenas a aquéllas en las que se habían criado. Creo que mi madre lo aprendió de sus propios progenitores, que tenían amigos en muchos continentes. Me parece que mi padre lo aprendió en Kumasi, que es un lugar políglota, multicultural y abierto al mundo. Aunque él también lo aprendió a través de la educación. Porque, como muchos de los que tuvieron la oportunidad de asistir a la escuela secundaria en los más remotos rincones del Imperio Británico, tuvo una formación clásica. Le encantaba el latín y en la cabecera de la cama no sólo tenía su Biblia, sino las obras de Cicerón y Marco Aurelio. En el testamento espiritual que legó a sus hijos nos dijo que siempre debíamos recordar que éramos "ciudadanos del mundo". Utilizó esas palabras, las mismas que Marco Aurelio habría reconocido y hecho suyas. Después de todo Marco Aurelio escribió: "Qué estrecho es el parentesco que une a un hombre con toda la raza humana, porque se trata de una comunidad, no de la sangre o la simiente, sino del espíritu".

Ahora bien, la primera persona que sabemos que se consideró a sí mismo ciudadano del mundo -kosmou polites en griego, expresión de la que procede nuestro término "cosmopolita"- fue un hombre llamado Diógenes, nacido en algún momento de finales del siglo V en la localidad de Sinope, que, situada en la costa meridional del Mar Negro, pertenece ahora a Turquía. Diógenes, según la tradición, vivía en un gran tonel de terracota. Y se le llamaba cínico -kyneios en griego significa "perro"-, porque vivía como tal. De manera que le echaron a patadas de Sinope. Fue Diógenes el primero en proclamar que era "ciudadano del mundo". Se trataba de una metáfora, porque los ciudadanos comparten un Estado y Diógenes no tenía un Estado mundial al que pertenecer. De manera que él, como cualquiera que haga suya esa metáfora, tuvo que decidir qué quería decir con ella.

Diógenes no quería decir que fuera partidario del establecimiento de un único poder mundial. En una ocasión se encontró a alguien que sí lo era: Alejandro Magno. El aspirante a conquistador del mundo, que, como discípulo de Aristóteles, se había educado en el respeto a los filósofos, le preguntó a Diógenes si había algo que pudiera hacer por él. "Claro", contestó éste, "¿serías tan amable de apartarte? Es que me estás tapando el sol". Y esto es lo primero que me gustaría tomar de Diógenes al interpretar la metáfora de la ciudadanía global: no hace falta ningún Gobierno mundial, ni siquiera el de un discípulo de Aristóteles. Lo que Diógenes quería decir es que podemos pensar en nosotros como conciudadanos, aunque no seamos -y no queramos ser- miembros de una única comunidad política, sometida al mismo Gobierno.

Una segunda idea que podemos tomar de Diógenes es que debemos preocuparnos de la suerte de todos nuestros congéneres, no sólo de los de nuestra misma comunidad política.

Además, y ésta es una tercera enseñanza de Diógenes, podemos sacar buenas ideas de todas las partes del mundo, no sólo de nuestra propia sociedad. Merece la pena escuchar a los demás, porque quizá tengan algo que enseñarnos; merece la pena que ellos nos escuchen, porque quizá tengan algo que aprender.

Hay una última cosa que quiero tomar de Diógenes: el valor del diálogo, de la conversación como forma fundamental de comunicación humana. En consecuencia, ésas son las ideas que yo, ciudadano estadounidense del siglo XXI de origen anglo-ghanés quiero tomar de un ciudadano de Sinope que soñó con una ciudadanía global hace veinticuatro siglos.

El cosmopolitismo es universalista: cree que todos los seres humanos importan y que compartimos la obligación de preocuparnos por los demás. Pero también acepta que la diversidad humana constituye un amplio y legítimo abanico. Y ese respeto a la diversidad surge de algo que también se remonta a Diógenes: la tolerancia hacia las opciones vitales que toman los demás y la humildad respecto a las nuestras.

La globalización ha hecho relevante este antiguo ideal, cuando ni siquiera lo era en la época de Diógenes o de Marco Aurelio. Diógenes no sabía de la mayoría de los pueblos -de China, Japón, Suramérica, el África Ecuatorial; ni tan siquiera de Europa Occidental o del Norte- y nada de lo que hiciera podía tener tampoco mucho impacto sobre ellos. Sin embargo, hoy no vivimos en el mundo de Diógenes. Sólo en los últimos siglos, cuando todas las comunidades humanas han ido imbricándose en un único entramado comercial y en una misma red informativa, hemos llegado al punto en el que es realista imaginarse que todos y cada uno de nosotros podemos entrar en contacto con alguno de los seis mil millones de otros seres humanos y enviarle algo que merezca la pena tener: una radio, un antibiótico, una buena idea. Por desgracia, ahora también podemos enviar, por negligencia tanto como por mala intención, cosas dañinas: un virus, un contaminante que se transmite por el aire, una mala idea.

Y las posibilidades de hacer el bien y el mal se multiplican de modo absolutamente inconmensurable cuando se trata de las políticas que los Gobiernos aplican en nuestro nombre. Juntos podemos arruinar la vida de los campesinos pobres inundando sus mercados de cereales subvencionados; paralizar sectores industriales aplicando aranceles excesivos; proporcionar armas que maten a miles y miles de personas. Juntos podemos mejorar los niveles de vida, adoptando nuevas políticas comerciales y de ayuda; impedir o tratar enfermedades mediante vacunas o medicamentos; tomar medidas contra el cambio climático global; fomentar la resistencia a la tiranía y el interés por el valor de cada vida humana.

Además, es evidente que la red mundial de difusión de la información -a través de la radio, la televisión, los teléfonos, Internet- no sólo significa que podemos influir en vidas de cualquier parte, sino que también podemos aprender de ellas. Todas aquellas personas de las que tenemos noticia y en las que podemos influir son seres humanos con los que tenemos responsabilidades: decir esto es proclamar simplemente la propia concepción de moralidad.

En consecuencia, el desafío radica en tomar mentalidades y sentimientos constituidos a lo largo de milenios de vida en el marco de grupos locales y dotarlos de ideas y de instituciones que nos permitan vivir juntos como la tribu global que ahora somos. Porque ahora lo que realmente necesitamos es un espíritu cosmopolita que no sólo nos vea a todos ligados por una conversación del conjunto de la especie, sino que acepte que tomemos opciones diferentes -dentro de cada nación y en las relaciones entre ellas- sobre nuestra forma de vivir.

jueves, 10 de enero de 2008

El brazo ejecutor

Por Florencio Domínguez en El Correo de 10 de enero de 2008

La desarticulación del comando etarra formado por varios vecinos de la localidad navarra de Lesaka supone un golpe importante para la organización terrorista tanto por la antigüedad de la célula, que había sido constituida en 2001, como por el hecho de que sea la autora material del atentado del 30 de diciembre de 2006, que puso fin a un periodo de tres años y medio sin asesinatos y echó por tierra las esperanzas que el Gobierno había puesto en el diálogo con ETA.

La caída de este grupo supone culminar otra operación que se llevó a cabo el 1 de septiembre del pasado año en Francia gracias a las investigaciones desarrolladas por los servicios de información galos en colaboración con la Guardia Civil. Aquel día se descubrió una casa donde ETA fabricaba explosivos y montaba coches bomba, que luego eran enviados a España para cometer atentados. Se cree que de aquella 'factoría' salieron el coche bomba de la T-4 y el que iba a utilizarse en Castellón el pasado mes de agosto.

La operación permitió detener entonces a uno de los lugartenientes de 'Txeroki', al jefe de los artificieros de ETA y a varios etarras más sospechosos de integrar una célula que había realizado en Francia los secuestros de cuatro personas para apoderarse de las furgonetas utilizadas en los dos atentados mencionados. Entonces, quedó pendiente de aclarar la 'pata española' de la trama de Cahors: identificar y detener al comando etarra que recogía los vehículos preparados en Francia y los utilizaba para atentar. Desde ayer esa incógnita ha quedado resuelta y la operación policial ha sido culminada.

La caída de Cahors tuvo una gran importancia en los intentos de la banda de hacer efectiva la ruptura de la tregua: en los tres meses que van desde que el 5 de junio anunció que volvía al terrorismo hasta el 1 de septiembre, la banda intentó llevar a cabo cinco atentados con coche bomba de los que sólo consumó uno. Con posterioridad a esa fecha sólo se ha registrado un atentado de este tipo que, además, falló al no funcionar el artefacto.

En los tres meses previos al 1 de septiembre, el explosivo utilizado por ETA en las bombas elaboradas o el entregado a los comandos para que lo utilizaran ascendió a unos 540 kilos, cifra que se duplica si a ella se le añaden los 400 kilos que fueron intervenidos en la casa de Cahors. En los cuatro meses posteriores hasta fin de año, sin embargo, la banda sólo ha utilizado 87 kilos.

Al efecto demoledor que tuvo aquella operación se le suma ahora la desarticulación del brazo ejecutor de los atentados que preparaba la trama etarra de Cahors. Se trataba de un comando reservado por los jefes de ETA para las operaciones más importantes. Al margen de ese grupo, durante el pasado año la banda sólo ha tenido una estructura de cierta eficacia en Vizcaya que todavía no ha sido desmantelada, aunque hayan sido identificados por la Ertzaintza dos de los 'liberados' que la integran.

En los siete primeros meses de 2000, tras la ruptura de la tregua del año anterior, ETA cometió siete asesinatos, mientras que en el mismo periodo tras la ruptura de la última tregua la banda ha perpetrado sólo dos crímenes. La diferencia de actividad entre los dos periodos es un dato revelador de la menor capacidad terrorista de la banda.

miércoles, 9 de enero de 2008

Uf...

Por Elvira Lindo en El País de 9 de enero de 2007

No cambiar de idea cuando los hechos evidencian tu error podría ser consecuencia de la tozudez, el orgullo, la incapacidad de autocrítica, la inflexibilidad. Pero en el mundo ideológico a eso se le ha venido llamando coherencia. Te hace coherente encastillarte en tus trece a pesar de que los hechos te demuestren que determinada dictadura que defendías en tu más tierna juventud se ha cobrado presos políticos y ha generado un desastre social. Coherencia. Hay críticos que jamás admitirán que fueron injustos con tal autor o que ensalzaron a otro por miedo a salirse de lo que mandaban las tendencias del momento. Como son mundos muy infectados por las ideas abstractas, el "coherente" convierte sus errores en una prueba más de autenticidad. No cambies, te dice un admirador. Y lo que podría ser un gesto cariñoso se convierte de pronto en una maldición: si cambias perderás mi admiración y te verás sola. Por fortuna, el universo de la ciencia está dando una lección ética al de las humanidades despegándose de las presiones ideológicas para contar sólo aquello que los ojos ven. La revista Edge ha preguntado a ciento veintiún científicos en qué cambiaron de opinión en 2007. Las respuestas son extraordinarias y de lo más diversas. Desde la bióloga que admite unas diferencias entre el cerebro masculino y femenino que antes sus prejuicios le impedían admitir hasta el neurólogo que expone cómo ha cambiado su idea del almacenamiento de la memoria o el antropólogo que confiesa haber aceptado, como parte de la cultura inca, el sacrificio ritual de niños. Todos ellos se han desprendido de algo, de años de trabajo, de prejuicios. El cambio les granjeará admiradores pero también furiosos enemigos. Someterse a esta pregunta pone a prueba la flexibilidad de nuestro cerebro: ¿en qué cambié en 2007?, que es como decir, ¿en qué estaba equivocada? Uf...

Una mirada a Alfonso Reyes

por George Steiner en Letras Libres de enero de 2008

El Premio Alfonso Reyes, concedido a George Steiner en octubre de 2007, lo inscribe en una cadena de nombres como André Malraux, Jacques Soustelle, Adolfo Bioy Casares, Harold Bloom, Antonio Candido, Margit Frenk, entre otros, que realzan, recalcándola, la condición de la crítica literaria como un ejercicio creador libre de formalismos y fiel a una tradición euroamericana, transatlántica, que sitúa la preocupación por el presente porvenir de la cultura como una de las asignaturas permanentes de la inteligencia y la crítica contemporáneas.

Sobra decir con cuánto gusto los lectores de George Steiner saludamos la concesión de este premio, precisamente de este premio. Tanto Alfonso Reyes como George Steiner se mueven en torno a un preguntar e indagar por el sentido de la cultura y de la memoria. Ambos críticos y creadores han sabido llevar la experiencia literaria a límites cada vez más arriesgados y fecundos. De ahí que parezca necesario detenerse un momento a saludar la feliz decisión del jurado.

George Steiner no pudo venir a México, pero pronunció en su casa, en Inglaterra, ante el embajador de México, el licenciado Juan José Bremer, el martes 9 de octubre de 2007, un breve pero substancioso discurso. Como los medios y las agencias noticiosas no lo recogieron, me di a la tarea de buscarlo y, luego, de transcribirlo y traducirlo. Omitirlo de la circulación hubiera sido, a mis ojos, una irresponsabilidad. Agradezco a Minerva Margarita Villarreal, directora de la Capilla Alfonsina en la ciudad de Monterrey, la gentileza de haberme hecho llegar la copia de la grabación que hizo posible la presente traducción.~

– Adolfo Castañón


Su Excelencia, señoras y señores:

Estoy profundamente emocionado y honrado por el Premio. Antes que nada, debo presentar a ustedes dos excusas necesarias. La primera es que no estoy en México, adonde he ido tres veces, y cada viaje ha sido para mí del mayor y más apasionado interés. Pero lo más importante es que no estoy hablando a ustedes en español. Estoy muy apenado por ello. Debo decir que leo en español con gran alegría, aunque no tengo el suficiente dominio de este idioma para atreverme a hablarlo con cierta solvencia. Acepten, por favor, mis más sentidas excusas.

En esta misma casa tuve el privilegio de dar la bienvenida a Octavio Paz, y con motivo de la reciente recepción de un doctorado honoris causa en esa gran y antigua universidad que es la de Alcalá de Henares estuve, no hace mucho, con Carlos Fuentes. Así pues, siento que estoy en contacto directo con el genio de la literatura mexicana. Sin embargo, debo decir cuán limitado, cuán absurdamente limitado me siento al considerar las Obras completas de Alfonso Reyes y su inmensa correspondencia que, como ha dicho mi traductor y amigo, el crítico mexicano Adolfo Castañón, es tan vasta como la de Erasmo y la de Voltaire.

Cuando se intenta ser un comparatista, es decir, alguien dedicado al estudio comparado de la literatura y de la filosofía, el vasto campo de referencias de Reyes lo deja a uno con un sentimiento de enorme humildad. Su horizonte abarca desde la antigüedad clásica hasta la modernidad, desde la literatura picaresca hasta la erótica, desde el orden de lo político hasta las esferas de la crítica y la estética. En un solo ensayo –y se podrían citar muchos otros–, en la colección titulada El suicida, Reyes cita en un solo texto a Herodoto, Tomás Moro, Flaubert, Ibsen, Azorín, Cervantes, Zola, Anatole France, Goethe, William James y Schopenhauer. Unas páginas más adelante cita cómodamente a Rabelais. Llama a sus maravillosas expresiones “divagaciones”. El suicida es un libro muy difícil –y que valdría la pena traducir– y que expresa la alegría del viajero de grandes alcances. Páginas adelante Reyes se da el asombroso lujo de reflexionar, con autoridad, sobre el empleo del tango en la obra de Marinetti y en la estética del futurismo.

En la obra de Alfonso Reyes aparecen voces que funcionan como un talismán, como espacio de reunión y de reconciliación, una maravillosa frase.

Góngora y Mallarmé fueron sus constantes compañeros. Esto resulta muy interesante: los dos son poetas difíciles, herméticos y, en contraste, él mismo era el diplomático más mundano y abierto. ¿Cómo compaginar esta aparente contradicción? Góngora y Mallarmé le dieron una intimidad privada, un espacio de silencio y meditación en medio de su vida fantásticamente pública.

Pero nada me ha conmovido tanto como su Homero en Cuernavaca (1948-1951):

La soberbia de Aquiles resplandece
y el viento gime con la voz de Helena.


Soneto tras soneto, Reyes nos va trayendo la voz elocuente del anciano Néstor hablando en español y haciéndose casi profundamente mexicano, como cuando habla de la fatal inquietud de Casandra.

Homero en Cuernavaca es un asombroso acto de traslado imaginativo desde Troya hasta las playas del Pacífico. Se encuentra aquí el credo de Reyes, su fe universalista:

... a siglos de distancia
la sangre es siempre una.


Más allá de la distancia y de la irreversible separación impuesta por la historia, a través de los siglos hay –nos dice Reyes– una sangre común, una historia compartida. Y él volverá una y otra vez a esta idea como un Leitmotiv. Como ustedes saben, él no pudo visitar la Grecia homérica, así que nos dice deliciosamente: mi pluma hará las veces del bastón del peregrino; con mi pluma haré el viaje. Y él lo hizo. Con su traducción de la Ilíada, por supuesto, con su trabajo constante, con su devoción inquebrantable hacia Virgilio, el poeta más amado por él, por encima de todos los poetas latinos.

Alfonso Reyes fue un embajador, como usted mismo, su Excelencia, un embajador como Paul Claudel, un diplomático viajero como Saint-John Perse; pertenece a esa familia extraordinaria de poetas diplomáticos, de diplomáticos poetas y peregrinos letrados que han recorrido el mapa del mundo. Reyes nos dice que una frontera debería ser una invitación. Ésta es una de sus frases más espléndidas, particularmente en estos momentos difíciles en que vivimos. Pero él todavía tenía esperanza de que las fronteras no debían ser muros sino invitaciones. Nada puede cruzar o atravesar una frontera mejor –nos dice él– que la poesía, y es ella la única capaz de cruzar la “frontera del dolor”.

En uno de sus mejores momentos (y, de nuevo, no es fácil traducirlo, pues Reyes era un maestro de la concisión, y tenía el genio y el arte de condensar la experiencia en poderosas fórmulas) se pregunta: ¿Qué es mi poesía? Y responde: es un “Misticismo activo”. Esto merece reflexión. Cuando pensamos en San Juan de la Cruz, en Góngora, en la gran tradición mística española que Reyes conocía tanto y tan bien, tenemos tendencia a olvidar que puede darse, en efecto, un misticismo dinámico, activo... y que él, Reyes, ciertamente lo representaba.

En ese triunfo de la inteligencia que se llama melancolía –y lo cito repitiendo esa maravillosa frase–: en ese triunfo de la inteligencia que se llama melancolía, Alfonso Reyes compone los dos polos definitivos de su vasto cuerpo textual: lo dos textos en que cristalizan la vida y el genio de la literatura mexicana moderna: Ifigenia cruel y Visión de Anáhuac. Se trata de dos obras seminales. De ellas surge un atisbo cardinal: la historia de México –nos enseña él– es la del conquistador conquistado. México mismo es la demostración de que “La humanidad es como un solo hombre”.

Por conflictivos que sean sus orígenes, por más compleja que sea la dialéctica de las religiones y de las culturas, de lo cual México es un ejemplo tan singular, finalmente sólo hay un ser humano, una humanidad.

Muchas cosas en sus ensayos, en sus retratos, en sus acotaciones y comentarios críticos y culturales pueden sorprendernos como algo radicalmente distinto de nuestros propios hábitos profesionales, de nuestras heladas técnicas y cobardes costumbres.

Casi me atrevería a decir que él era, en un sentido maravilloso, un amateur, si recordamos lo que la palabra significa: amatore, un amante. A partir del Renacimiento, el amateur no era un crítico sino algo complementario de la universalidad y el ecumenismo del amor y de la simpatía. Vivimos ahora en un clima mucho más amargo y mucho más estrecho. Hoy en día, ya sólo a muy pocos les está permitido ser amateurs, pues éstos son castigados por sus pasiones. Reyes sabía mucho mejor que nosotros que incluso la mejor de las críticas –y él era un gran crítico– es un, y lo cito, “remedio desesperado”, si se compara con el acto de la creación. Y así escribe a Valery Larbaud –otro trotamundos, otro viajero, poeta, crítico, traductor, uno de sus grandes amigos franceses–: seul les poètes savent parler des poètes: les comprendre, les expliquer, les juger: “sólo los poetas saben hablar de los poetas: comprenderlos, explicarlos, juzgarlos”. Sus intercambios con Valery Larbaud, Cocteau, con los grandes poetas de todo el orbe, su relación con Borges, constituyen una lección continua de lo que Goethe llamó “afinidades electivas”: relaciones elegidas de alma a alma, de corazón a corazón, en un plano muy elevado de mutuo respeto.

Entre los estudiantes de Monterrey, en una maravillosa tarde, hace algunos años, tuve la experiencia –y déjenme tomar prestada la frase de Dante– de un moto spirituale: de un movimiento del espíritu, un dinamismo del alma, que para mí define a México. Nunca lo olvidaré. La sala estaba llena, pero se abrieron las puertas para que la gente que también llenaba el vestíbulo y que estaba afuera pudiera entrar a oír la conferencia. Era uno de esos prodigiosos días soleados de Monterrey, y los estudiantes llegaron a sentarse en el suelo, justo rodeando la base de la plataforma desde donde yo impartía mi lección. Fue una impresión única, irrepetible, de entusiasmo generoso: la sobrecogedora presencia de un pasado inmensamente antiguo y complejo como el que tiene México y la extrema, apremiante proximidad del futuro.

Me gustaría ser capaz de formular con mayor claridad esta impresión: cuando el pasado está muy cerca del futuro, como sucede entre los jóvenes en México, se da una experiencia que, al menos yo, no he tenido casi en ningún otro lado. Por formidables y complejos que sean los problemas económicos, sociales y aun étnicos –y sería una locura negar que los hay–, en México el mañana tiene un sabor, la saveur: el sabor de la esperanza.

Cuando uno está entre todos esos jóvenes en una universidad mexicana –y yo di varias conferencias tanto en Monterrey como en México mismo–, se llega a sentir que la esperanza tiene sonido, que es audible y que está en el aire, a pesar, lo repito, de las grandes dificultades circundantes. Se trata de una suerte de maravilla de la cual la obra de Alfonso Reyes es un testimonio constante.

Quiero agradecer a ustedes de nuevo, desde lo más hondo de mi corazón, señor Embajador, la oportunidad de compartir esta experiencia. ~

Cambridge, Inglaterra, 6 de octubre de 2007