lunes, 29 de octubre de 2007

Mis viejos profetas

Por Carlos Boyero en el Babelia de 27 de octubre de 2007 (gracias a L ;-)

Es complicado mantener fidelidad inquebrantable a los dioses y mantener a raya obsesivamente a los monstruos. Entre otras razones porque a veces te confunden. Los dioses pueden ser caprichosos, decepcionarte y abandonarte y los monstruos de primera clase transformar tu ancestral aversión hacia ellos en inquietud y comprensión. Los agnósticos racionales y vocacionales, los que padeceremos la incapacidad y el desamparo de no poder ni querer militar en ninguna iglesia, los que necesitamos palpar para creer, los que no depositamos nuestra fe y nuestra esperanza en ningún más allá, en el paraíso, en el eterno río de leche y miel, endulzamos nuestra vida o afianzamos la supervivencia en esas obras de arte que son buenas para el alma. En libros, cine y música que ahuyentan al vértigo, consuelan, ayudan, cicatrizan, drogan, enseñan, distraen, deslumbran, emocionan y enamoran.

Al igual que en las relaciones humanas también aparece el maldito desamor, el cansancio, la incertidumbre, el estupor, la desconfianza, la indeseada agonía de la pasión hacia algunos de esos fervores culturales a los que juraste amor eterno. Y no sabes si has cambiado tú o lo que amabas está envejeciendo fatal, si eres más listo o más tonto. Da igual, el encanto la palmó, llega el tiempo de lamerte las heridas, también la pereza de buscar una nueva piel para la vieja ceremonia, como definiera inmejorablemente ese señor irremediablemente seductor y lírico llamado Leonard Cohen.

Me asalta la mala conciencia, un regusto amargo y la implacable necesidad de olvidar al recordar a artistas idolatrados con los que se quebró el esplendor en la hierba. Pero existen otros dioses que no me han fallado nunca, que me renuevan la pasión cada vez que les visito, con magia imperdurable. La pureza, la poesía y la gracia de Buster Keaton, el más grande inventor de formas visuales (con permiso del maestro Hitchcock) que ha dado el cine, la deslumbrante inteligencia en cualquier género de un retratista de naturaleza humana agridulce, terrible, lúcido, complejo y secretamente romántico llamado Billy Wilder, la emoción contagiosa y la capacidad para transmitir sentimiento de John Ford, el posibilismo del genial Luis Buñuel para crear inconfundible arte y mantener la lealtad a sus obsesiones en las condiciones más cutres. Todos están muertos y su testamento cerrado. Qué suerte tenemos de poder seguir disfrutando en vivo y en directo de las criaturas que llevan pariendo con bendita o incierta puntualidad Woody Allen y Martin Scorsese.

Los profetas mejor informados anuncian que no se harán hogueras con los libros, que simplemente se extinguirá ese irrenunciable objeto, que los leeremos en la pantalla de un ordenador. ¡Vade Retro, Lucifer! Por si acaso, empezaré a construir con mis torpes manitas el inexpugnable refugio que mantenga el aroma y las páginas amarillentas de los libros amados. Si llega el Apocalipsis me va a pillar en compañía de ese inmenso conmovedor pintor del derrumbe llamado Scott Fitzgerald, de Stendhal, el hombre que sabía todo del amor y de su incertidumbre, del insuperable contador de historias Robert Louis Stevenson, del aún más romántico que negro Raymond Chandler, de la inagotable y modélica prosa de Borges. Y Savater, siempre Savater.

No hay peligro de que desaparezca la música, aunque sigamos llorando eternamente el entierro del vinilo. El saxo de John Coltrane gimiendo, enalteciendo, o mostrando su gentileza siempre será el antídoto más eficaz y hermoso para las heridas del corazón, para sublimar el recuerdo, para removerte lo más íntimo. Y nadie dirá las cosas importantes con tanta clase y autoridad como Sinatra y Billie Holiday. Y la mejor trompeta de Miles Davis siempre sonará a tristeza y a resignación. Ya sé que hace demasiado tiempo que el emperador del desgarro Van Morrison, ese tipo capaz de llenarte el alma de gozo de ritmo o de lágrimas, de expresar mejor que nadie los sentimientos más intensos, se limita a cumplir en el escenario y que es utópico pensar que volverá algo tan maravilloso como Moondance, Astral weeks y Una noche en San Francisco, pero sería injusto acusar de acomodaticio al que arriesgó tanto, al que nos regaló tantas sensaciones impagables. Con Dylan no hay problema. Como Picasso, siempre será imprevisible y verdaderamente misterioso. Esta sección hablará preferentemente de antiguos y nuevos dioses. No hay tiempo para perderlo con monstruos. Ojalá que podamos compartir a esos dioses. No somos nada sin ellos.

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