martes, 16 de octubre de 2007

Otra perspectiva

Es probable que durante toda la cultura moderna haya existido en cada sociedad, en cada país, un discurso oficialmente correcto: el que está definido por el poder hegemónico en el seno de una sociedad; el que establece los temas y su importancia, determina los términos adecuados, establece la primacía de los argumentos, define la gramática y la semántica del debate público. No debiera ser necesario añadir que el discurso oficialmente correcto es lo más contrario a la crítica, a la libertad de pensamiento, a la capacidad de pensar por sí mismo.

Pocos pondrán en duda que el discurso oficialmente correcto en la sociedad vasca está definido por el nacionalismo, tomado éste en toda su extensión. El debate público está definido en los términos que quiere el nacionalismo. Los términos significan lo que el nacionalismo quiere que signifiquen. Los argumentos a debatir son los establecidos por los nacionalistas. Es la gramática y la semántica nacionalista las que rigen el debate público y pretenden regir el pensamiento correcto de la sociedad vasca y de cada uno de sus ciudadanos.

Para buscar soluciones a nuestros problemas -negándonos así a uno de los imperativos del discurso oficial nacionalista y correcto, que afirma que sólo existe un problema y una solución: el conflicto y la consulta, respectivamente- bueno sería tratar de salir de esa corrección y colocarnos en otra perspectiva, poner en duda las reglas del discurso oficial. Ello nos ayudaría bastante más que la procesión de mediadores internacionales, que probablemente tanto nos cuestan, y que no aportan nada en absoluto para lo que podamos necesitar. Será mejor intentar ser un poco extraños a nosotros mismos en lugar de rodearnos de tantos extranjeros.

Leo en los periódicos del pasado domingo que el lehendakari dice que Zapatero debiera mirar lo que se hizo en Gran Bretaña, donde al Gobierno ni se le ocurrió encarcelar a los miembros dirigentes del Sinn Fein. Pero lo que no dice, la otra perspectiva necesaria contra el oficialismo y la corrección nacionalista, es que esos dirigentes no detenidos por el Gobierno británico eran al mismo tiempo dirigentes del IRA, y no meros monaguillos de la organización terrorista como lo son los dirigentes de Batasuna. Y lo que dice esa otra perspectiva contra el discurso oficial nacionalista, muy correcto él, es que el Gobierno británico ha anulado la autonomía de Ulster siempre que lo ha creído necesario, sin que nadie en Gran Bretaña protestara.

El discurso oficial y correcto del nacionalismo ha conseguido que todo el debate esté establecido en términos de ingeniería jurídica. A este paso terminaremos siendo especialistas en Derecho Internacional, en la decisión del Tribunal Supremo de Canadá y en la Ley de Claridad, profundos conocedores de las arquitecturas estatales posibles desde una perspectiva federalista, federalizante, confederal, y todo lo que haga falta. Otra perspectiva nos llevaría a constatar, no más, que Quebec es una sociedad básicamente homogénea en términos lingüísticos y culturales, lo que le diferencia profundamente de la sociedad vasca, en la que si alguna homogeneidad existe es la de que nadie es ajeno a la lengua española, y no en la otra dirección. Pues, como alguna vez ha afirmado uno de nuestros mejores escritores en euskera, si consideráramos real-esukaldunes, euskaldunes de verdad, a quienes usaran dicha lengua de forma exclusiva al menos dos horas al día, no pasaríamos de 200.000 personas, y nos veríamos obligados a pedir derechos de minoría.

Pero oponerse al discurso oficialmente correcto del nacionalismo significa también tratar de escapar de ese dominio absoluto de la perspectiva de la ingeniería jurídica. Entre otras cosas porque escamotea el meollo de la cuestión, que es lo que le interesa al discurso oficial. Y el meollo de la cuestión, que algunos nacionalistas conocen perfectamente cuando afirman que las leyes, el entramado jurídico, debe estar al servicio de la realidad social, no es otro que el de una realidad social tremendamente compleja y plural. Una realidad que no se puede abordar desde términos que implican homogeneidad total, como el de soberanía, ni siquiera cuando se la convierte en el oxímoron mayor del reino al calificarla como cosoberanía. Una realidad que no se deja agotar en determinados significados que se le dan al término pueblo en el discurso oficial y que exige a gritos una definición pactada -compromiso, indeterminación, acuerdo que implica renuncias- antes que las unilateralidades de significación que pretende la ciencia jurídica.

Si tomáramos en serio el esfuerzo de mirar nuestras cosas desde otra orilla, desde otra perspectiva, si hiciéramos realmente el intento de superar las estrecheces del discurso oficialmente correcto, probablemente llegaríamos a una pregunta básica, de la que huye como gato escaldado el nacionalismo imperante entre nosotros: ¿son realmente nacionalistas quienes permanentemente plantean propuestas cuyo resultado inmediato, antes de que puedan ser llevadas a cabo, es el de la división de la sociedad que pretenden una y homogénea como nación? ¿Qué tipo de nacionalistas son los que quieren construir la nación amputándola para ello primero?

El discurso oficialmente correcto afirma sin cesar que sus pretensiones se basan en la Historia, en los derechos históricos, en lo que se debe a un pueblo milenario. Pero desconocen la historia, la cercana y la lejana, del pueblo cuyos derechos dicen reclamar. En mi ingenuidad, me atrevería a afirmar que Ibarretxe desconoce, incluso, la historia y la tradición del EAJ-PNV, pues de otra forma no se entiende muchas de sus actuaciones.

No hace mucho tiempo que en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Información colgaba en el atrio central una pancarta que decía así: 'Garena izateko bidean'. Preguntados los alumnos de un grupo que cursa sus estudios en euskera, apenas eran capaces de desentrañar el significado de la pancarta. Pero en ella está perfectamente formulada la contradicción inherente al nacionalismo: nuestro pasado es el fundamento de los derechos que reclamamos. Pero ese pasado sólo existe en cuanto es futuro a construir. La típica petición de principio: el futuro se fundamenta en el pasado, pero el pasado no existe como tal, sino que debe ser construido en el futuro.

Y si el nacionalismo sólo se puede definir por medio de esa contradicción, es porque en su profundo interior percibe que la historia de Euskadi no da para más, no da para todo lo que se la quiere utilizar, porque es más compleja, más complicada, más plural que lo que exigiría el sentimiento nacionalista. Una historia de divisiones internas; de guerras civiles, de guerras entre vascos; una historia en la que vascos matan a vascos; una historia de dobles lealtades, de doble patriotismo; de diferenciación y participación, al mismo tiempo, en una entidad superior. Una historia en la que los dos únicos momentos unitarios -Álava, Guipúzcoa y Vizcaya unidas en una estructura política común- lo han sido los dos momentos estatutarios, en 1936 y a partir de 1980. Los dos momentos que más odian los que se creen más nacionalistas que nadie.

El sociólogo Richard Sennet ha analizado lo que él denomina comunidades autodestructivas. Son las comunidades que se fundan sobre un sentimiento de pertenencia, pero que sólo se construyen a partir de una formulación de ortodoxia respecto al sentimiento en el que se basan. Sólo que la ortodoxia tiene el efecto de ir carcomiendo desde dentro la propia comunidad que quiere mantener unida en la pureza del sentimiento de pertenencia. Siempre hay algún detentador de la verdadera ortodoxia, alguien que es más puro que los otros, alguien que pertenece más a la comunidad que los demás, que se siente con el derecho de ir expulsando de la verdadera comunidad a quienes cree que no pertenecen de forma suficientemente ortodoxa a ella. Y la comunidad se autodestrye. Desde dentro, no desde fuera.

¿Quién es nacionalista hoy en Euskadi? ¿Los que dicen serlo, aunque estén continuamente poniendo en peligro la cohesión de la sociedad vasca? ¿O los que, tomando en serio la complejidad y el pluralismo de esa sociedad, tratan de formular el término nación en sentido no nacionalista, cívico, sin la exigencia de un sentimiento de pertenencia exclusivo? No es cuestión de entablar batallas por ver quién es el verdadero nacionalista. Se trata de un ejercicio metódico de oposición al discurso oficialmente correcto del nacionalismo imperante. Se trata de recuperar aquella idea de Mario Onaindía, de que cuando se ha conseguido el reconocimiento de la existencia de una sociedad diferenciada, pero sin negar su complejidad interna, cuando se ha conseguido un Estatuto como el que gozamos, nadie tiene derecho a reclamarse nacionalista. O lo somos todos, o no lo es nadie. Es lo que llamó posnacionalismo. Es otra perspectiva. Otro discurso.

Joseba Arregi, en El Correo del 15 de octubre de 2007

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